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Ciudad y hábitat

Autor: Albert C. Limón

Este es uno de mis vídeos favoritos desde que, en 2018, nos lo pusieron en la Universidad de Ámsterdam. Querían hacernos reflexionar sobre cómo y de qué manera comprendíamos el espacio que habitamos.

Ahora, el vídeo está en privado y solo se puede ver usando la web que enlacé. Para quien no pueda o quiera verlo, dicho documento pone el foco en el manga y anime Ghost in the Shell y, más específicamente, en el interludio que hacen a mitad de la película, donde se muestra una Hong Kong futurista y cyberpunk que funciona como un organismo vivo, siendo sus edificios los órganos y sus habitantes la sangre que, apresurada, camina por sus venas.

Del mismo palo va Koyaanisqatsi, un film experimental en el que vemos el proceso transformativo de una gran ciudad, desde la tierra, hasta los gargantunianos edificios de cristales y metal donde se refleja el cielo. Entre todo el movimiento del gentío, un individuo se para en mitad de la vorágine para cortarse las uñas.

Otro nexo de unión entre ambas obras es la relación del humano y de la ciudad con la tecnología. En esa tríada relacional se mueven los temas que ambas películas desarrollan. Y es que… ¿qué entendemos por «la ciudad»?

Podemos hacer un análisis comparativo con su contraparte: el medio rural, el pueblo, la aldea. Desde los albores de la humanidad, se han sucedido éxodos del campo a la urbe. La falta de trabajo cualificado o de servicios son las principales razones por las que se puede explicar este movimiento migratorio. Sin embargo, hasta el siglo pasado no había una gran diferencia entre ambos tipos de asentamiento. Fue tras la Segunda Guerra Mundial que la tecnología empezó a marcar una diferencia entre el pueblo poco desarrollado y la ciudad en plena ebullición.

Mi abuelo nunca llegó a dejar la bici con la que iba a trabajar su haza de tierra. Nunca llegó a montar en un metro subterráneo y siempre rechazó las escaleras mecánicas.

Yo, sin embargo, he tenido la oportunidad de viajar, moverme y vivir en ciudades inmensas como Ámsterdam o Dublín (aunque aún sueñe con el patio de macetas de mi abuela). Se me hace extraño, como una otredad. Veo tanta gente, tantas caras… que me siento como un bicho raro, un virus microscópico en un organismo vivo.

Y es que la ciudad hemos de comprenderla como la placa base de un ordenador. Una serie de circuitos y componentes que construyen un sistema complejo donde los datos van de A a B, y luego de B a C para acabar regresando a A. Una ruta de casa al curro, al supermercado y a dormir de nuevo.

Durante mi estancia en Ámsterdam, empecé a leer a situacionistas como Guy Debord y la Situacionista Internacional. Fue entonces cuando aprendí el bonito concepto de psicogeografía: cómo nos relacionamos y qué vínculos creamos con los espacios que habitamos.

People can see nothing around them that is not their own image; everything speaks to them of themselves. Their very landscape is animated. Obstacles were everywhere. And they were all interrelated, maintaining a unified reign of poverty.

Guy Debord citando a Karl Marx

Si nuestras imágenes del mundo exterior se limitan a edificios de colores monótonos, a calles rectas con esquinas cuadradas y a enormes cantidades de tráfico, será normal que nos sintamos alienados, aunque no podamos ver la raíz del problema.

Pero G. Debord propone soluciones. Si ya tenemos unos esquemas mentales montados sobre las rutas y los espacios que habitamos en la ciudad, ¿por qué no romperlos? ¿Por qué no coger la bici, apagar el GPS y simplemente pedalear sin rumbo, a la aventura?

Conseguiríamos, por un lado, pinchar la burbuja de confort de la ruta conocida, soltando y desapegándonos de lo rutinario. Por otro lado, el hecho de explorar lugares a los que no iríamos porque no presentan ninguna funcionalidad en nuestras vidas nos aportaría el sentimiento de sobreponernos a las dificultades de lo desconocido.

Como dice The Nerdwriter, las identidades son dinámicas y dependientes del contexto, del entorno que habitamos. Y, si algo nos diferencia de los chips que aparecen al final de Koyaanisqatsi o del camuflaje gracias al que Motoko se funde con la urbe, es la aleatoriedad absoluta y la capacidad de adaptarse a esa aleatoriedad. No solo somos datos en un circuito prediseñado.

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