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Cuadrados (relato en tres partes)19 minutos

Autor: Alberto Becerro
Correctora: Laura De Buen Visús

«¿Me tengo que vender en 500 caracteres? Vamos a ver qué podemos hacer. Me llamo Vera, soy una mujer de 28 años. Tengo el pelo castaño oscuro, las tetas grandes y, a pesar de tener un poco de barriguilla, se podría decir que estoy bastante buena». Mientras escribía esto en la descripción de Tinder, reflexioné sobre sonar demasiado superficial. A lo mejor eso atraía a compañías poco afines. «Mis amigas dicen de mí que soy una mujer impulsiva, aunque yo creo que pienso mucho las cosas. Tengo ciertas tendencias terroristas y suicidas, soy más roja que un tomate (no quiero fachos, gracias) y suelo ser el centro de atención. En cuanto a mis gustos, me gustan los animales, el fuego, disfrazarme, el sexo, el verano y las avellanas. Amo y odioel viejo Madrid al mismo tiempo, como buena madrileña».

Dejé el Tinder y me quedé mirando absorta el suelo de mi casa. Las esquinas de las baldosas que lo cubren están limadas, y suelen encajar entre sí. No obstante, de vez en cuando dejan pequeños huecos muy útiles para que caiga dentro una miga de pan. Gracias a su color, entre blanco, carmín y negro, se oculta bien el polvo y hace olvidar su suciedad.

Me aburrí del suelo y, sin darme cuenta, imaginé a Celia masajeándome los pechos. Noté que mi gata estaba barriendo el suelo con su cola. «Mierda». Todavía no había pasado una semana desde que utilicé la escoba por última vez pero reuní las fuerzas suficientes como para cogerla. «Quita, Rita».

Rita es una gata blanca, con amplias manchas negras y algunas naranjas. Los negros y naranjas se agrupan sobre el fondo blanco, por lo que siempre digo que Rita es casi leopardo. Además, es una gata muy complicada. Siempre se pasea sobre el regazo de las personas para restregarse con mucho sigilo. No se puede bajar la guardia en ningún caso, porque al cabo de unos veinte minutos, cuando se aburre del afecto desinteresado, no duda en atacar la mano de su víctima sin ninguna compasión. Muerde y clava sus uñas y dientes en las manos o en los brazos, y si puede arranca la piel del iluso de turno; hasta se la come. Por eso Rita es casi leopardo. Me cae bien. Tiene algo parecido al color de las baldosas del suelo, pero la combinación de colores resulta mucho más exótica y hermosa en el pelo de mi gata.

Rita decidió subirse a mi chepa. Cosquilleó con sus bigotes mi cuello y mi nariz para decidirse finalmente por el lóbulo de mi oreja con su lengua áspera. «Quita, Rita, que has salido viciosa como tu dueña».

Tras barrer superficialmente, leí dos páginas (casi tres) de El extranjero. No me estaba gustando Camus, era el típico tristeresante. Odio a todas las personas que se hacen las tristes para parecer más guais. Con lo dura que es la tristeza, como para falsificarla. Hay que ser cabrón para aprovecharse de los demás. A veces yo misma lo hago y, cuando me doy cuenta, me odio mucho. El Extranjero me lo había regalado mi profesor de circo, un hombre muy sonriente, calvo y algo mayor ya, con músculos considerables pero viejos. Este hombre se colaba en mis sueños de las últimas semanas, pero todavía no sabía muy bien cómo interpretarlo.

Volviendo a El extranjero, la portada del libro me fascinaba: un hombre trajeado delante de un paisaje desierto con una puesta de sol. Después de haber leído dos tercios del libro pensé que el paisaje desierto tenía que ser, sí o sí, una playa, y tenía pinta de ser la playa calurosa de Omán. Mi lectura finalizó cuando leí el terrible crimen de la familia checa y lancé el libro contra la pared.

