Categorías
ARTÍCULOS Relatos

Interludio III: tras la obra, el artista5 minutos

Autora: Bear Blanca
Correctora: Laura De Buen Visús

Carta inédita del artista tras la «Parábola del Kaos en Dosis de Gramo y Medio».

(Ahora, fumo y fumo como un camionero mientras escribo cuando, antes, regalaba los tiros).

Tan familiar que me he olvidado de gritar aun necesitándolo;

tan sólido que aún no recuerdo su peso y yo,

sumida en una felicidad fetal y escasa,

me hago un bultito con mi cuerpo y con el nudo de mi garganta. E intento no pensar en cuánto he crecido con todo lo que,

tiempo atrás,

me envenenó.

Ya no escribo diarios ni expongo mi arte delante de otros; hace mucho que esta artista no vive en aquel desván. Y he viajado,

he viajado muchísimo.

Y, un par de etapas después —en el arte—, aún estoy editando mi Parábola. Porque antes no tenía cojones a abrirme pero ahora hasta tiemblo por presentarla.

La leo y creo que me estremezco casi tanto como los que me leen ciegos. Creo que mis textos ahora no están a la altura, y no puedo evitar pensar que ya no llego a tanto como artista porque ya no vivo dolida.

Interludio III: tras la obra, el artista

Porque donde duele, inspira. Y yo, simplemente, ya no soy capaz de notar la esencia de las cosas como cuando sentí tanto la vida y el filo frío de la muerte en aquel viejo desván.

Recuerdo los domingos de bajón. Siempre me despertaban unas manos que me costaba un poco reconocer y que, normalmente, acababan por darme las buenas noches al día siguiente, aunque no fuese de noche. Recuerdo las rayas sobre aquel CD de metal que tenía un corte en la carátula y que comía más espiz que nosotros. Nunca tenía ganas de limpiarlo, porque siempre había alguien que quería venir a volcarse un rato.

Y yo evitando los mensajes de texto.

Recuerdo más olores que no quisieron salir de entre mis piernas que muchas caras a las que un día tuve que decirles adiós porque ya no quedaba más donde escarbar.

Y todas las que se despidieron para no querer volver a verme jamás.

Mi casa y mi cora un día parecieron una taberna de esas donde los forajidos venían a beber whisky, de esos con tres equis en el dorso que salían en las pelis viejas del Far West de Hollywood.

Hoy escribo sola en una cueva que apenas tiene luz. Soy una artista casi exiliada del mundo como Uve, rodeada de libros, bichos y fibra óptica, en una montaña en la que tengo más conexión a internet que agua corriente.

Antes, dejaba mis obras tiradas por el desván a merced de cualquier tropiezo de alguien que quisiese hurgar en mi obra sin permiso, y que acabaría marchándose por mi peso y no por un tropiezo como ese. Y yo acabaría viendo marchar ese culo por la puerta, dedicándole algún párrafo de la hostia en mi Parábola mientras aún siguiese todo fresco. Ya sabes, una de esas frases que te acaban pagando el alquiler u otros enseres y víveres de esos que suelen hacer que no llegues nunca a fin de mes.

Y ya ni siquiera recuerdo a muchos a quienes dediqué mis textos.

«Parte de lo escrito no me merece, y yo no merezco al resto», me repito mientras fumo recién levantada a veces, entre otras cosas.

Y el humo del canuto me entra por la nariz y los ojos, y vuelvo a recordar que, a mí, fumar no se me da muy bien.

Existe un remanente temporal entre todo lo que he vivido, la tinta que he gastado y el sobrante y estridente sonido de las teclas de un viejo teclado reciclado. Hacen que el espacio al que considero íntimo haya madurado y engendrado arte; porque la expresión de lo íntimo es igual de bella que cuando nos empeñamos en ver la vida más bonita de lo que realmente es y la enfrentamos como si no hubiese consecuencias.

Y hoy no cuento las últimas gotas de café caer al vaso desde aquella cafetera de Ikea que venía con este apartamento.

Preferiría unas de esas albóndigas que solo se comen allí, y otros pensamientos aleatorios en los que solía pensar mientras veía llenarse el vaso de café porque no tenía fuerzas ni para levantarme. Porque, antes de escribir,

vivía.

Vivía todo tan rápido…

Y hoy escribo sola en una cueva, y pienso en todos los estímulos baratos que ya no compro; esos con los que ya no pago alquileres, porque los estímulos no tienen precio y nosotros ni lo vemos.

Cuando la piel sobre la que te comes esa pizza algún domingo de bajón te gusta más que el resto, y notas su olor…

a eso no se le puede poner un precio.

Regalarte a alguien tampoco tiene precio.

Y mientras que antes el sexo de alguien me alimentaba un tiempo, ahora se ha convertido en templo;

y los templos son privados e íntimos,

tan íntimos que uno se arrodilla a rezar,

como rezamos delante del sexo del otro antes de comérnoslo.

Entonces, no se olvidan ni las caras, ni los olores,

ni los estímulos —que no se compran—; desnudar a alguien y regalarle a alguien tu desnudo se vuelve mágico.

Y te das cuenta, entonces, de que ahí está el truco del artista.

Deja un comentario