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ARTÍCULOS Social y Política

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Autor: Julián Gómez
Correctora: Laura De Buen Visús

En los últimos días, el tema sobre el «lenguaje Inclusivo» ha tomado más fuerza. Todo el mundo anda hablando de esto, ya sea para bien o para mal. Y es que, la verdad, el tema se presta para mucho, y, así como tiene defensores, tiene también contradictores. Por supuesto, en La Independiente no podríamos quedar sin comentarlo. Lo primero que se puede decir es que se encuentra bastante información sobre el tema. Solo hace falta colocar en Google «lenguaje inclusivo» y un sinfín de artículos, discusiones políticas y hasta manuales de su buen uso aparecen.

Pero ¿qué es esa joda del lenguaje inclusivo? Si usted busca rápidamente, le sale esta información:

«El lenguaje inclusivo o lenguaje no sexista se emplea en diversas disciplinas que investigan los efectos del sexismo y del androcentrismo. El estudio de la teoría del lenguaje sexista es paralelo al del lenguaje no sexista, y cae dentro del ámbito de la filosofía, la sociología del lenguaje y la sociolingüística. Este lenguaje intenta evitar el sesgo hacia un sexo o género social en particular. En el idioma inglés, esto incluye el uso de sustantivos que no son específicos de género para referirse a roles o profesiones, así como el abandono del pronombre «he» para referirse a personas de género desconocido o indeterminado».

De manera general, pareciera que la definición es clara y que se entiende el objetivo del leguaje inclusivo, pero la cosa se complica cuando se habla gramaticalmente. Lo que se propone es la inclusión del morfema «e» en el uso del género. ¿Cómo así? Pues la verdad yo no sé. Pero lo que sí le puedo decir —o debería decir: «le que le puede decer»—, para ponernos en ambiente, es que, en medio del debate, la RAE hace más de dos años declaró en su cuenta de Twitter:

«#RAEconsultas El uso de la @ o de las letras «e» y «x» como supuestas marcas de género inclusivo es ajeno a la morfología del español, además de innecesario, pues el masculino gramatical ya cumple esa función como término no marcado de la oposición de género.»

En paralelo, quienes promueven el uso del lenguaje inclusivo ponen en la mira el uso del «genérico masculino» para denominar a ambos sexos en expresiones tales como «reunión de “padres”». 

Ya se podrá imaginar cómo se puso la cosa para algunas comunidades, minorías, géneros, identidades, progresistas, izquierdistas, lesbianas, agentes del bien, agentes del mal y como quiera llamarse aquel que se siente transgredido por el uso del lenguaje masculinizado, machista, patriarcal o yo no sé ya qué otro palabrón utilizar.

Como quiera usted hacerse llamar hoy en día frente al uso del lenguaje inclusivo, las posiciones están muy divididas. Por un lado, si se piensa, no existen evidencias contundentes acerca del efecto que tiene el lenguaje sexista en las relaciones de género; ¿o es que a usted, que está leyendo esto, le costó mucho hacer relaciones sociales por falta del sufijo «-e» en el lenguaje? Desde luego, reconocemos que el lenguaje condiciona según qué visiones del mundo en diferentes aspectos; incluso en el peso del género gramatical, para atribuir carga semántica a conceptos asexuados.

Por otro lado, para algunos otros sí existen experimentos que respaldan la capacidad del lenguaje para condicionar nuestra visión del mundo en diferentes aspectos; para ellos, es importante el peso del género gramatical al atribuir carga semántica hasta a conceptos asexuados. Por ello, aunque nada garantiza que la transformación del lenguaje debilite, en efecto, la reproducción de relaciones de género injustas, la propuesta del lenguaje inclusivo sí aparece como, al menos, un ámbito válido de disputa —política inclusive—. En países como Colombia, la Corte Suprema de justicia obliga a su uso y a su debido cumplimento. En Argentina ni se diga; allí es mucho más delicado. En España, solo hace falta ver cómo algunos partidos (o partidas, o partides) políticos cambian de nombre, posturas o mecanismos dando paso al lenguaje inclusivo. 

Desde un punto lingüístico, se propone una transformación del lenguaje que lleve a desambiguar un genérico que coincide con la forma del género masculino. Esto no solo no resulta inaplicable, sino que, de hecho, puede resultar enriquecedor. A la vez, apostar por la transformación del habla es perfectamente compatible con su carácter histórico, ya que la lengua no constituye en absoluto un producto inmutable sino que se encuentra viva, transformándose constantemente debido a los cambios que la comunidad de hablantes introduce en su uso.

Desde luego, a lo largo de la historia ha habido una gran cantidad de casos de planificación lingüística. Por ejemplo, la adopción de una lengua nacional o cambios ortográficos muy puntuales. Con todo, la justa idea de grupos oprimidos o estigmatizados de reivindicar su causa, por lo general, se encuadra en proyectos amplios que tienen en cuenta a la comunidad de habla en su conjunto. Se puede citar, entre otros, la modernización léxica del quechua (lengua indígena de los pueblos colombianos). Esta trata de evitar los préstamos del castellano o el inglés. Entonces, se crean palabras nuevas a partir de la morfología quechua, lo cual permite valorar la identidad lingüística y cultural de sus hablantes.

Lo anterior es simplemente un abreboca de lo que puede implicar el tema del lenguaje inclusivo, se encuentre usted a favor o en contra. Al final de cuentas, es innegable la mutación que el lenguaje tendrá en un par de años. Así que, en definitiva, haga lo que le venga en gana; aun así, todos salimos ganando al ser «homo sapiens».

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