Miré la hora. Tenía tiempo de sobra para limpiar la casa, fregar los platos y llamar a un fontanero para arreglar la lavadora. Llevaba más de seis meses sin lavadora y todo porque me daba una vergüenza tremenda que contemplaran el paisaje sucio de mi casa. Todas las tareas que tenía pendientes me causaron una ansiedad que no era capaz de soportar, así que decidí encenderme el porro que me había hecho jugando por la mañana con el papel. Por fin había aprendido a hacerme una L.

Los platos seguían sucios y la lavadora rota mientras pensaba en la tortura de la vida adulta occidental y los grilletes del dinero. La marihuana me hizo poco efecto, pero sí consiguió calmar mis nervios. Pensé que mi camello me había timado o que con los años había desarrollado demasiada tolerancia. «Puto negro cabrón». «¡No seas racista, fachosa! Quizá por eso te haya timado». «Puto dinero de mierda».

Acto seguido, saqué de mi cartera un billete perfecto de 10 euros. Parecía recién impreso. «No son más que papeles de colores». Dejé lo que me quedaba de porro en la mesa, llena de pelos de Rita. Cogí mi mechero con la cara de Frida Kahlo y lo acerqué al billete. «Este billete no pasará por la rueda, hijos de puta». Y, cómo no, lo prendí y empezó a arder como cuando un cigarro mal apagado quema el resto de colillas en un cenicero. «Mierda, mierda». Apagué todo lo rápido que pude el billete con mi zapato. Apenas se había quemado una esquina. Lo guardé y me reí sola.

«Qué coño estás haciendo con la vida. Eres una payasa. Quizá sería más fácil dejar de sufrir de una vez. Dejar de hacer sufrir a los demás también. Es el sistema el que te empuja para atrás, Vera. ¿Seguro que es el sistema o eres tú misma, guapita? Quiero ser una estrella del rock, ese es mi problema. Me gustaría que admirasen mi creatividad y mis excentricidades. Quiero salir en el periódico por que me pillen borracha como una cuba. Quiero ser Alaska, joder. Yo lo haría mucho mejor y no me follaría a ese puto esmirriado».

Antes de salir a la calle, volví a pensar en cómo Celia me acariciaba los pechos. Me imaginé los finos dedos de esa mujer jugando con mis pezones mientras su otra mano agarraba fuerte mis muslos jugando con la idea de subir más arriba. Me di cuenta de que, al igual que Rita, me estaba restregando en mi sofá, y decidí bajarme los vaqueros hasta las rodillas. Volví a pensar en Celia, pero ya no eran los dedos los que jugaban con mis pezones, sino su lengua y sus dientes. Y las manos de la mujer ya no agarraban mis muslos sino que giraban con suavidad alrededor de mi clítoris.

A lo mejor los porros sí que me hicieron efecto, porque de pronto sentí que estaba en una nave espacial, explorando nuevas galaxias. Pensé en Celia, claro, pero también en C. Tangana en el anuncio de la Gran Vía, en mi profesor de circo, en hacerme un trío con Brad Pitt y su (ex)mujer Angelina Jolie, en las arrugas sexis de Samuel Beckett y en una mujer de YouTube que toca el ukelele como si fuera Jimi Hendrix. Los dedos de Celia, o los del profesor de circo, pasaron entonces a penetrar la nave espacial. Al principio era un único dedo, pero después hubo espacio suficiente para un segundo. Mientras, el resto de pasajeros de la nave daban vueltas sobre el clítoris como si fueran planetas alrededor del Sol. Parecía que todo el equipo espacial iba a llegar a su destino cuando noté que estaba gritando como una loca.

Y después advertí dónde estaba en realidad. Las paredes debían de ser del grosor de un folio, porque mi vecina octogenaria y sorda estaba escuchando la misa del domingo a toda pastilla. Se me cortó el rollo y no llegué al orgasmo. «Puta vieja mujer de los cojones, ojalá vayas al infierno». Mientras, Rita me lamía humildemente el tobillo.

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