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Potaje religioso9 minutos

Autor: Adán Nada
Correctora: Laura de Buen Visús

Inspirado en Potaje religioso, artículo homónimo de Pau Orihuela.

—¿Qué tal por misa? ¿No te aburres ahí tú solo entre tanto vejestorio religioso? —así recibió Rebeca a Mario antes de que se sentara.

—¡Que te gusta andar picando! Déjalo tranquilo —dijo Sammy medio en broma, medio en serio.

Mario dejó su cerveza en la mesa y se sentó con una sonrisa frente a Rebeca. Entre ambos, Sammy.

—Ay, Jesús, otra vez lo mismo… —dijo Mario mirando hacia arriba, en su tónica de siempre de usar esas frases «cristianas» que la mayoría siempre hemos escuchado a nuestras abuelas. Lo hacía de forma irónica para provocar a Rebeca, que siempre se metía con él por ser creyente—. Pues hay mucha gente joven, incluso más joven que nosotros. Deberías venir algún día conmigo. Igual aprendes algo.

—Como mucho puede que aprenda algo de arquitectura —Rebeca le dio un sorbo a la cerveza y cambió el tono. Sammy, callada, dibujaba en su mente el interior de la Catedral de Granada, con sus inmensas columnas y sus infinitos detalles—. Ahora en serio, ¿no te aburres en misa?

—¿Y tú no te aburres en tus clases de filosofía? —Mario arqueó una ceja, sonriendo.

—A veces.

—Pues yo también me aburro a veces en misa. Pero no por ello dejo de ir.

—Yo al menos dejo de ir a las clases que me aburren. Me presento al examen y listo. No soy como Sammy, que va incluso a las clases que no le gustan solo para llevarse el puntito de la asistencia.

Cuando Rebeca y Mario se ponían a discutir sobre cualquier cosa, Sammy apenas participaba y se quedaba mirándoles o, cuando veía que la cosa se ponía muy seria, intentando conciliar. Así que, esta vez, se sintió animada ante la referencia y aprovechó para participar en la conversación:

—Es lo que tiene estar en Artes. Casi nadie va a clase, así que los profes se quedan con la cara de las personas que sí vamos.

—Pero es que en misa ni siquiera pasan lista. ¿O sí que la pasan, Mario?

Mario se quedó callado unos segundos, mirando a su cerveza.

—¡Dios mío, dame paciencia…! —suspiró de forma exagerada a propósito—. Voy principalmente por mi familia, porque es lo que hay que hacer. Hay días en que el cura saca unas reflexiones brutales. Y los que no, aprovecho para pensar yo mismo sobre mis cosas o sobre las enseñanzas de…

—Vamos, que lo haces por compromiso —y, con su clásico tono sarcástico y mirando a Sammy, continuó hablando—. Y así es cómo Papá Estado se asegura de que todo siga funcionando a la perfección. Y, si no es lo religioso, es el fútbol o cualquier otra cosa. Pan y circo, Sammy, pan y circo. ¡Un brindis por las tradiciones!

Sammy veía más allá de las palabras de sus amigos. Las observaciones le venían a la mente en forma de imágenes: veía a Rebeca pintando con rabia sobre el recuerdo difuso de sus padres (cada cual más religioso) para tapar los constantes reproches por estudiar «algo tan inútil» como Filosofía y la decepción velada de tener una hija atea.

Cuando Rebeca alzó el vaso para brindar, Sammy le rió la broma, aunque no brindó. Mario la miró seriamente.

—Si hubieras visto a mi hermano, entenderías por qué estoy seguro de que Dios existe. Ya os lo he dicho otras veces, pero realmente estaba fatal. Creíamos que se moría. Y solo un día después de que mi madre caminara descalza hasta…

Rebeca puso los ojos en blanco e interrumpió a su amigo:

—No hace falta que nos cuentes otra vez el mismo cuento religioso. Tienes razón, Mario. Seguro que fue Dios. La medicina no tuvo nada que ver.

Sammy sintió la necesidad de intervenir. La primera vez que Mario les contó la historia, Sammy vio a Mario sosteniendo con fe una cruz de porcelana en la que estaba grabada la imagen de su hermano. La aguantaba con miedo a que se rompiera, con miedo a que se deshiciera el milagro.

—Por favor, no empecéis otra vez. Tú eres un tauro —intervino Sammy señalando a Mario— y, como tal, vas a seguir siempre las tradiciones familiares, pues para ti esa es tu identidad. Y tú eres una géminis tocapelotas, Rebeca, que por muy buena que seas entendiéndolo todo, incluso la perspectiva de los demás, te crees que la tuya es la correcta siempre.

—Joder, Sammy. Otra vez con la astrología no, por favor —Rebeca le dio el último sorbo a su cerveza.

Como un acto reflejo, Mario también se terminó su cerveza y contestó:

—Sammy, si no me gustan las corridas de toros, es porque quiero proteger a mi familia, ¿no? Como soy tauro… —Rebeca se rio.

