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El entierro del abuelo10 minutos

Autor: Julián Gómez
Correctora: Laura De Buen Visús

Mi abuelo nos dio a todos el disgusto de aparecerse en su propio entierro. Era una cosa que esperábamos, aunque teníamos… no sé… una especie de confianza ingenua en que se le pasara la jodedera en el más allá. O que por lo menos se decidiera a descansar en paz, ya que nunca quiso descansar en vida. Pero no. Llegó como a las tres y media de la mañana a la funeraria, saludando a todo el mundo y riéndose.

Mi abuela no se dignó a dirigirle la palabra. Le advirtió muchas veces que no sería bienvenido, que ya ella había tenido bastante con tantos años de matrimonio y que se merecía, como es lógico, unas buenas vacaciones.

Yo qué iba a hacer, imagínense. Ni me atreví a saludarlo. Fue un poco cobarde de mi parte dado el hecho de que siempre fue un encanto conmigo. Pero ahí estaban mi madre, mi abuela y un montón de familiares más. Estoy seguro de que él entendió que no le hablara. De todos modos, si se iba a quedar un rato más en el pueblo, ya tendríamos ocasión de conversar. Ahí estaba el viejo, con su traje tan elegante, el mismo de siempre. Qué barbaridad. Hay que tener valor para salirle a uno después de muerto, para presentarse así, en sociedad, con tanta paciencia, a ver qué dice la gente de uno.

Lo peor fue la procesión hasta el cementerio. En un pueblo como este, no se debe ir sentado encima de la caja, como si fuera un carnaval. Mi padre siempre me dijo que los muertos iban trepados en el carro fúnebre para analizar la asistencia al entierro, pero ese era mi primer funeral, así que cómo iba yo a pensar que tendría razón. No es correcto, tampoco, ya que te encaprichaste en ir encima de tus restos, ponerte a hablar con todo el mundo. La gente necesita guardar su luto, por Dios, aunque sea fingido. Llorar un poco. Mi abuelo era un tipo muy querido. No tenía que hacerlo. Eso sí que no se lo apruebo.

Fue el colmo de la indignación para mi abuela, que ni siquiera quiso ver cuando metieron la caja al panteón familiar. «Ojalá se lo trague rápido la tierra», fue lo único que murmuró antes de que la viéramos atravesar, tranquilamente, el portón blanco del cementerio. En mi defensa puedo decir que, cuando todo terminó, lo quise agarrar por el brazo para decirle un par de cosas. Aunque, en realidad, lo que quería era saludarlo y preguntarle si le había gustado el entierro, pero no pudo ser.

Mi abuelo nunca me dejó entrar al cuarto donde guardaba sus libros y sus cosas. Por eso, cuando mi abuela me mandó a meterlo todo en cajas, sentí como si estuviera profanando algo. «¿Por qué no lo haces tú?», le pregunté. Pero la única respuesta que recibí fue un portazo prácticamente en mi cara. Por lo tanto, me quedé yo solo en aquella habitación de cuatro por cuatro, todavía humeante, llena de libros y con una mesita en el medio. A la orilla de la puerta estaba el sillón de mi abuelo, donde se ponía a fumar y a leer. Todavía estaba todo tal y como lo había dejado el viejo. 

Me dio lástima, porque no pudo terminar de leer unos cuentos que yo le había prestado. El libro estaba marcado como por la mitad. Y me dio lástima precisamente porque, a pesar de sus setenta años, al viejo parecía quedarle toda la vida por delante. Fue el sentimiento del desalojo lo que me impidió, en un primer momento, empezar a guardar todo en las cajas. No sé por qué me dio la impresión de que debía llevar a término las cosas que mi abuelo había dejado a medio hacer. Era… ¿cómo decirlo?… una especie de herencia sentimental.

Las paredes olían a miedo y los libros estaban untados con aquel miedo pastoso que se impregnaba en los tabacos, en el sillón y en la máquina de escribir. «¿Miedo a qué, viejo?», le pregunté. Pero él debía estar paseándose por última vez alrededor del parque, y seguramente no me iba a responder. ¿Miedo a morirse?, ¿a la vejez?, ¿a la breve vida feliz que mi abuela le ofreció? El miedo estaba en aquella página amarilla, a la mitad del libro. La página que mi abuelo no pudo o no quiso leer.

Yo siempre le insistí que me dejara fumar con él, pero no fue posible. «Pregúntale a Satán si te deja», fue lo único que dijo. Satán era mi abuela. Lo cual, traducido, quería decir que mientras mi abuela mandara en esa casa los tabacos eran para daño exclusivo de sus pulmones y solo de sus pulmones.

Por más vueltas que le di, no pude interrogar a mi abuelo acerca de aquel miedo que lo embargó en vida, y que era posiblemente la causa de que aún estuviera entre nosotros. De hecho, no hablábamos casi nada. Mi abuela se había sumergido en un novenario de misas por el eterno descanso o, mejor dicho, por la desaparición definitiva del viejo. No podía entender —le explicó al padre Águedo— qué clase de negocio había logrado mi abuelo para que lo dejaran pasar el purgatorio acá abajo.

Decía esto porque su mente estaba entrenada al modo socialista, donde cada uno tiene que cumplir servicios en la vida, no importa si son sociales, militares o comunales. El padre Águedo, que ya estaba acostumbrado al discurso de mi abuela, intentó describirle este tiempo más bien como un trabajo voluntario que el viejo tendría que hacer para ganarse el cielo.

