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El silencio no es una alternativa3 minutos

Autor: Mohamed Ueldyamila

El silencio es también un castigo, y de lo más cobarde por cierto. Una de las costumbres más arraigadas es la de callar, asumir con incapacidad los dolores diarios que se nos presentan en nuestra vida y la de los demás. Se irracionaliza el caos, se toleran las justificaciones con obediencia, se convence una de que es imposible aspirar a cualquier forma de justicia, y es cuando la impotencia acaba convirtiéndose en la personalidad con la que se trata de comprender lo que nos pasa. 

Ese silencio no solo nos convierte en víctimas aferradas a la indolencia como medicina, sino que nos cosifica en herramientas en las que la impunidad se sostiene, se hace invencible y pasa a la historia por el arco del triunfo que le han construído los perdedores oficiales. Los asesinos acaban recibiendo su corona de laureles, llamados “personajes influyentes de una época”, salvadores que lo dieron todo en nombre de una paz y una evolución que solo ha dejado una impronta de desaparecidos y fosas comunes. Me da asco la fama intocable de criminales como Alejandro Magno, Mahoma o Napoleón. 

Pero no solamente hay una montaña de muertos que crece ante la ceguera colectiva, también hay gente con grandes cicatrices que permanecerán abiertas, crónicas y abandonadas hasta que llegue la única serenidad a la que tienen derecho; el humilde y desgraciado consuelo del sepulcro. 

Ese silencio es la más estafadora de las terapias, nada cura, solo perpetúa el dolor en traumas y agonías enterradas en el anonimato. 

Sin embargo, no solo perdura la acción del drama gracias al silencio, también participamos con la indiferencia y el pasotismo que favorecen la fuerza material de la que se nutren los crímenes. El poder físico no es solo el factor decisivo, sino el objetivo máximo. Con cada impunidad que se confirma aumenta el espacio a futuros crímenes. Con esto quiero decir que si Franco y su jauría hubiesen recibido el juicio que se merecían, hoy sus herederos no presumirían con tanta elegancia y devoción de la semana santa. Mírese la historia de las cofradías, apoyadas en los años 40 por la dictadura franquista ya que facilitaban la lista de los próximos fusilados. 

Innumerables son las personas a las que se viola el límite que supone su dignidad. ¿Qué tienen en común? La falta de recursos para huir, comprar un tribunal o financiar una defensa infatigable y minuciosa. A nivel mediático muchos crímenes solo se difunden por su impacto novelesco o geopolítico que representan para el interés comercial de turno, pues comunicar las tragedias no sería para ellos un negocio rentable, al revés. 

Por eso organizarnos para tener el control de unos medios de comunicación que estén en las calles, dando y recibiendo, libres de toda parcialidad, confrontando la realidad con información y viceversa, creando espacios de escucha, de sensibilización, es la lucha más necesaria para proteger la veracidad y el valor testimonial de la corrupción instrumental del lenguaje, del marketing cínico, de la ignorancia y de las formas de expresión que se compran y venden.

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