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Una casa con fantasmas8 minutos

Autor: Julián Gómez

No soy un hombre violento. Tampoco un hombre torpe. Creo que destrozar cuarenta lámparas que pendían de un techo fue algo más que un arrebato. (En realidad, fueron cuarenta y cinco bombillas, yo no las conté, fue la policía al constatar los hechos).

Torpe es patear basura sin darse cuenta, apedrear carteles y hasta romper un vidrio con alguna cosa. Pero no arrancar un poco de luz en una ciudad con tantas farolas urbanas, donde un cielo con estrellas es una imagen de cine o un cuento de campo que ya nadie cuenta. Aunque a decir verdad, mi propósito no tuvo romance ni de campos ni de estrellas. El ánimo para romper lámparas fue otro. No me avergüenza contarlo, pese a que me apresaron con escalera al hombro y con alguna que otra lámpara entre los bolsillos del pantalón y en mi chaqueta.

He aquí que debo confesar el motivo. Mi delito fue instado por un fantasma, en realidad, fui empujado por un espíritu ¿Quién ha de creerme? Si en los tiempos que corren ya no hay fantasmas… ¿Quién puede alegar, hoy con certeza, haberse encontrado con un «aparecido» de frente? A lo más, alguna sombra dudosa de perfil, que por temor o por duda termina pasando siempre por sombra. Un espectro es cosa del pasado.

Cuentan que Miguel Ángel cuando joven, en Florencia, luego de una tarde de taller, con el juicio nublado partió un bastidor y, con un trozo de madera en mano, rompió cuanto lienzo había en la sala. Su maestro, Doménico, contó que luego del episodio, Michelangelo alegó haber obedecido a un espíritu que reprochaba sus colores. En otro pasado más cercano, Alejandro Dumas sufrió una rabia dañina durante una noche, sobrio, pero con la cabeza desquiciada. Volcó una botella de grapa ardiente por toda su biblioteca acercando la llama de una vela, quemando páginas, anaqueles y un cuarto de caserón. En sus memorias contó que obedeció la voz de un niño traslúcido que se le aparecía con poemas de Dante.

Pareciera que un ente es cosa del pasado y pasado de moda. Cierto es que ya no hay fantasmas. En realidad, ¿quién puede hoy agendarse la sorpresa de una aparición? Sospecho que pocos, en alguna noche, se han ganado el recuerdo de una visión transparente. Hoy, estas almas en pena, es cuando más están penando. El avance de la ciudad se les vino en contra. Con tanta demolición de casonas viejas tuvieron que emigrar a los sótanos. Pero en los tiempos que andamos, los sótanos han mutado, inyectados de luz y ventilación hasta convertirse en bares y billares. Procurados en buscar algo más calmo y semejante a un sótano, varios fantasmas optaron por compartir estadía con automóviles en alguna cochera subterránea. Allí, debajo de una torre, plantada encima de lo que antes fue todo un caserón.

En mi caso, el fantasma que me persiguió se albergaba en la torre Viamonte 430 de la calle 3-08. El espíritu se llamaba Federico Silva, antiguo dueño de la casa. Luego de algunas apariciones sin sustos, el espectro directamente se me presentó con transparencia, en su doble sentido. Ahorro aquí detalles y circunstancias de lo hablado, habida cuenta que caímos en algunas confidencias mutuas. Pues un fantasma es dado a las confesiones, tal vez, porque no guardan secretos al ser suelto de boca y no se muerden la lengua porque no tienen.

Silva gozaba de la condición de fantasma por ser muerto de un disparo, en momentos que fue sorprendido en su cama, con la mujer de su hermano. Sabemos que un fantasma es un muerto que, ni bien llega a jurisdicción celestial, es juzgado como alma y no es lo suficientemente podrida para ser remitida a las brasas, ni lo suficientemente sana para ser admitida arriba. A decir verdad, es un condenado sin sentencia que termina aceptando tal condición por temor a que una mala jurisprudencia lo largue a las calderas de abajo.

