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Una biblioteca más6 minutos

Autor: Silverio
Correctora: Gracia Vega

Estanterías inundadas de letras prejuiciosas, paridas por antiguos maestros, donde reinaba la prosa; el «ánimo de enseñanza» y los títulos descansaban en una paz de privilegio, y no de arrogancia. Allí bailaban los libros, en compás, en cuadernillos. Las ideas tachadas y no comprobadas, filosofaban en las esquinas de la entrada. Y era en la guardia de la puerta, que las revistas de moda llegaban y se hacían en turno cada doce horas. Mientras se bañaban en café algunos libros. Se acercó una noticia en un periódico, venía rasgada, sin ánimos a diferencia de otras amarillistas y, lo peor, venía con un aire de verdad, lo cual poco se ve en los periódicos hoy en día.

–Han matado a la educación.

Presumía el periódico en afán, sin esperar alguna duda de su noticia, sin esperar que le abrazaran en consolación, agachando su mirada, viendo sus frágiles piernas de papel.

Un silencio inundó el salón principal de la biblioteca mientras, procedieron risas largas.

–¿Cómo dices que ha muerto? Si ya la mataron cuando llegó tal virus a sus aposentos.

Presumieron unos libros de historia, marcados por la página en la peste negra; con piernas y brazos más gruesos, con cicatrices. El polvo notaba que mientras más años llegasen su utilidad estaba con tendencia a cero.

–Ha muerto, se los digo. La han matado…

–¡Los padres! –interrumpieron unos libros de pedagogía, en coro con libros de matemáticas y ciencia de los primeros años de inocencia–. Claro que han sido ellos, no podría ser nadie más. Los padres no saben enseñar. ¿Cuándo entenderán que se necesita paciencia, pasión, amor, y tener el conocimiento claro para enseñar? Ellos creen que por tener una pizca de autoridad bastará para que sus niños se sienten, y les hagan caso, cuando los padres de ahora no saben ni cómo cocinarles.

–No, no han sido ellos. Han sido….

–¡La situación actual! –exclamaban unas revistas de moda–. Pobres, pobres todos, ignorantes, rebuscadores, y ahora más y más desempleados… ¿Quién puede aprender algo ahora? Si las columnas de opinión son de cifras que crecen, de que se acaba el café en los funerales, y se enfría, pues ni siquiera se puede despedir a un ser querido. ¡Qué dicha! –suspiraban entre lágrimas de letras– ¡Qué dicha! Ahora parece que leer noticias es dañar la poca paz que queda y los que limpiaban y defendían a puño y espada los pasillos de los colegios, ya no están. Los porteros que saludaban a todos los alumnos, ya no se requieren –dijeron quebrando, ahora sí, en llanto–. Y mi doña Marthica que fiaba en la tienda a los pícaros y me utilizaba para matar sus ratos entre clases mientras dejaba fritar las empanadas ya no está, y ya no me necesita, pobre de ella sin leerme en sus chismes. ¡Pobre de ella…! ¡Pobre de mí!

Cada parte de la biblioteca se empezó a levantar, y a expresar sus opiniones. Estas iban desde la falta de presupuesto de parte del Estado para las personas de escasos recursos, como las que no tenían acceso a internet, hasta los filósofos de las esquinas que decían entre líneas –de alcohol, vanidad– «que era culpa de un capitalismo mal puesto». Otros, en su arrogancia, presumían que todo era un complot de los zurdos para tener más ignorantes a las personas. Las ciencias exactas defendían la falta de investigación y las humanas alegaban la falta de empatía y de ética que habría en esta generación, por la falta de tacto… Y así, en un discurso, crearon una guerra que iba hirviendo con cada nuevo discurso. Aquello lo frenó todo en un grito el periódico con sus piernas temblando y con voz segura.

–Los que han matado la educación, han sido los mismos docentes. Sobre todo, los universitarios.

–Pero, ¿cómo te atreves a decir eso? –decía un libro de física cuántica.

–No cabe en la cabeza, si gracias a ellos funciona el espectro electromagnético donde se desplazan las clases –exclamaba un libro de electrónica, mientras se subía las gafas de su joroba acentuada.

–No. Han sido los docentes, se los digo –defendía su idea el periódico con su carga académica echándose pasos atrás, mientras todos se hacían hacia la entrada.

–Pero, si los de ahora tienen la dicha de encontrar todo en internet.

–¡Sí! –decían en unísono miles de libros.

–Ahora todos tienen facilidades que antes nuestros hijos, los famosos doctores, no tenían.

–¡Sí! –coreaban todos.

–Bueno, pues sus pupilos que los comieron en sus años de juventud, cuando aún no los innovaban en PDF’s, se han suicidado como docentes, y en una monarquía; que ridiculizan la ignorancia de sus alumnos, para hacerles sentir miserables y estúpidos, mientras ellos se bañan en su ego: ¡han matado la educación! Sin piedad –tomaba aire mientras los libros se echaban para atrás–. La han apuñalado por la espalda, y en sus aulas que antes se encontraban llenas por desesperación, por vicio, por intentos de salir a buscar trabajo en una sociedad tan competitiva, ahora se encuentra en micrófonos apagados, de un miedo infundado de docentes universitarios que ven enseñar como un trabajo y no como algo necesario –entonaba el periódico, sin temblar, ahora con el silencio y tristeza que bailaban en el aire, abrió sus páginas, para mostrar la última nota de la noticia:

“De nada sirve tener tanto conocimiento en la mente; si a fin de cuentas no se puede transmitir a otra generación. El caso de miles de docentes de universidades, que matan a diario la educación”.

–No. Es culpa de las nuevas generaciones que no investigan –se excusaba un libro de química, empolvado, que no había sido leído hace ya más de cincuenta años–. ¿Cierto amigos? –volteaba a sus demás compañeros, buscando apoyo, buscando algo, pero se encontró con una biblioteca callada, en un silencio lamentable.

–No, el periódico tiene razón –pronunciaba un libro de artes–. La mayoría de profesores han perdido la vocación, no todos, claro. Esto dejó de ser una guerra de corrupción por la educación pública, la cual íbamos perdiendo… Y se volvió una guerra entre los que aún quieren enseñar y los que no encontraron otra cosa que hacer en sus vidas, y se regocijan en cuántos sueños de estudiantes pueden matar.

Entonces hubo un silencio como jamás se había sentido en la biblioteca mientras los libros lloraban, pues no habían enseñado a todos, esas mentes sedientas de conocimiento y de títulos, y de prestigios, cómo transmitir lo aprendido.

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