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Nietzsche, otra vez8 minutos

Autor: Julián Gómez
Correctora: Gracia Vega

Una tarde de la primavera del año pasado, en una universidad cualquiera del norte de España, se realizó un congreso de filosofía conmemorativo a Nietzsche. Al evento asistirían diferentes intelectuales y Doctores en Filosofía, donde estarían los próceres académicos, las directivas y de más miembros de la burocracia académica. El evento lo organizaba un profesor de la universidad, a quien por alguna extraña razón le decían «la vaca sagrada». Pero esto realmente no tiene importancia. Lo realmente importante fue lo que ocurrió en mitad del coloquio.

Luego de varias conferencias y protocolos exigidos, mi compañero de asignatura se levantó y dio un discurso digno de una beca universitaria. Lástima que no den becas por esto. Fue en medio de este auditorio, delante de, aproximadamente, unas 300 personas, que mi compañero aprovechó una ronda de preguntas para pronunciar sus palabras. Palabras pronunciadas por Javier Campos, y que se quedaron dando vueltas en mi cabeza y, en las de todo el auditorio:

 “Hay un malestar muy estancado en los ánimos que se deja sentir siempre que uno pone un pie en una institución educativa. Este aparece por detrás de las risas y los cuchicheos, de las prisas y las miradas recelosas que resbalan cuando se encuentran.

Uno podría suponer que, si andara falto de orientación, no sería una locura acudir a estas instituciones, sobre todo si hace caso a lo que se comenta en el ‘mundo de la vida’. Incluso, si aún quisiera uno profundizar más, y ciertos temperamentos empiezan a inclinarse, cada vez en mayor número al parecer, por esta opción. Es más, si uno quisiera, arrebatado por ese legendario furor fundamentador, que nadie sabe de dónde proviene (ni a dónde va), empezar desde el principio y remover los fundamentos de las concepciones que sustentan todo el entramado de lo existente… Qué mejor sitio, pensará el bien informado, que la Facultad de Filosofía.

Ha desaprendido el ejercicio de mirar sin prejuicios al mundo. Ejercicio que solo practica el más joven de la sala, cuya voluntad de poder no tardó en dejarse oír. Uno podría pensar que las ideas sobrantes de estos brillantes intérpretes deberían ser donadas a los parques de atracciones. Quizá podría inventarse una especie de montaña rusa ontológica. O, incluso, una galería de los espejos lacanianos, en el que uno es descompuesto en refracciones que cuando intenta reconstruir sufren nuevas refracciones. Al final podría recibir uno un panfleto de una iglesia evangelista o enrolarse directamente, en épicas aventuras a borde del tethán. Si uno tiene vértigo quizá prefiera empezar por la Dianética. Ecclesia obliga. Encontrándose uno en la siguiente situación:

Aunque se comente por enésima vez que la enésima interpretación de Nietzsche hecha en el XIV Congreso Interanual para la reconmemoración de la figura y el pensamiento de Friedrich Nietzsche financiado por el Ministerio de Educación del Gobierno de España es falsa, quizá ya no sea tan necesario estar citando a cada paso a Nietzsche para contradecir lo que cierto intérprete de Nietzsche dijo que Nietzsche no dijo.

Quizá, toda la importancia del pensamiento de Nietzsche se mueva en un ámbito que, por mucho que se mencione, parece que se niega a comparecer. Y realmente no es así, aquí quien realmente está ausente, el que no comparece, es el ponente. Es el escenario el que está vacío.

En vez de salir el actor que todo el mundo espera a representar el pensamiento de Nietzsche, con sus dolores de parto, con su tensión jovial, con todo su desprecio del peligro y de toda repercusión que pueda caer sobre su triste yo por las palabras que profiere, toda la ‘conferencia’ parece una tediosa introducción a una traducción. En fin, si solo fuera falta de vitalidad…

Pero luego aparece la tendenciosidad en la interpretación, que queda en evidencia como lo que es: simple ignorancia (o al menos preferimos creer esto). Dejémosla tras su velo, no la iniciemos en la geneaología. Ha quedado claro que aún no es su hora. Sin embargo, no estaría de más precisar un poco. Es decir, cómo se sitúa esta postura a sí misma al parecer tan original y tan cargada de dramatismo lírico.

