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Sensibilidad y capitalismo

Autor: Yago López Frühbeck
Correctora: Laura De Buen Visús

I

Hay un anhelo de regresar, por fin, al hogar; de que se abra la puerta y alguien me reciba calurosamente. Sí, mi madre, que me espera y en cuya presencia late aún el último resquicio de frío exterior. Adentro, un fuego, una infusión hirviente, un cómodo asiento donde descansar. Saludos familiares: a mi padre y al lugar conocido. La seguridad de saber que puedo descansar, contar animado las anécdotas de mi errar por el mundo. Mirar por la ventana, ver el paisaje blanquecino, azulado. Cae la nieve y siento el amparo de la morada junto a la llama crepitante de la chimenea.

Quizá haya un deseo realizable o un impulso oscuro y profundo: en algún momento, hemos buscado aquel esperado regreso al hogar. Al lugar seguro donde resguardarnos de la intemperie. Dejarnos estar, por fin, disfrutando de la comodidad del refugio. Soltar los lastres antes de entrar. Que todas las exigencias de esta vida se esfumen, nos dejen en paz y no nos preocupen más. Quedarse mirando el paso de las cosas; cómo discurren frente a nosotros, más allá del ventanal, sin afectarnos, desde el otro lado del cristal. Olvidar las distracciones de fuera. La tensión en medio de las cosas, atendiendo a todos los reflejos, estímulos, sensaciones y seducciones que van con la corriente. Soltarla. Es que la vida, a menudo, aprieta. Y no es débil el deseo de desembarazarse, así, de una, de toda esa fuerza opresiva, electrizante, que tanto nos inquieta. Y estar en paz, en calma, por fin.

También hay quien, al contrario, aunque por causas semejantes, se pone en marcha por la libertad. Sale, anda y ,así, está buscando a su manera aquella paz y aquella calma. En vez de encontrarla en el calor y el amparo del refugio, lo hace bajo el sol de un cielo impoluto y en la brisa cálida que arrastra consigo restos de tierra, mar o bosque. Va por los senderos, sube a los montes o baja a calas remotas. Recorre carreteras perdidas y da la bienvenida a los inesperados sucesos que vienen.

He aquí un desembarazarse del peso de las cosas corrientes y de toda la presión que nos atrapa en el común trajín de nuestra vida. De la sed insaciable de una garganta seca, de la losa que nos oprime la espalda y nos impide respirar. De las cuatro paredes frías y negras entre las que transcurre lo demás durante nuestros días.

II

La aplicación de estas opciones termina por evidenciarse como insuficiente para su realización. Tanto el guarecimiento en el refugio como el caminar jovial por el mundo chocan. O, más bien, son atropellados por el imparable tren de la objetividad. No habrá amparo alguno ni liberación para nosotros que pueda aguantar el peso de los átomos que caen, de modo aleatorio, por el vacío. Que se aglomeran, que parten otra vez: el simulacro. Los deseos de cada uno se condensan como los caminos de las gotas de agua en un muro de hormigón: bajan, despacio, bifurcándose, desapareciendo ante la imposibilidad de la pared. La opacidad de las cosas se infiltra como el contenido de una jeringuilla en lo más hondo de nuestros deseos, reflejando precisamente nuestra incapacidad de desear.

Toda esperanza de encontrar una salida a tiempo, sea al interior o al exterior, revierte por fin en su contrario: en vez de pasar a otro sitio, seguimos aquí, empeñados en los desfases de nuestra personal voluntad, desplegada en el círculo de la imaginación. En efecto, la puerta que habría de conducirnos al otro lado, a la ruptura real con el estado de las cosas, al abrirse, nos devuelve al sitio del que habíamos salido. El cambio que se registraría en el paso que damos hacia nuestra libertad o nuestra seguridad sigue siendo, con todos los paisajes extraños o habitaciones cálidas que puedan de hecho estar ahí, la ilusión del cambio. O, mejor dicho, el intercambio. La transacción se ha completado en otra parte: en el sentimiento de malestar y desasosiego que suplanta a la añorada certidumbre de la realidad, de la propia realización, de la felicidad.

Lo único cierto de este trueque o truco es la corroboración de la fractura efectiva con la realidad. Es decir, lo contrario de lo prometido. Así pasamos por esta existencia, enfrascados en secuencias de nuestra imaginación, tan completas, tan rebosantes de sentido. Mientras, nuestro cerebro, nuestro corazón y nuestro cuerpo entero marchan día sí y día también por los pasadizos automatizados de un mundo absolutamente falto de sentido.

sensibilidad y capitalismo en el mundo

Un mundo absoluto. La geometría se impone sobre la vida con toda la violencia del ángulo recto y frío. Al levantar la vista en una calle de una metrópoli cualquiera, por encima de nuestras cabezas se elevan, implacables, los muros de esos cubos cuya única imperfección consiste en la presencia humana en derredor: sobra. Allí donde se encuentra la vanguardia del avance de la humanidad, en cambio, esta ha sido integrada en cuadrantes de vidrio por la racionalización: la igualdad de todas las cosas queda reflejada en la opacidad transparente de sus paredes.

La totalidad formal de los valores encuentra su momento intimísimo de totalización en la informatización del mundo. La lógica irresistible del algoritmo genera por sí sola las infraestructuras que sirven de soportes al espacio: incluso andar por los pasillos idénticos de cualquier estación de metro subyace tras el encadenamiento infinito de cifras que definen o excluyen al mundo a su paso.

Toda acción de una persona está en total sincronía con esta serie de procesos administrativos. La demanda de que el fallo del sistema exigiría la inclusión del factor humano en su conjunto falla a la hora de reconocer un secreto a voces: el fallo del sistema. Lo único que evidencia es que tal «factor humano» no hace falta en absoluto. La automatización informática funciona con la pulcritud del mecanismo cuya única amenaza de interrupción es el uso indebido de una mano torpe —como el reloj que se descuajeringa al romperse contra el suelo, pero que no detiene consigo el imparable paso de los segundos—.

Pero aquí permanecemos, aún, en la perspectiva del autómata. La cosificación del mundo, de todas las relaciones sociales, nos lleva a plantear el análisis de este desde el interior de sus propias categorías: las del discurso abstracto, encadenado a su procesualidad sin fin, de tal manera que incluso la posibilidad de error muestra la totalidad de su intensión. En esta perspectiva, cualquiera de nosotros sobra. Cualquiera supone incluso un peligro para el desarrollo adecuado de las cosas. Hay que poner esta visión «patas arriba»: solo la torpeza de una mano puede interrumpir el paso implacable del reloj…

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