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Para avisarte10 minutos

Autor: MEFP
Correctora: Gracia Vega

La verdad es que la pinta que llevaba yo misma no era muy positiva: la misma ropa que acababa de ponerme (aunque le faltaba mi pañuelo rojizo que tanto me gusta y que me acababa de liar al cuello) pero mucho más sucia. Además tenía unas terribles ojeras y una expresión que parecía algo… no sé, digamos intermedia entre enfado y desesperación. Nada bueno, vaya. Aunque debo reconocer que no he terminado de acostumbrarme a verme desde fuera si no es en un espejo, quizás siempre tengo mala cara (eso explicaría lo poco que ligo, salvo con los imbéciles).

–He venido para avisarte. Oye, en serio, perdona que venga aquí otra vez con la estatua de la oveja, pero piensa que si lo hago es por algo serio, y era más fácil venir ahora que más tarde y con la gente y tal.

–¿Acaso te has despertado tras la fiesta en una bañera con hielo y una cicatriz en el costado?

–No, joder, pero no vayas a la fiesta. Irín te intentará emborrachar y meter mano y encima habrá que aguantar que a su primo le dé un coma etílico.

–Bueno, al menos no me drogarán la bebida…

–Vete a saber, porque la resaca que tengo no es normal… La estatua tendría que haberme hecho viajar a la fiesta, para darle más de beber al puto primo de Irín a ver si la palma.

–Quizás no te pasó eso porque la estatua puede transportarte al pasado pero solo donde estaba ella.

–Buena observación, la verdad es que no estoy como para pensar mucho. Y ahora si me disculpas vuelvo a mi línea temporal o como se llame. ¡Adiós!

–¡No, espera! ¿Por qué siempre soy la visitada y yo todavía no he conseguido avisarme de nada a mí misma? ¡También quiero crear otra línea temporal!

Pero desapareció, y no llegué a recibir explicaciones. Siguiendo el aviso no fui a la fiesta: afirmé que estaba enferma y para darle más credibilidad pasé días sin recibir llamadas, excepto a unos pocos amigos de confianza.

Con el tiempo he acabado harta de mí misma y de mis apariciones. Cuando iba a ir a clase, me aparecía a mí misma para avisarme de que no debía ir ese día porque iba a suspender. ¿Y entonces qué se suponía que debía hacer? Luego me aparecí para avisarme que cogiera el paraguas porque esa tarde iba a lloverme de golpe, que me quedara ese día en casa para recibir una llamada importante… Aunque me salvara de errores, ya estaba harta. ¿Cómo podía ser yo misma tan pesada?

Finalmente tomé una decisión que pondría fin a toda esta locura que estoy narrando. Al irme el otro día a hacer la compra, iba a bajar las escaleras cuando aparecí de nuevo yo misma:

–¿Y ahora qué quieres?

–Espera: ¿está la otra?

–¿Qué otra?

–Vale, pues espera…

–¿A qué te refieres?

Antes de que me pudiera responder apareció, no sé dónde, una tercera yo. Lamentablemente, en aquel entonces no había cámaras de seguridad en el bloque de pisos. Si las hubiera habido habría quedado demostrado que la magia sigue existiendo en nuestros días y la humanidad hubiera cambiado para siempre.

–¡Joder, que si nos ven las vecinas la hemos liado!

Pero no me hicieron caso. Una de ellas dijo:

–He venido para avisarte de que no cojas el ascensor: porque si lo haces se estropeará y te quedarás 3 horas atrapada.

Iba a darle las gracias de mala gana a mi segunda yo, pero la tercera le señaló, furiosa:

–¡Maldita! ¡He venido yo también del futuro porque por tu culpa cogí las escaleras y me resbalé y me he hecho un esguince!

Por si alguien se lo pregunta debo decir que no, que no se le notaba esguince alguno.

–¿Y eso cómo es posible? ¡Si aún no he dicho eso!

–¡Porque esto es una paradoja temporal, estúpida…!

Pensé en enfadarme y multiplicar por tres mi furia en un mismo momento y lugar, pero como no quería estropear aún más el espacio-tiempo o lo que sea con paradojas temporales, entré en mi casa y rompí la maldita estatua. Por supuesto ese día no fui a hacer la compra. Y no he vuelto a molestarme más, cosa que me agradezco.

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