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Códigos3 minutos

Autora: Ingrid Erre Que Erre
Correctora: Gracia Vega

«El interés del que escucha estimula la lengua del que habla».

Charlotte Bronte

¿En qué consiste una conversación? Una conversación podría definirse como la situación en la que dos o más personas entablan un diálogo. También el diálogo puede darse con una única persona que actúa a la vez como receptor y emisor del mensaje. A esta situación la denominamos proceso de autoconocimiento o, en ciertas ocasiones, neurosis. 

¿Qué requisitos necesita una situación para poder ser definida como conversación? Tal y como hemos establecido previamente es necesario contar con un emisor que envíe (o emita) el mensaje, así como con un receptor que reciba (o recepcione) el mensaje. 

Ambas personas deben estar dispuestas a permitir el proceso de comunicación y aceptar sus roles. Cualquier batalla interna por el puesto de emisor, creará inevitablemente un vacío en el puesto del receptor que finalizará con el mensaje perdido para siempre en un archivo conocido como «el abismo de todos los «yo también« y «yo más«».

Obviamente y a riesgo de caer en la redundancia, hace falta un mensaje. 

¿Qué requisitos debe cumplir el mensaje para poder definirse como mensaje? Ninguno. 

No existe un mínimo ni un máximo de información contenida en un mensaje. Y a pesar de lo que muchos libros de lengua quieran contarnos no existe la necesidad de un código común. 

No me refiero solo a que no sea necesario hablar el mismo idioma, si no a que es completamente imposible concebir un proceso continuado de comunicación en el mismo idioma. 

Cada ser humano a lo largo de su vida va desarrollando un conjunto de signos y simbolismos que se entrelazan entre sí hasta formar un código único. Llegados a este punto, el lenguaje se aleja tanto del mensaje que el acto de comunicación pasa de un esquema de puestos fijos a un auténtico acto de fe.

María me mira y tuerce los ojos. Mi madre seca los trapos con un paño en vez de dejarlos secar al aire. Laura deja la puerta abierta de par en par. Raúl da dos toques sobre la mesa. El emisor ha asumido su rol y yo acepto el mío con la confianza absoluta de saber lo que pasa por sus cabezas. Con la fe ciega de saber que saben que sé. 

Rasco el hueco entre mis dedos pulgar e índice y grito: «¡miedo!». 

Dejo un hueco en mi parte de la nevera para que se enfríen sus refrescos y le digo que tenemos que hablar mientras todo mi cuerpo se divide entre el que habla y el que escucha para que no nos separe ni el mensaje. 

Nos rodeamos apreciando el placer de hacernos cómplices de lo que nos trae placer.

Hay un espacio en la cocina para el ordenador en el que escribo. El canal es un pequeñísimo espacio entrelíneas; una nube de subcontexto que varía y evoluciona constantemente, como una copa de vino que siempre llenas para otro. 

Quizás querer es la creencia en una conversación en la que te entiendan sin entenderte, en el gusto mantenido de aprendernos mutuamente, en el esfuerzo constante de escribir nuevos códigos, de aprender nuevas lenguas.

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