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Ensueño3 minutos

Autora: María Megías
Correctora: Gracia Vega

Subo unas escaleras hacia la luna. Bueno, no hacia la luna, claro. Hacia la terraza desde donde se veía la luna. El gran escorpión negro me habla. Me advierte. Y tú te quedas abajo como siempre. He intentado entenderte —¡Dios lo sabe bien!— pero es la diosa la que viene a hablarme de ti, disfrazada de escorpión. Pienso qué diosa será. La diosa de la lechuza, la del caballo, pero también, la de las ardillas.

Hay unas ramas que entran por la ventana de mi habitación. Sé que debo escapar por ellas y lo hago. Me voy deslizando hacia abajo, agarrándome apenas, a las ramas, arrancando algunas hojas por el camino y me acuerdo de ti. En un instante me arrancaron de ti. Yo lloraba, intentando que no me viera y me tapaba la boca para que no me escuchara, pero era inútil. Tu estatua era de piedra, y el fuego se apagó bajo tus pies. Es doloroso saberse en dos dimensiones. Aún escucho el abrazo de la diosa volando desde su pecho sobre mí. Pero no es suficiente.

Grito y grito y grito. Estoy empapada y a media luz. Me parece el precio de la revelación, un yo que ya no es yo. Escucho más gritos y gimoteos a lo lejos. No estáis solas, hermanas. La noche de los sueños ya va a caer. 

Rasgas mis vestiduras con toda la furia. Saltan aún chispas del suelo; no, del hogar que has derribado para venir a verme, a desgarrarme, a violarme. Porque soy tuya. Ya no tengo tiempo, ni escondite, ni ojos ni manos. Solo voz. La voz es a medias la pluma de la mañana. La pluma que mojo ahora para escribir esto. Los brazos que ya duelen. 

Madre, no me dejes sola. Hija, no nazcas aún.

Hay un pequeño jardín dentro de mis ojos. Allí voy cuando quiero estar sola. Cuando ya no quiero recordar más ni sentir mi carne molida. Dolida, cerrada como aquel venado que cruza de nuevo el bosque, que sabe que lo van a cazar. Que ha nacido para ser cazado. No escondas la verdad.

Me sobran agujeros en el cuerpo y me falta vida. Me sobra miedo y huyo. Las ramas me azotan los ojos. Ahora veo la luz. Hay una luz al final del camino. ¿Padre?, ¿por qué no has llegado a abandonarme?

El respiro, el respirar, la respiración… lo que nos une a la vida. Uno, dos, tres… Uno, dos, tres… Cuento mis inhalaciones y mis exhalaciones. Solo yo sé hablar desde el yo. Solo yo estoy rota. Solo tú sabes cómo hacer que duela tanto.

Escribo en esta mañana soleada, miro a través de una ventana. Hay una niña y un hombre y una mujer. Me resultan familiares. Sobre todo, la niña. La niña me recuerda. Se vuelve y me mira. Hay un pequeño ciervo en el claro del bosque. Hay palabras que aún merecen la pena recordar. 

Ven, niña ciervo. Ven, niña. Ven. Sal del asterisco que indica que estás mal, que no tienes arreglo. Sal de los informes médicos. Sal de la hipocresía. 

Todos sabemos que has sido tú.

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