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El humo y la jarana4 minutos

Autor: Mohamed Kafir
Corrector: M.E.F.P.

Lejos vivíamos,
nunca quisimos tomarnos enserio la marea.

El viento era más agresivo
que un padre violento,
y con la sonrisa que debía de durar
todos los otoños,
nos dirigíamos hacia las paredes.

El humo y la jarana,
el chuleo forzado,
la madrugada tardía;
faltaba ternura en el hedonismo.
Faltaba una madre a la madre.

Bostezaba el ladrillo
de nuestras tardes quietas,
quietas
pero con una jauría de delirios
y afanes ostentosos,
identidades heroicas y banales,
complejos de precoces bandidos.

Es decir,
estáticamente inquietos,
encubando los próximos óxidos
donde caben muchas fechas
pero no la fecha de salida.

¡Qué morbo da ser perseguido
por quien no te reconocerá mañana!

Scarface-Ídolo
repetía su epopeya
en los espejos de una edad abandonada.

Y todos lo sabíamos,
que nadie lo merecía,
que hasta la suerte se cansa,
que solo tienes que mirar a tu alrededor.

Pero la mar desespera al deseo,
pero aún somos jóvenes,
pero ya verás, nada dura cien años.

Y un orgullo terrible ordenaba:
«no des las gracias como un perro».

Entonces,
con un horizonte manipulado por lo superfluo,
nos ibamos acercando
hacia el todo o nada
como lobitos engañados
que solo aprendieron
a fingir
que no era momento de impotencias.

Comentario del autor

Lo que en la calle se denomina «espabilar», viene a ser como «saber aprovecharse del medio por sí solo». Llega un momento en la vida que no se tolera la expectativa de la paciencia, el poco a poco, graduarse asiduamente, buscar un curro que sostenga un balance de esfuerzos y frustraciones. Hay quienes optan por el nihilismo más ciego y contradictorio: se niega el proceso capitalista de vivir por trabajar, pero se idealizan los valores neoliberales del clasismo.

Jóvenes que rechazan la lenta labor de una inclusión social convencional, pero que lo arriesgan todo por conseguir la fortuna que la misma sociedad desesperadamente anhela, es decir, envidia.

Entonces toman el camino de los robos, el tráfico de drogas, los atracos, las estafas, convencidos de que la gloria de una movilidad social será ahora o nunca. A esta actitud cabe añadir, la moderna vanidad con la que dan los primeros pasos en el laberinto de la economía sumergida. Ganar dinero no acaba siendo fácil, pero sí perder rápidamente la libertad.

El contrabando y la pillería no son algo nuevo. De hecho, de la piratería nació la clase social burguesa, que fueron los intermediarios entre los corsarios y la alta alcurnia. De esos negocios nacieron fortunas como las del Imperio Británico.

Con gran oportunismo, la burguesía comienza a inventarse la doctrina del liberalismo económico, regularizando la explotación a otros términos y adquiriendo la reputación de una clase moral. Sin embargo, en la sombra, se continúa jugando a ser bandido. La única diferencia entre Al capone y Rockeffeller, fue la perspicacia política del segundo.

De esta manera, muchas personas se aferran a la posibilidad inmediata del lujo y los placeres anárquicos del patrón, pero aborrecen comenzar desde la legalidad que el sistema burgués se ha inventado.

La rebeldía, en este caso, es equívoca: Se afirma (suprema) a cortísimo plazo lo que se niega a largo plazo. Se infravalora la condición del trabajador pero se exalta la figura del patrón que no madruga y derrocha lo que tiene. No se aspira al salario sino al patrimonio.

Esta ávara obsesión, oscura y arcaica, que acompaña a todas las generaciones, palpita en el fondo de un servilismo cotidiano, de una vida traumatizada por ser instrumento del bienestar de otros. Gracias a la admiración que suscita el ideal de la casta burguesa (ricos que fueron hijos de muertos de hambre) y de la insaturada idiosincrasia del mérito individualista, se han transformado los fastidios de la miseria en sabores de esperanza. La alienación ya no solo es una conquista de la energía del cuerpo físico y su eficiencia realista, sino que convence al ego personal de que el sueño de pertenecer a una élite económica está al alcance de la mano.

Sin embargo, la gran mayoría no es capaz ni de potenciar su astucia mercantilista, ni de atreverse a ir en contra de la ley para enriquecerse. Pero también ellos alimentan su ambición: para los que tienen miedo de perderlo todo o acabar en la cárcel se inventó la lotería.

¿Y que tenemos, pues, los que no queremos ni ser poseídos ni tener posesiones?

Quizás nos queda la ingenuidad de creer que nos podamos plantear con lucidez una respuesta.

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