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Normal

Autora: María Megías
Correctora: Gracia Vega

Tenía los momentos atados a su pelo, como si fueran hilo de colores. Todas las mañanas se levantaba a las 7, se hacía un café y se sentaba delante del ordenador. Desde hacía meses, no escribía nada. 

Cuando era pequeña tenía un perro. El perro de la familia. Se llamaba Rico. Era un perro sin raza, que se habían encontrado un día, enroscado junto a la rueda delantera del coche. Estaban de vacaciones, pero se lo llevaron. Ella tendría por entonces unos 7 años y su hermano 5. El perro lloraba por las noches y cuando ya fue mayor lo tuvieron que sacrificar. 

Ella nunca olvidaría aquellas vacaciones. Son parte de los hilos de su recuerdo, ahora más. Son los primeros recuerdos de los que se acuerda. Ahora cuando teclea estas palabras le parece notar a Rico debajo de la mesa, hecho un ovillo. También le parece que Roberto va a abrir la puerta y a entrar, y a darle un beso silencioso en la nariz, sin molestar, sin estropear su momento de inspiración, como él decía. Pero Rico ya no está ni Roberto tampoco.

Por la ventana de la cocina entra el sol. Levanta la mirada y termina su café. «Nos haremos otro en breve», piensa, y echa los posos del que acaba de terminar en la planta que tiene al lado. Es un poto. A ella se le mueren todas las plantas. Esta es la única que le queda. 

Hace 3 meses que se fue Roberto. Y han ido muriendo todas, una a una. Cuando se dio cuenta intentó salvarlas, pero llegó tarde. Ahora toma café todas las mañana con el poto, la única planta que le queda. El único ser vivo que queda en la casa, siente ella a veces.

Todos los días se levanta y se sienta delante del ordenador. Hoy también. Aunque no haya nadie que la espere, aunque no haya fechas de entrega y haga tiempo que nadie se pregunte qué tiene que decir. 

«Debería salir», piensa, pero va a la cocina y abre el bote del café. Es un café intenso, que llena el aire de la cocina con su aroma. Brasileño. Quizá debería viajar, piensa. Pero abre el grifo y llena la cafetera de agua. Mientras limpia las gotitas que han salpicado la encimera con un trapo mira por la ventana. «Quizá si Rico siguiera aquí, vendría y me lamería los dedos de los pies». 

Es verano y lleva sandalias. Unas sandalias rojas que compró en las rebajas. Le recuerdan a las cangrejeras que tenía cuando era niña. Cuando iban de vacaciones. Por el material, son de plástico rojo, semitransparente. Aunque estas no se cogen al tobillo, ya no hacen este tipo de sandalias, al menos, para adultos, aunque a ella le gustaría tener unas así, como las de antes. Las que lleva ahora son iguales, pero no se cogen al tobillo, mismo material. Los mismos pies 21 años después. En la playa su hermano y ella hacían castillos de arena. Rico los tiraba. Al principio, les hacía reír pero luego acaban persiguiéndolo por la arena, saltaban y se veían sus reflejos que jugaban en el mar. 

«Pronto sería su cumpleaños y quizá debería salir, piensa». El café borbotea en la cafetera, llena la taza y se vuelve a sentar frente al ordenador. 

La fiesta empezó a las 3. Había mucha gente en la terraza y hacía calor. A lo lejos vio al chico, que la miraba, de una forma un poco extraña. Se sentó y estuvo tomando copas con su amigos. Todos le habían traído algún regalo. Había una flanera, y una pinza para la ensalada, y un cd. De su grupo favorito. Ella estaba radiante, estrenando casa y vestido. Un vestido rojo, semitransparente, como si fuera una estrella de cine. La noche pasó bien y al final el chico se le presentó. Ella no estaba muy impresionada pero alguien le dijo, háblale, ha venido de muy lejos, es amigo de Fran. Y ella le habló y todo fue sobre ruedas. Fin. 

El cursor parpadeaba, esperaba. Era todo lo que tenía que decir. Cuando Roberto la dejó le dijo que aquella había sido una de las mejores noche de su vida, la noche en la que se conocieron. Ella pensaba lo mismo, pero se calló. No conseguía hablar durante las conversaciones importantes. Al menos, no decir todo lo que se proponía, lo que le pasaba por la cabeza. Y luego ya era tarde.

Roberto se había ido y ella había tenido que llevar a Rico a la veterinaria, una semana después. Estaba enfermo, un cáncer se lo comía por dentro. Ahora esas palabras le taladraban el cerebro. Y no hubo nada que hacer, le pusieron la inyección. Decidió que llevaría sus cenizas a la playa. Podría cogerse el día libre y conducir hasta las rocas. Hacerle ese pequeño homenaje. Hizo bien en llevarlo a casa cuando su padre ya no pudo ocuparse de él. Había sido muy buen perro después de todo. Cuando le dijo que se lo llevara al principio dudó. Por qué yo, por qué no el niño, él lleva más tiempo en casa. Mi piso es más pequeño. Quizá Roberto sea alérgico. 

A los dos días de irse Roberto la llamaron del trabajo. No había cumplido los plazos de entrega y ya no haría falta que lo hiciera más, al menos para ellos. Parpadeó. Ni se había acordado de las fechas. Aunque todos los días se levantaba y se sentaba delante del ordenador.

Tenía muchas cosas en la cabeza pero no conseguía asir ninguna. Aún le costaba llegar al punto necesario antes de empezar a escribir con cierta fluidez. Mientras estuvo en casa de sus padres fue diferente. Había algo que la invitaba a seguir escribiendo, una necesidad de escapar. Las cosas no iban mal. A su padre le iba bien en el trabajo, su madre los esperaba todos los días cuando volvían del trabajo, de las clases, de la vida, con la comida hecha y una cierta sonrisa. Doblaba el gesto a veces, tenía los ojos apagados y las manos cansadas, pero estaba ahí. 

No se les oía discutir por las noches, ni nadie lloraba a solas en el cuarto de baño. Paseaban los domingos por el campo, limpiaban juntas la casa cada dos sábados, mientras padre y el niño cuidaban del jardín. Todo todo como dios manda. Iban de vacaciones y recogieron un perrito. Todo bien, todo normal. 

Ahora estaba ella sola con su café, su planta y sus recuerdos. «Pronto volvería a tener todas las cosas en orden», pensaba. A sentarse y desmadejar los hilos, a salir, a tener algo que decir.

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