Quizá alguien más vital y con menos complejos hubiera preguntado, inocentemente: ‘¿Y qué piensa usted de todo esto?’ Yo no conozco a Walter Benjamin, ni se dónde ni a santo de qué dice eso que usted dice que él dice. Uno esperará mirando en ambas direcciones de la calle hasta que aparezca un filósofo, con la inevitable decepción que esto conlleva, pues no se tiene una idea clara de qué perfil es el que uno está buscando. Uno empieza a preguntarse si realmente la universidad es el lugar para un ‘vengo a hablar de mi libro’ tan de libro. Pero perdería el tiempo, pues pronto se dará cuenta de que todo el ejercicio académico está planteado, como hablar de libros que hablan de libros.

Es obvio que, en este ejercicio al que se le ha quitado todo impulso, no puede aparecer pensamiento de ningún tipo. Menos eso a lo que se trata de apuntar como ‘filosófico’. Y es que duele decir lo que es tan obvio (aunque menos que vivirlo y no poder decirlo).

Sé que es algo que pulula por todas las cabezas que sobresalen de la tarima, enfrentadas a tantas miradas desorientadas. Desean que no transpire su radical desorientación, a la que se suma la frustración de saber lo vanos que son los reconocimientos académicos cuando no reflejan un poder enseñar real. Es decir, cuando no sirven como medio para poner en marcha un aprendizaje integral. De esto es de lo que siempre se ha tratado en ese extraño proyecto tan malentendido llamado filosofía.

Dudo que las elevadas dosis de cinismo a las que se ve sometido un académico medio puedan realmente hacer desaparecer esa vaga y desagradable sensación de que no se está haciendo nada más que agitar el aire. ¡Ay! Si solo se supiera lo importante que son las vibraciones. Si alguien se tomara en serio la empresa de explicar el carácter fundamental de lo que carece de fundamento, y lo trascendental que es la banalidad.

Lo mejor de todo es que alguien ya ha intentado ese proyecto. Alguien al que amo, no porque diga la verdad, sino porque te obliga a plantear todas las problemáticas que son anejas al problema de la verdad. Luego te deja solo.

Si algo he aprendido es que a la verdad hay que preguntarle hasta que reviente. Del mismo modo que hay que hacer con nociones como ‘Dios’ o ‘Alma’. Ese es el proyecto real nietzscheano, que pasa por aprender la diferencia entre ascesis negativas y positivas, y a cómo usarlas para moldearse uno mismo.

Quizá Nietzsche no pudo taparse la cara ante el escabroso espectáculo de las ascesis mórbidas. Pero no hay que olvidar que la serie de ascesis positivas es la realmente importante aquí, y que estas series están abiertas tanto hacia arriba como hacia abajo.

Es posible que haya dado un salto que algunos no quieran seguir, pues da por finiquitada la cultura humanista en cuanto cultura basada en la transmisión, por medios principalmente escritos (como ejercicios de la lectura, la escritura y el diálogo o la discusión reglada). Dichos ejercicios asumen el credo básico idealista de la penetrabilidad lógica del mundo adquirido gracias a vivencias ‘límite’ que la tradición conoce como iluminación, por primera vez reproducibles técnicamente y aplicadas artísticamente en la academia de Platón.

Nietzsche constata (sin percatarse) que el nudo idealista, que ataba las energías encauzadas mediante ascesis autopoiéticas a un transmundo metafísico, se ha roto. Ha explotado; la pujanza de los nuevos medios es imparable.

El siglo XX se puede resumir filosóficamente como la lucha impotente de la filosofía y sus medios tradicionales contra su sobrepujamiento por nuevos medios formativos y por los nuevos tipos humanos que ellos suponen y moldean.

Alguien debería explicarle al señor ponente que quizá su problema sea que desconoce profundamente el funcionamiento real de los medios que moldean a los ‘individuos’ que acuden a sus charlas acerca de su libro. Quizá su noción de experiencia (de ‘verdadera’ experiencia) deba ser seriamente replanteada (algunos dirían dinamitada). A lo mejor hasta que no haga usted esta operación sobre sí mismo no va a poder entender por qué el hombre auto-operable piensa de otra manera que los hombres que hablan de su libro que habla de los libros de otro hombre.

Pero lo que no puede tratar es de vendernos que su miedo a arrojarse a la hipercomlejidad del mundo actual, con todo lo que ello implica, es realmente probidad intelectual y sana defensa de las buenas costumbres intelectuales. Parece que viene a darnos una clase de manejo de explosivos alguien que lo más peligroso que ha tocado es una pluma. E inevitablemente da risa, lo que se convierte en frustración cuando no puede soltarse una gran carcajada, que es la única reacción sana ante tanta pamplina reaccionaria.”

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Al terminar me miró y en silencio en medio de tantas personas, nos levantamos de las sillas, atravesamos el largo auditorio y dejamos cerrar la puerta en medio de un profundo silencio.

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