Categorías
ARTÍCULOS Social y Política

De cuando los barrios mueren de éxito7 minutos

Autora: Pau Orihuela
Correctora: Laura De Buen Visús

«The city is, rather, a state of mind; a body of customs and traditions, and of the organised attitudes and sentiments that inhere in these customs and are transmitted with this tradition. The city is not, in other words, merely a physical mechanism and an artificial construction. It is involved in the vital processes of the people who compose it; it is a product of nature, and particularly of human nature».

Robert Ezra Park, The City.

Mercedes tiene 53 años, está casada y tiene dos hijos en sus veintialgo. Lleva más de treinta años viviendo en el Albaicín, regentando un pequeño negocio familiar. A Mercedes la conoce todo el mundo en el barrio, pero ella tiene la impresión de conocer cada vez a menos gente. De hecho, hace apenas un par de días oyó que Pepe, de la frutería de enfrente del bar de los Manolos, se muda al Zaidín. Según le dijeron, parece ser que le han subido el alquiler y ya no llega para seguir pagándolo.

Cuando se entera de algo así, Mercedes recuerda a otros muchos vecinos con los que, por diferentes razones, ya no comparte las calles del Albaicín. Eso sí, siempre hay alguno que otro que le toca especialmente la fibra. Como Amparo, la de la floristería; tuvo que cerrar el negocio cuando se jubiló porque ninguno de sus hijos quería continuar con la saga familiar. O el Kike, el de la pescadería de la esquina; traspasó el negocio ya hace un par de años porque no podía competir con el Mercadona. Aunque, todo sea dicho, a quienes más echa de menos es a la Mari y al Antonio; ya no les ha vuelto a ver desde que se mudaron al pueblo al inicio de la pandemia.

«Esto ya no es lo que era», dice siempre Mercedes. Y es que la floristería es ahora un centro de yoga kundalini, la pescadería hace tiempo que se convirtió en una tienda de souvenirs y en el piso de arriba, aprovechando que los hijos de la Mari y el Antonio ya no quieren que sus padres vuelvan por el miedo a ese puñetero bicho, el casero ha montado un piso Airbnb de esos. Mercedes repite que «esto ya no es lo que era» porque para ella el barrio, su barrio, es mucho más que unas cuantas calles que aparecen en el Google Maps. Para ella, el barrio es, en realidad, el conjunto de interacciones diarias y relaciones interpersonales que mantiene en su día a día con el resto de sus vecinos.

Al igual que Mercedes, cuando utilizamos el término barrio generalmente lo hacemos para referirnos no tanto a un sitio geográfico concreto sino a algo más bien abstracto; a esa convivencia tan mundana tejida cotidianamente por sus moradores. Es en las esquinas de sus calles, las mesas de sus bares y los bancos de sus plazas donde se producen esas interacciones cercanas. Interacciones alejadas, como de hecho lo están, de la impersonalidad de las grandes avenidas o de las zonas comerciales.

Lo cierto es que la clave de esta convivencia se encuentra en que ella misma acaba generando una identidad propia. De ella se desprende una idiosincrasia o una manera de ser particular. A decir verdad, muchos barrios aluden a esa identidad que hace de ellos un sitio con una esencia característica. Es por esto mismo que nos suenan nombres como «Lavapiés» o «Malasaña» en Madrid, «el Borne» o «Gracia» en Barcelona, «Alfama» en Lisboa o el propio «Albaicín» o «el Sacromonte» en Granada,

Esa idiosincrasia les confiere a estos barrios esa suerte de «rollito» chic o cool, algo que está directamente ligado con el hecho de que muchos de estos barrios fueran, hasta hace no mucho, las zonas marginales de la ciudad. Esto último corresponde, tal y como describe la socióloga portuguesa Manuela Mendes en este artículo sobre Lisboa, a una estudiada estrategia de marketing. Una estrategia incentivada desde los propios poderes públicos. Una táctica que tiene como telón de fondo convertir los barrios otrora degradados en las señas de identidad de la urbe. De este modo, acaba siendo esta especie de patrimonio inmaterial lo que constituye, en realidad, el verdadero atractivo turístico.

Siendo algo ingenuos, podríamos llegar a pensar que esta resignificación intencionada contribuiría a empoderar a los habitantes de estos barrios. A desestigmatizar ciertos estereotipos asociados a estos. Nada más lejos de la realidad. Lo cierto es que esta estrategia premeditada no ha hecho sino fomentar —junto con los billetes a precio de saldo de las mal llamadas aerolíneas low cost y el descontrolado negocio de los Airbnb— el denominado «turismo de fin de semana». Un tipo de turismo que ha acelerado, de manera vertiginosa, el archiconocido fenómeno de la gentrificación ⁽¹⁾.

He ahí cuando los barrios mueren de éxito. Cuando las calles más emblemáticas están tan abarrotadas de turistas que los locales acaban por evitarlas. Momento en el que se vuelve imposible tomar ciertos transportes públicos por las colas kilométricas y cierran negocios locales para, en su lugar, abrir franquicias y tiendas de souvenirs. Es entonces cuando el coste de la vida no deja de aumentar a un ritmo tan frenético que hace imposible la emancipación de los jóvenes, forzando en muchas ocasiones el exilio de las personas mayores —y no tan mayores— ante la imposibilidad de asumir el desorbitado incremento de los alquileres.

Así, los moradores de estos barrios, como afirman en este artículo algunos vecinos de Lavapiés o como se pone de manifiesto en los primeros minutos de este documental sobre Barcelona, acaban formando parte, sin comerlo ni beberlo, de una suerte de decorado, como si de un parque temático se tratase. De este modo, los vecinos y vecinas ven cómo sus intereses y sus preocupaciones diarias quedan supeditadas al interés económico que genera un turismo salvaje con el que no tienen otro remedio que lidiar cotidianamente. Todo ello termina, en última instancia, por desarticular esa misma identidad que los caracteriza. No deja de ser paradójico que sea precisamente esa idiosincrasia la que acabe siendo su propia condena. 

Es, en cualquier caso, nuestra responsabilidad —y la de nuestros gobernantes, todo sea dicho de paso— tratar de minimizar el impacto que generamos cuando hacemos turismo urbano. Está en nuestra mano no hospedarnos en pisos Airbnb; consumir lo local, rehuyendo de las franquicias y de los restaurantes infestados de turistas; evitar los transportes más usados por los lugareños y los sitios emblemáticos completamente masificados.

En realidad, lo que propongo no es más que un ejercicio de empatía. De entender la vida local y de intentar adaptarse a ella en la medida de lo posible. Porque lo que está en juego es el propio barrio, su barrio. En definitiva, pongámonos en la piel de sus moradores y seamos conscientes del daño que causamos. Tanto Mercedes como el resto de sus vecinos agradecerán que, la próxima vez que visitemos el Albaicín, pensemos más en su gente y menos en los selfies que nos sacaremos desde nuestro Airbnb con vistas a la Alhambra. 

barrio alhambra selfie

⁽¹⁾: Para una definición y una aclaración sobre «lo caótico» del concepto de gentrificación a nivel teórico, véase este artículo de Ricardo Duque. Este mismo autor, profesor de Sociología Urbana en la Universidad de Granada, realizó su tesis doctoral sobre este fenómeno en el Albaicín.

Deja un comentario