Sammy lo vio claramente. Una especie de holograma se proyectaba desde las mentes de Rebeca y Mario, a la altura de sus ombligos, y ellos intentaban agarrar el holograma mientras no paraban de mirarlo. A la cerveza de Sammy todavía le quedaba más de la mitad. «¿Habrán saboreado la caña?», se preguntó Sammy mirando sus vasos vacíos. Rebeca se levantó de la mesa.

—Voy a pedir. ¿Te traigo otra, Mario? —él asintió con una sonrisa.

—¿Quién crees que está en lo correcto, Sammy?

—Creo que nos centramos demasiado en las diferencias, en lugar de lo que nos une. Es como Buda y Jesús, ya que hablamos de un tema religioso. Si lees un poco al respecto, te das cuenta enseguida de todas las similitudes, por ejemplo…

Pero Mario no estaba escuchando. Sus manos estaban palpando el rosario que colgaba en su cuello, y él estaba mirando la cruz. Cuando escuchó a Rebeca llegando, volvió a guardarla dentro de su camisa.

Potaje religioso Adán Nada

—Gracias.

—Míralo, qué agradecido. Qué buen cristiano eres: religioso, practicante y bondadoso.

—Discúlpame por tener valores. ¿No te cansas de tanto sarcasmo? Tiene que ser un poco triste mirarlo todo con ironía.

—Sí, la verdad es que estoy completamente deprimida. La vida no tiene sentido si no tengo un Dios en el que creer, un Dios que me haga sentirme parte de un grupo y me arranque esta pena de tener que ser un individuo que piense y tome decisiones por sí mismo. ¿Eres buena persona solo porque tu religión te lo dice?

—Perdónales, porque no saben lo que hacen… —dijo Mario dramáticamente. Sammy se rio y Rebeca resopló—. ¿Y tú, por qué eres tan buena samaritana, Rebeca? Vamos, cuéntanos todo lo que haces por los más necesitados. Si te vinieras un día, conocerías un poco de toda la gente que está haciendo la obra del Señor por el mundo. Justo el otro día…

Un teléfono comenzó a sonar. Mario sacó el suyo del bolsillo, solo para descubrir que no era el que sonaba. Miró a Sammy, que tampoco identificó el tono como suyo, y entonces esta miró a Rebeca.

—No voy a contestar. Estamos en medio de una conversación. Y no me vengas con demagogias. La mayor parte de las ONG son laicas, así que…

Mario le interrumpió.

—Rebeca, contesta. ¿Y si es importante?

Rebeca sacó el móvil del bolsillo.

—Tranquilo, es solo mi madre. Ya la llamaré más tarde.

Mario suspiró y miró hacia la puerta del bar. 

—No contestas porque estamos en una conversación… ¿Qué conversación? A ti no te interesa escuchar a nadie. Rebeca solo quiere escuchar a Rebeca.

—Lo siento si no puedo entender cómo en pleno siglo XXI todavía hay gente que cree en estas cosas.

Mario bajó la mirada y puso la mano en su pecho, tocando la cruz a través de la camisa. Sammy apoyó la cerveza en la mesa con más fuerza de lo normal. Mario y Rebeca la miraron con sorpresa. 

—Ambos tenéis el mismo problema. No habláis para entenderos. Habláis simplemente para demostrar que tenéis la razón.

Se podía apreciar la tensión en las mandíbulas de ambos. Ambos querían hablar. Ambos sabían que hacerlo era darle la razón a Sammy.

—Y, en realidad, vuestra religión es la misma. Sois solo dos caras de la misma moneda. Tú crees en todo lo que te han enseñado, y te conformas —acusó, señalando a Mario—. Y tú no crees en nada de lo que te han enseñado, y también te conformas con eso —sentenció hacia Rebeca—. No sois capaces de mirar más allá. Y lo peor de todo: ¿por qué os ponéis tan testarudos cuando discutís? ¿Qué es lo que necesitáis demostrar?

Sammy abrió y alzó sus brazos, y de pronto los hologramas de Rebeca y Mario se fusionaron en un círculo con una cruz dentro que empezó a girar rápidamente, como una rueda, soltando destellos en forma de mandalas multicolores. Ya no estaban mirándose el ombligo; se estaban mirando a los ojos.

Sammy seguía sentada, y vio que la estaban mirando con cara extrañada, como esperando a que dijese algo más. Se sonrojó un poco, y miró el cuarto de caña que le quedaba.

—Si me escucharais alguna vez, igual abrirías un poco la mente… Os hablo de otro dogma religioso, o de otras creencias, y los dos ponéis la misma cara de aburrimiento y pasáis de mí. Yo al menos me he cuestionado a mí misma y he buscado respuestas más allá en lugar de convertirme en un polo positivo o negativo de la rancia tradición de Occidente.

—¿Pero qué vas a predicar? Si tú no crees en nada en concreto. Venga, dinos, ¿cuál es tu religión? —inquirió Mario.

—No le falta razón a Mario —dijo Rebeca—. Tienes un potaje de creencias que ni tú misma entiendes.

—Al menos es mi potaje —dijo Sammy antes de sacarles la lengua.

Los tres se rieron.

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