Categorías
ARTÍCULOS Relatos

La noche más larga (I)6 minutos

Autor: M.E.F.P.
Correctora: Gracia Vega

Cuando el sol aún no había salido y las estrellas más brillantes todavía mostraban su luz en el occidente, Poila y su padre ya estaban en el bosque cercano a la aldea, mirando las trampas que habían colocado, a la débil luz del alba. Tenían la esperanza de que alguno de los animales que no se enterraban a hibernar hubiera caído en ellas, pero no fue el caso. Al principio del invierno una cierva desprevenida murió en una de las trampas, y con ella murió su cría; al no querer abandonar a su madre. Pero cuando llegaron ellos ya habían sido devorados en su mayor parte por los linces o los lobos y, desde entonces, no habían vuelto a tener más caza. Y esa noche tampoco había habido suerte. Su padre se encogió de hombros.

—Bueno, pues hemos venido para nada. Antes de que nevara podíamos buscar setas o bayas, pero ya ni eso…

Aquel año el otoño había llegado demasiado pronto. Lo mismo había ocurrido con el invierno y la nieve. Poila dudaba de que los alimentos que tenían conservados les durasen hasta la primavera.

—Este próximo año habrá que hacer más ofrendas a los dioses. Deben de estar enfadados con nosotros.

Poila se apoyó en el tronco de un pino, pensativo. Los dioses lo controlaban todo: la vida y la muerte; los movimientos de la luna y el sol… Y vivían en enormes moradas en el cielo o en el interior de la tierra. Y aún así, necesitaban de las ofrendas de seres insignificantes como ellos. Una vez le preguntó a su padre sobre el asunto, también cerca del solsticio, y este le castigó por la pregunta metiéndole la cabeza en el agua helada del río; había blasfemado.

—Padre…

—¿Sí?

—¿No podríamos intentar cazar, en lugar de poner trampas? Tú manejas bien el arco…

Negó con la cabeza.

—No podemos. Kebin es el cazador de la aldea. Si él no organiza partidas de caza, no podemos cazar los demás. Son las normas. Es como si él se pusiera a hacer espadas en lugar del armero… —puso su mano enguantada en el hombro de Poila. —Mejor volvamos a casa.

* * *

Cuando regresaban por el camino nevado y desolado por el viento invernal, con el sol ya alto, vieron a lo lejos acercarse un jinete y ambos se asustaron. Solo algunos podían permitirse tener caballos; estos habían sido traídos desde oriente hacía pocas generaciones. Probablemente, serían nobles.

Respetuosamente, a medida que la bestia se acercaba, dejaron en el suelo los bártulos y se postraron. Pero, cuando se paró ante ellos, repararon en que el jinete no era un noble, sino un hombre santo. Sus ropajes no eran habituales: vestía de un pardo color anaranjado desde las botas hasta la capa, como el atardecer.

Su postura no era, desde luego, la orgullosa de un noble: no miraba al mundo como si le perteneciera, sino como si fuese algo extraño para él. Al verlo Poila recordó una cosa que le había contado su abuela, quien consiguió sobrevivir para ver la infancia de sus nietos: «los hombres santos están siempre soñando», decía, «para ellos este mundo es un sueño entre muchos». Y Poila siempre pensaba que un mundo tan cruel no debía ser un sueño muy agradable.

El hombre santo permaneció un rato ante ellos, mirando el paisaje a su alrededor, blanco como la leche, como si hubiese parado ahí casualmente y no pudiese verles. El caballo piafó un par de veces, lanzando nubes de cálido aliento, y el jinete dirigió al fin sus ojos hacia aquellas dos figuras.

Pasó otro intervalo de tiempo, que a Poila le pareció muy largo, mirándoles. Con algo intermedio entre el desinterés y la curiosidad, como aquel que, pensando en otra cosa, mira una fila de laboriosas hormigas en el suelo.

Pero una rapaz chilló a lo lejos y el hombre pareció despertar. En una voz baja y pausada, con total calma, les dijo:

–Este año habrá una ceremonia especial para el solsticio. Que todas las familias envíen al hijo o a la hija más joven que tengan… Que ya sea fértil, al borde del bosque sagrado. Si están casados no sirven. Y lo más importante: que no lleven nada de hierro. El hierro arruina la magia.

Y Poila sintió un escalofrío, pues en el caso de su familia él sería el elegido. Un viento frío azotó las ropas naranjas del hombre santo, que de nuevo miraba al horizonte, y cabalgó levantando la nieve que había caído la noche anterior.

Su padre y él se miraron. Sabían lo que podía pasar. Pero había que contentar a los dioses, así que Poila tragó su miedo y asintió en silencio, tragando saliva como si fuera tierra.

—Iré, padre.

El viento siguió soplando.

* * *

Poila nunca había visto tanta gente junta. Junto al límite del Bhagós, el bosque sagrado, entre dos gigantescos monolitos que, según las leyendas, habían sido levantados por gigantes, se encontraba un grupo de jóvenes como él, más de los que jamás vio en su vida. Sin duda debían de venir de muchas aldeas. Al principio, Poila se había lamentado de haber caminado tan lejos para poder llegar al bosque, pero comprendió que muchos habían tenido incluso que caminar durante jornadas para llegar allí, recorriendo campos y ríos cubiertos por el estéril manto del invierno.

Buscó a alguno de sus amigos, por ejemplo a Suitla, sin encontrarlo. Había hogueras, pero los congregados a su alrededor eran desconocidos. Todos miraban al bosque, aquel gigantesco hayedo, ahora deshojado y lleno de nieve. El sol se iba acercando poco a poco al límite de su recorrido.

Entonces fue cuando Poila escuchó una voz llamándole por encima del murmullo de tantos jóvenes y del canto de los pocos pájaros que no habían emigrado, que buscaban refugio de la fría noche. Se giró y reconoció a Kera, la hija de Kebin, el cazador. Llevaba, como era propio de ella, la piel de una liebre rodeándole el cuello.

—¡Poila! ¡Poila!

A él siempre le había gustado Kera: su pelo negro como la noche, largo y ondulado como las algas; su sonrisa con casi todos los dientes sanos; y su fértil cuerpo, que parecía casi una representación de la Diosa Madre. Sin embargo, nunca le había hecho demasiado caso y prefería ir a retozar con los hijos del armero. Pero ahora quizás tuviera una oportunidad. Nunca podría casarse con ella, así que más le valía aprovechar aquel momento.

¿Por qué no? Al fin y al cabo, era una situación extraña en un lugar extraño en el momento más extraño del año.

Kera y él estuvieron sentados juntos, bebiendo vino que algunos desconocidos les dejaron amigablemente. Desconocidos que también intentaban conseguir el favor de la hija del cazador. Pero, por primera vez, Poila consiguió que una chica tuviese ojos solo para él.

El sol se había ido acercando, tiñendo de naranja el cielo, y el ambiente reinante hubiese sido casi festivo, con cánticos y bromas, de no ser porque los hombres santos, vestidos de colores extraños, les recordaron con suaves palabras que debían marchar al interior del bosque.

Continuará

Deja un comentario