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La fe perdida2 minutos

Autor: Julián Gómez
Correctora: Gracia Vega

«Creo porque es absurdo», decía Tertuliano. 

Hace días llegó a mis manos una versión del Bhagavad Gita, y en él, Krishna le pregunta a Arjuna: «¿qué es la fe?». Pregunta apropiada para quien habita en este lado del mundo, pues aquí se tiende a pensar que lo último que se pierde es la fe.

Se ha preguntado usted, al igual que las divinidades de la India, ¿qué es la fe? Y, más allá de esa pregunta, ¿ha sentido usted que pierde la fe? 

Pareciera incluso que la fe es como un sentimiento. Un sentimiento que con la juventud se siente a llama viva y que con la edad más adulta se convierte en refugio y esperanza. Por no decir que, durante el resto de la vida, la fe está perdida, extraviada y algo desubicada. 

Si usted al igual que yo ha perdido en algunas ocasiones la fe, filósofos como Kierkegaard nos enseñan que la fe no es la expectativa ni el deseo de lo eterno, sino de lo imposible. Expliquemos esta idea para que podamos entender qué es la fe.

Entender que la fe no es desear lo eterno, sino lo imposible, implica cierto grado de sabiduría y de locura a la vez. Piénsese en Abraham. Si el mismo loco que creyó en la virtud de lo absurdo, y aunque afligido por la orden de sacrificar a Isaac, es lo suficientemente sumiso para dejarlo todo por la causa, viviendo con el sentimiento de resignación, dolor e incomprensión, «quien echa adelante por el estrecho sendero de la fe, no podrá encontrar nadie que pueda darle una mano, nadie que pueda comprenderle, solo le queda su fe, la cual se convierte en una pasión, la cual empieza donde termina la razón». 

Y si has entendido bien, mi buen lector, que estas palabras sean la muestra de una fe perdida por el amor:

De piedra ves mi armazón,
una vez fui libre y creía en el amor.
A las mujeres les entregué todo,
mi alma, mi vida y mi razón.
Por entregarlo todo he quedado solo,
sin alma, sin vida y sin razón.
¿Me preguntáis por qué llevo este caparazón?
Por las miradas que matan.
Esas que lanzan las mujeres,
capaces de llenarte de locura y pasión,
incendiaron tanto mi corazón.
No me quedó más remedio
que refugiarme en la razón.
De piedra ves mi caparazón,
arrastro una vida insipiente
sin fuego ni pasión,
porque ya no hay Medusas,
que me hagan perder la razón.

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