Mientras tanto, mi abuelo siguió haciendo lo que había hecho cada mañana desde que tenía trece años: abrir la barbería que había sido de su padre, y del padre de éste antes que suya. La clientela era fiel, eso no se puede negar. Siguieron apareciendo los mismos amigos de siempre, una vez enterados de que el anacrónico rodillo tricolor volvía a girar en la puerta de nuestra casa.

Con lágrimas en los ojos, mi abuela tuvo que barrer de nuevo la masa de pelos grises, negros, rubios o canosos. Los mismos que se había pasado la vida desterrando al medio de la calle, junto a las cenizas y los periódicos viejos. Cuando terminaba de trabajar, siempre le decía las mismas palabras, sin odio y sospecho que sin sentimiento alguno:

—Qué cansada estoy de ti. No te imaginas.

Tuve que acompañar a mi abuelo a la logia. Quería, según él, despedirse de todos sus compañeros de borrachera, de banda, de barbería y… ¡sí, qué remedio!, también de fraternidad. El pequeño templo masónico estaba tal como lo recuerdo en mi infancia: columnas sólidas y salomónicas, esculturas de dioses griegos, signos zodiacales… en definitiva, toda una orgía de símbolos.

Para su consternación, su puesto de Maestro de Ceremonias ya había sido reasignado a uno de sus hermanos. Mi abuelo, sin importarle aquello, se encasquetó el mandil y subió al podio que había ocupado durante casi cincuenta años. Escucharon su discurso conmovidos. Al fin y al cabo, mi abuela no dejó que ninguno se acercara a la funeraria, y para la despedida de duelo había buscado a mi tío José Felipe. Aquellos pobres diablos no pudieron compartir con él un último trago ni una cachada de su sempiterno tabaco. Pero eso iba a cambiar.

Les dijo que, si lo tenían a bien, podía cada uno marchar a su casa a buscar una botella de lo que apareciera, con el santo empeño de celebrar su partida de este mundo. A las dos horas, la mesa de la logia se cargó de refinadas cajas de Havana Club, vino casero, vodka de todas las edades… ¡Hasta el más barato y espeluznante chispa de tren! Cuando la fiesta se puso bien sabrosa y la gente ya no se acordaba de por qué estaba allí, aproveché para acorralar a mi abuelo:

—Viejo, ¿me vas a decir por fin a qué coño le tenías tanto miedo?

He aquí la lista de los miedos de mi abuelo:

Las colas, las eternas e interminables colas de este país; la vida al lado de una mujer con la que se casó por casualidad, cuando hubiera preferido estar solo; los libros que no pudo leer, y por no leerlos la vida le pasó la cuenta; el hambre, por supuesto, el hambre; el insomnio, que los dos padecimos; la falta de dinero; los pelos que no se iban de la ropa; los ratones de la cocina; mi abuela, sobre todo mi abuela, es decir, Satán. En fin, el miedo a morir sin felicidad, en una isla que se lo había ido comiendo poco a poco, empezando por la alegría y terminando por los pulmones.

Los venerables masones bebieron toda la tarde, festejando la partida de aquel hermano que ya no tocaría más en las retretas ni les recortaría el pelo de la cabeza. Qué triste ver a aquella cantidad de viejos, en un edificio con peligro de derrumbe, tratando de salvar lo que podían de la nostalgia, de una época abundante y feliz que jamás pasó. Dicen que el tabaco, o el ron, o los libros te hacen recordar un tiempo que nunca sucedió. Es verdad, pero eso no se entiende bien hasta que se ve la incapacidad del abuelo de uno para desprenderse de esas cosas simples y esenciales que componían su felicidad. Pero él, como todo el mundo, tenía que marcharse.

A las ocho de la noche, mi abuelo pronunció sus últimas palabras:

—Bueno, caballeros, me da una pena… pero ahora sí me voy.

Mi abuela durmió durante una semana el cansancio de toda la vida. Se lo merecía, la pobre. Por mucho que yo quisiera al viejo, y también por experiencia propia, entiendo cómo se puede ser al mismo tiempo un insoportable y que aun así la gente te quiera.

Ahora que estoy aquí, escribiendo en su máquina y fumándome sus habanos, me doy cuenta de que mi abuela tenía razón.

Quizás es verdad que estoy repitiendo a mi abuelo, o por lo menos que me parezco demasiado a él. Quizás la gente de este pueblo tenga que duplicar perpetuamente la vida de sus padres, de sus abuelos y así seguidamente por los siglos de los siglos. Me miro en el espejo y noto, con mucha preocupación, que mi cara se parece cada vez más a su cara, y que mi tristeza es su misma tristeza. Mi abuelo se fue y yo todavía tengo miedo. Pero ese miedo trato de anestesiarlo con libros y con tabaco. A ver por cuánto tiempo puedo olvidarme de que por mí también espera esta isla que me come, afilada como una cuchilla y cariñosa como una mujer.

Una respuesta a «El entierro del abuelo10 minutos»

Julián, es todo un placer leerte. Con reminiscencias a Rulfo y su pueblo de vivos muertos, y al García Márquez de Crónica de una muerte anunciada, poniendo toda la carne en el asador desde el principio del relato. Un viaje a través de la memoria y de las dinámicas familiares, con pinceladas de humor negro, de la crudeza de la vida, y de la ternura más honesta, esa que aparece sin quererlo. Como la logia, este relato es una orgía de símbolos que produce un gran placer a quien se tome el gusto de leerlo, como el que se da tiempo a fumarse un habano sin prisas.

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