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Juan, 20:296 minutos

Autor: Chevi
Correctora: Laura De Buen Visús

Juan siempre me pareció un tipo bien curioso. 

Nació en los años de la posguerra y con tan solo 14 años le tocó unirse, siguiendo a su padre, a las realas de pobres que se dirigían hacia Madrid en busca de una vida mejor. Ambos emigraban con la esperanza de encontrar un sustento digno, con la intención de mejorar las penosas condiciones de vida que padecían, como jornaleros, en su Extremadura natal. Huían de una tierra rica y generosa. No obstante, como él siempre se encarga de recordar, se encontraba en manos de una ralea de ricos y caciques que, entre los muchos privilegios que ostentaban, tenían el poder de negociar con el hambre y la vida de los más desfavorecidos. 

En Madrid la situación no cambió mucho. Las esperanzas con las que se lanzaron a la emigración pronto se desvanecieron. El trabajo de su padre apenas les daba para malvivir, y la idea de juntar al resto de la familia allí pronto se tornó imposible. Él tampoco duraría mucho por la villa. La muerte de su padre, a los cuatro o cinco años de llegar, y la imposibilidad de encontrar trabajos con los que al menos poder subsistir fueron los principales motivos que lo volvieron a empujar a las sendas de la emigración.  

Con unos 21 años, Juan retomó el viaje. Volvía a partir en busca de nuevas esperanzas, pero esta vez el destino tampoco lo elegiría él. Consiguió llegar hasta la costa andaluza y allí se coló, de manera ilegal, en uno de los muchos barcos que por aquella época llevaban mano de obra barata hasta el otro lado del Atlántico. 

Desembarcó en los Estados Unidos. Los primeros años en su nuevo hogar también fueron duros. Al principio poco cambió: tuvo que seguir recurriendo a lo ajeno, a hacer valer su pillería para poder sobrevivir; lo cual no hubiera conseguido sin la solidaridad de la comunidad migrante española, que se encontraba instalada en Miami. 

Después de los dos o tres primeros años, la suerte le empezó a sonreír tímidamente. La ciudad experimentaba un boom urbanístico, y la necesidad de mano de obra a precio de saldo que esta tenía fue lo que le permitió obtener cierta estabilidad. Así pues, empezó encadenando peonadas. Si bien es cierto que no le daban mucha estabilidad, sí le proporcionaban los ingresos mínimos requeridos para cubrir sus necesidades. Luego, estas dieron paso a contratos de más duración, los cuales le permitieron vivir de la construcción hasta que años después consiguió encontrar, gracias a un amigo de su segunda mujer, un puesto de soldador en una empresa que se dedicaba a hacer contenedores. Aunque las condiciones eran algo peores que en la construcción, se decidió a cambiar de gremio movido por la tentación de un contrato indefinido.

Así fue cómo la tranquilidad se instaló, sin grandes lujos, en la vida de Juan. Por fin conseguía disfrutar de las comodidades que ofrecían las entreplantas del famoso «sueño americano». 

Disfrutó todo lo que pudo. Tanto como le dejaron. Tanto como se lo permitió su salud, ya que, después de 35 años trabajando como una mula de carga, el sistema sanitario privado lo despertó del «sueño americano» de la peor forma posible. El golpe de realidad fue tal que hasta tuvo que huir del país con lo mismo con lo que llegó: lo puesto. 

La culpa fue de la diabetes que padecía. Se la detectaron unos años antes y mientras estuvo con los síntomas más débiles, que no le impedían ir a trabajar, todo fue bien; su salud estaba cubierta por el seguro médico. Pero la enfermedad siguió su curso y acabó derivando en problemas de riñones. Aunque al principio consiguió mantenerla a raya con medicamentos, vida sana y, sobre todo, apretándose el cinturón para paliar la subida de las cuotas del seguro, la situación se hizo insostenible cuando le tocó entrar en diálisis. Entonces se le hizo imposible seguir trabajando. Al cabo de un año la empresa lo despidió y con el despido se acabó la posibilidad de seguir tratándose. No tenía cómo pagar el seguro médico básico, ni mucho menos las sumas correspondientes al nivel de empeoramiento de su salud. 

Le tocó cogerse el primer avión que pudo rumbo a Madrid. Ahí, fue atendido por su hermana, con la que comparte piso desde entonces, y por el servicio sanitario público. Gracias a este sigue tratándose los problemas de salud y puede permitirse una calidad de vida aceptable, a pesar de tener que convivir con una insuficiencia renal crónica y de tener que estar atado a las máquinas de la hemodiálisis lo que le queda de vida, ya que debido a su edad y a las circunstancias particulares de su caso la opción de realizar un trasplante no es viable.  

Esto es, precisamente, lo que más me llamó la atención de Juan, porque él había experimentado lo más difícil. Había vivido en las profundidades del famoso «sueño americano». Había sufrido las verdades de su sistema sanitario y, aun así, seguía creyendo en ese modelo de vida. A pesar de que comprobó en su propia piel que allí la vida no vale nada, las realidades que vivió no quebraron su fe. Incluso simpatizaba con las políticas republicanas y, de seguir allí, pese a que en casi 50 años de estancia no aprendió nada de inglés, sería un fiel votante del expresidente Trump.

Porque por muy extraño que pueda parecer, por mucho que nos pueda chocar, eso es lo verdaderamente difícil: ¡ver y seguir creyendo! Porque lo fácil, en realidad, es creer desde la distancia. Basar la fe en un relato. Sostenerla en base a unos elementos preseleccionados, escogidos con ese fin y que no hemos vivido. Porque siempre es más sencillo ser como esos «bienaventurados que no ven y creen» a los que alude Jesucristo cuando Tomás le pide pruebas para creer en su resurrección. 

Y en el fondo todos somos un poco como Juan. Observamos cómo siguen cargando sobre nosotros todas las fallas del sistema. Todos los vicios de las clases altas. Pero seguimos teniendo fe en que los problemas los resolverán los mismos que los causaron, y que conseguiremos avances dejándonos llevar. Con resignación. Aceptando, cabizbajos, nuestros presentes.

juan aceptación resignación

Jesús le dijo: «porque me has visto, Tomás, has creído; bienaventurados los que no vieron y creyeron».

Juan, 20:29

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