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Escribir en esencia4 minutos

Autor: Alberto Becerro
Correctora: Gracia Vega

Pensar esencialmente, corporalmente, desde mi pie hasta el más alto de mis rizos. Llega Beuys a mi cabeza y planta sus gasas y su grasa en la bañera. Escribir y crear un reflejo puro del cuerpo humano como contenido y forma, parece demasiado poco. A Beuys ni siquiera le importaba la belleza de su cuerpo y escogió el fieltro y la grasa para entregar su esencia a un público que no le entendía. La grasa y el fieltro habían salvado lo que quedó de la forma y contenido de su cuerpo tras la Segunda Guerra Mundial; y él entre otros, ofrecieron su arte como sanación para este mundo herido. Él, incluso en consideración con su querida sociedad, para no dolerle al mundo con la apariencia de su cabeza maltrecha, durante el resto de su vida, llevó sombrero.

¿Qué hizo el mundo con su obra, con su bañera de trapos llenos de grasa asquerosa? Por supuesto, lo limpió. No se dio cuenta de que era una obra de arte. No observaba. No escuchaba. Esta obra hay que entenderla desde lo más profundo de la vulnerabilidad y la mayoría de personas no se permiten a sí mismas serlo. Entonces se entremezcla la oscuridad con la sustancia y se escuchan los pasos de Kafka subido en su traje gigante; y me susurra al oído que en la lucha entre el yo y el mundo, secunde siempre al mundo.

Siempre acudo a ti, natura, cuando busco respuestas, pues por algo soy de tu esencia, en forma y contenido. Incluso cuando yo no esté vivo, lo seré. Estaré en el valle y en la montaña de mis abuelos. La Península entera recorre mis venas. Mi existencia en este mundo es puramente casual, como la de todas, pero creo amar de una manera bastante singular a esta tierra, tengo mi propio concepto de patria, de fe y de amor.

Es extrañamente difícil escribir estas líneas para mí. Definirse como escritor me produce una morbosa excitación, cuando observo el recelo de muchos ojos desafiantes. Por otro lado, siento una terrible culpabilidad injusta, porque siento mi utilidad, pero no la ven. Yo trato de tranquilizar las cosas con la mejor de mis sonrisas. Querer dedicarse a escribir es una especie de penitencia en sí mismo, cuando crees observar en ti y en los demás, que las cosas no van bien. Mantener la mejor de las sonrisas.

Más que escritor, siento que nace desde mi cuerpo una percepción alternativa de lo que es el mundo y de lo que podría ser. Es como un pequeño regalo de la naturaleza que me nutre y me duele a raudales de tinta que desangran el papel. Me siento tan poderoso y frágil a medida que mis adentros se convierten en palabras…

Elijo escribir. Emocionante, aburrido, desgarrador y repentino. Escribir es como cuando dejaba de pequeño que las olas del Cantábrico me arrollaran una y otra vez. En una simple expresión, el mar de palabras te sumerge en una puntual o duradera empatía y movimiento hacia algo digno de observación: una historia, una emoción, una lenta lluvia… Es muy bello ver como algo que no sirve para nada encuentra una utilidad, aunque sea la de conmover.

Logro escribir. Ahora viene el viejito de Saramago, a años luz de mi paciencia y mi ternura. Mucha boca me sobra y mucha oreja me falta. Me gusta sentir que soy uno de sus queridos estorninos en su balsa de piedra. Porque incluso en los seres más insignificantes de estos mundos reales y creativos se esconden trazos de la verdadera condición, de la verdadera esencia humana y natural, acertijos que esconden lo necesario —este ratito aunque sea— para lograr estar algo menos ciegos. No he salido de la caverna, pero he logrado escribir y, por eso, me congratulo. Obrigado Saramago.

Comparto escribir. Como comunicación, como confesión, como carta de amor o lujuria, como tratado científico o como poemario. En todas sus formas y contenidos. Escribir no es nada y lo es todo. Yo solo comparto mi yo contigo, lector/a, y te acepto en tu crítica y en tu ternura, en tu fe y en tu dolor. Ojalá pudiera escuchar tu historia. 

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