En fin, Silva habitaba resignado pero cómodo entre los pasillos de la cochera. Se sabe que los fantasmas huyen como vampiros de la luz. Su espectro, su imagen (que es su cuerpo) se diluye ante un posible impacto de luz directa, ya sea luz natural o artificial. Podemos afirmar que la sombra es simplemente una proyección oscura que un cuerpo sólido lanza sobre el espacio en dirección opuesta a los rayos de luz. El espectro habita tranquilo en estas direcciones opuestas, justamente por ser su existencia misma una oposición, una contradicción, por no ser de aquí ni ser de allá. Porque un ente no es oscuridad ni tampoco claridad. Por ello es la sombra, el lugar que le queda de refugio y abrigo. Por tanto, el espectro no es un ser oscuro, tan solo necesita de la penumbra como contraste para poder ambular entre las sombras. Puesto que la luz directa no los mata, pues los fantasmas ya están muertos.

Se entiende el motivo por el cual las casas blancas y modernas no admiten, entre tantas claraboyas y ventanales de pura luz, alojar un fantasma. Las casas modernas carecen de sombra, por ser el Sol el astro de moda, como lo fue antaño la Luna. Así se entiende que, debido a tanto sol, no existan fantasmas en cementerios de parques abiertos y sí los entre los embutidos mausoleos y entre los pasillos de mármoles apilados. En consecuencia, los espíritus son fotosensibles. La luz les duele en su cuerpo traslucido y por un golpe de luz pueden perder lo único que les queda: su estampa, su transparencia, su imagen.

Llegaron días en que Silva anduvo desmejorado. Perdiendo contraste con tanta luz que venía de los nuevos reflectores, cantidad de faroles vigilantes apostados en cada esquina de la cochera que colocaron por seguridad. Y le fue peor cuando en votación, los propietarios aprobaron la colocación de lámparas en espacios de circulación. Por ello convidé al espíritu de Silva a que se alojase en las penumbras de mi casa que, para su fortuna y la mía, estaba en planta baja, casualidad o no, cerca del lugar donde alguna vez fue su habitación. Quizá, por esta cercanía, me buscó.

Los recuerdos le llegaban. De noche solía espiar hacia la calle por mi ventana, que alguna vez supo ser su ventanal, que por costumbre miraba hacia la esquina. Pero poco miró y dejó de mirar. No le costó confesar que le dolía ver el paso del tiempo. Varones sin sombrero y de pelo largo, damas con la nuca acicalada, chaquetas de colores, música rápida, postes y luces, y todo pasaba en la misma esquina, en la misma acera de ayer. La realidad lastimaba el recuerdo; dolor de memorias, clavos de nostalgias. Porque un espíritu es pura melancolía, es una imagen del pasado que aparece intrusa en un presente ya tristemente cambiado.

Procurando darle mejor albergue, eliminé todas las lámparas de la casa, salvo la de la cocina y el baño, generando así una grata penumbra. Agradecido, pero a la vez no contento del todo, mi compañero invisible me rogó volver a la cochera. Por este amigo caí preso. Media noche con escalera en mano, me dediqué a descolgar del techo de la cochera toda lámpara que iluminara excesivamente. Como dije, caí preso, y mi buen amigo tuvo que guardar jaula en mi casa. El fantasma supo acompañar mi soledad con su amena estadía.

Aún queda en mí el retrato de alguna risa y otra miseria compartida, comiendo caramelos en esa media luz que regalaba el crepúsculo a través del ventanal. Federico se fue. Algo me había adelantado, que había tenido comunicación con algún Tribunal Celestial y que la burocracia no solo era de los vivos. Hacía tiempo que había presentado un escrito solicitando algo así como el «Perdón». Fue una tarde, sin despedidas, cuando mi amigo fantasma dejó mi casa, al conseguir «el Perdón de su hermano», pasando así a otra condición definitiva; imagino que yéndose al cielo o quizá más allá.

Si bien Federico estaba muerto, para mí volvió a morir; la ausencia es muerte. Brindé por él, pero lloré por mí. Me quedaba solo. Más bien volvía a mi soledad. Su estadía me hizo espejar cuán solo estaba y cuánto de fantasma vivo llevo conmigo. Los fantasmas no espantan, en todo caso nosotros a veces damos espanto. Tan pobre es el espíritu que llevo dentro que Silva, al menos, fue lo poco espiritual que me vino de fuera. Hoy mismo, puse un aviso, que compro y pago bien por una casa con fantasmas, al menos con uno, solo uno.

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