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ARTE Nuestros Poemas

Sofía

Autora: Ana Apausa

Dicen que Sofía se llama así por la palabra griega sabiduría.
 
También dicen que por Santa Sofía,
en honor a tres niñas mártires.
 
Filosofía y tortura, pienso.
 
La sabiduría de Sofía reside en su mil veces pisoteada, conquistada y ocupada tierra por imperios que venían del norte, del sur, del este y del oeste.
 
Historia y sangre, pienso.
 
La mil veces ocupada, Sofía, ¿cuánto sangraste?
 
Sus letras griegas pero rusas.
Sus gentes suaves pero brutas.
 
Amor y violencia, pienso.
Historia y sangre, pienso.
 
Sofía es bonita como un cuadro blanco y extraño,
brutal y calmado.
Nos dicen que un tercio de la ciudad lo sepultaron las bombas aliadas,
y edificios soviéticos impresionantes y fríos surgieron de la tierra como esqueletos de monstruos marinos después.
 
Un tercio porque Sofía fue parte del eje,
y de alguna forma todavía lo es.
 
Vajillas nazis pueblan los mercados de los barrios de la capital búlgara,
vajillas nazis, broches de abuela y cámaras analógicas.
Bajo la mirada y frente a mí el mantel está puesto.
Reposan encima cinco diseños de cuchillos nazis, cinco diseños de esvásticos tenedores.
Subo la mirada y corona la escena un gorro ruso, con la hoz y el martillo cosidos delante.
 
Sofía, historia y sangre.
Sofía, sabiduría a golpes.
Sofía, amor y violencia.
Sofía, que sola querías estar y cuánta compañía has tenido.
 
¿Quién eres, Sofía?
Y por qué se repiten tus imágenes en mi cerebro.
Cómo me asustas, Sofía,
y cuánto podemos aprender de ti.
 
Fantasmas te siguen recorriendo, Sofía,
y tienen hambre,
hambre de historia, hambre de sangre.
Los fantasmas vuelven a recorrer Europa,
quizás nunca se habían ido.
 
Las hipnóticas capas doradas de tus ortodoxos curas levitantes ponen fin al espectáculo con un giro brusco.
Una cúpula bajo mi cabeza, mucho oro, frescos, velas, cánticos, incienso y mártires.
 
Sangre, y violencia, pienso.
Serenidad y calma, siento.
 
Y delante de mí, de repente tú, Sofía,
en el cuerpo de una mujer que se arrodilla obsesivamente, se santigua y besa un libro grande.
Una mujer joven pero vieja, viejísima.
Un esqueleto con ropa holgada del Zara que se arrodilla y se levanta, se arrodilla y se levanta.
En el templo de oro, Sofía, estás sola y no eres nada.
Rodeada de oro, Sofía, que no puedes tocar,
y sigues de rodillas entretenida en tus rutinarios rezos y preocupaciones.
Y el fantasma ya ha entrado en la cúpula.
 
 

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