Categorías
ARTÍCULOS Relatos

Error 404 | Vagando por la vida4 minutos

Autor: Albert Limón
Correctora: Laura De Buen Visús

Despierto desubicado, sin mucha vida en el cuerpo. Al abrir los ojos, seis paredes, dos columnas, techo, suelo y este colchón dan forma al espacio en el que he descansado por última vez. ¿Dónde me acosté ayer?

Mi olfato capta un breve aroma de café. No sé cuánto tiempo llevará preparado, pero el rastro tiene muy buena pinta. He dormido abrazado a mi mochila, por lo que rebusco en ella para encontrar algo que liar en un papel y poner en funcionamiento los engranajes.

Cuál es mi asombro al ver un cigarro a medias en el cenicero que hay sobre la mesita de noche. Me lo enchufo y le doy candela, sentado al borde de la cama, intentando recordar qué hice o comí ayer. Un noble pero burdo intento.

Bueno, supongo que con movimiento todo fluye. El primer paso lógico es el café.

Ni me suena el sitio donde estoy, pero gracias a la dama fortuna la primera puerta que atravieso lleva a la cocina. Allí me espera una bella cafetera italiana, con su lustre metálico, reposando majestuosa sobre la hornilla de butano. 

cafetera italiana vida error 404

La vida a veces es maravillosa. El aparato digestivo, no tanto. Cuando me tiro en el desconocido sofá a disfrutar de lo absoluto del momento, mi estómago me reprocha que debo hacerme cargo de las responsabilidades que se ocupan de dar la vida. Cuando doy el segundo sorbo al café, me da un ultimátum. 

Al menos, si mi colon se queja es porque funciona. El color y la textura de los desechos parecen indicar indigestión o intoxicación durante los días previos a hoy. Tuvo que ser divertido o picante.

Me cruzo con mi compadre al salir del baño, que está preparando otra deliciosa remesa de café.

—Así que ahora vives aquí.

—Yo… pensaba que estábamos en tu casa.

Nos miramos dubitativos un instante. 

—¿Qué hicimos anoche?

Mi compadre resopla, alzando la vista mientras busca en las alturas un hilo de pensamiento que enhebrar.

—Ni idea, me acabo de levantar y solo recuerdo un mal augurio, como un barco hundido.

—No guardo recuerdo alguno… Pero me alegro de que estés aquí.

De repente, un olor a hoguera invernal brota como la primera flor de primavera. El café se filtra a borbotones y, con él, la fragancia a mañana fría, arropada por la calidez de un hogar.

—¿Dónde estamos?

—Y yo qué carajo sé. Vamos a bebernos eso y salimos a tomar el fresco.

Una vez realizada la purga, el aparato digestivo ofrece una tregua. Tras el café, nos levantamos y salimos por la puerta.

El sol se está poniendo o está saliendo. El caso es que no hay mucha luz ni mucha vida, y los candiles se apagaron hace poco o están a punto de encenderse. Hay un silencio sepulcral, y no reconozco la calle, quizás por la falta de luz. Suena una fuente en una calle colindante y nuestros pasos dan con ella gracias al embrujo del agua. 

Quizás al agua le falte un regusto de amargor, pero el movimiento siempre es la mejor razón para moverse, así que nos bañamos en la fuente, convertimos nuestra respiración en burbujas y allí pasamos un rato indefinido, sintiendo el agua como nuestra sangre.

Al rato nos despedimos con un gesto y cada uno salimos por un extremo opuesto de la calle. Ninguno vuelve la vista atrás, siquiera de reojo.

El viento mece las hojas de los árboles, pero no hace frío. Camino sin rumbo, y un destino no escrito decide el cauce y caudal de mis pasos. Durante el trayecto canto letrillas de Morente a mi brújula y de Machado al camino. Mi camino me cruza con mucha gente y, como personas, cruzamos sonrisas y miradas fugaces. Algunas personas me dan dinero, otras me lo requisan. Por el camino me enamoro y, sumergido en la infinitud de unos ojos, nuestras manos se llegan a rozar, pero nuestros pasos no se detienen y mi destino último es la mar. No son horas de beber café, de modo que me tumbo a salvo de las mareas y me duermo escuchando las olas romper, con un esbozo de sal en el aire.

Mañana no sé dónde me levantaré.

atardecer playa vida descanso mar

Deja un comentario