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ARTÍCULOS Social y Política

Estar estando3 minutos

Autora: Ingrid Erre Que Erre
Correctora: Gracia Vega

La única regla del viaje: no vuelvas sin haber cambiado.

Anne Carson

A lo largo de toda mi vida, como adulta he sentido de forma constante que viajar es esa idea mágica solo alcanzable para mentes más despiertas y abiertas que la mía. 

A mi alrededor se han ido amontonando las conversaciones sobre cuántas ciudades se han visitado y cuántos selfies delante de cuántos monumentos se han hecho. 

Y si bien podríamos dedicar páginas y páginas al análisis del modelo de consumo de la cultura, el problema al que yo me he enfrentado tiene una apariencia mucho más sencilla. 

¿Por qué no me gusta viajar? 

Y quizás, se trata de la quemazón. Quemazón derivada de ser durante años, esa maleta siempre a cuestas de una profesora interina de pueblo en pueblo y tiro porque sigo sin plaza. O de los instintos del animalito que en realidad soy, buscando desesperado el amparo de unas raíces estables.  

Sin embargo, la sensación más clara que tengo con relación a viajar se parece más a la que experimentaría frente a un mago que a un abismo. Para mí se trata de una idea enorme y absoluta de que todos los sitios que he visitado como viajera, son de mentira. 

Recuerdo pasar por Londres y Dublín como quien sueña un sueño. Recuerdo el esfuerzo consciente de buscar algo. Algo que me marcase y dejase en mí una huella indeleble, prueba irrefutable de mi cambio y del aprovechamiento que se exige a esta actividad. 

Han hecho falta años y años para llegar a entender que, tal y como hiciera con Berlín o Amsterdam, también lo he hecho con Granada. 

Casi una década después de llegar aquí, aún me he sorprendido a mí misma más de una vez hablando de miradores con la voz llena del amor de una noche que profesan los turistas. Aún he recorrido el Paseo de los tristes forzando la melancolía para el pie de foto de un post de la Alhambra. 

A lo mejor en otros diez años me encuentro reescribiendo estas palabras con la hipótesis inicial de que existe un algo irremediablemente roto en mi manera de percibir el mundo. Pero, hoy me enorgullece habitar las calles que tanto han visto renunciando a cualquier verbo que implique el desplazamiento, para tornar ese sitio al que me gusta ir, en ese rincón en el que me gusta estar. 

La RAE define barrio como un «conjunto de casas dependientes de una población». Y yo, os invito a desterrar tal idea y desvestir las calles de todo lo construido; de todo lo no palpitante, ya sea ladrillo, fuente o estatua, como en una reinterpretación libre del escenario de Dogville. 

Y si todo faltase, si quedara solo la tiza pintada sobre las piedras y la tierra… Desde el río hasta el Sacromonte, tiza para los cármenes, tiza para las cuevas, para los bares, para los patios… Si solo quedaran líneas en el suelo, entre la silla donde se sienta un chaval guitarra en mano y las cuerdas del tendedero llenitas de paños… Solo tiza y nosotros haciendo barrio, eso sería para mí viajar. 

Así que mi queridísima Anne Carson, si quieres hablar de reglas creo que la más importante para vivir es la de aceptar el cambio. Sin olvidar nunca que, allá donde estemos, deberíamos estar estando. 

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