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El espejo de los dioses4 minutos

Autor: Julián Gómez
Correctora: Laura De Buen Visús

El dios del amor entrega un espejo con la siguiente dedicatoria:

Quiero que compartas el gozo que los inmortales albergamos cuando contemplamos tu hermosura. Con mi lira adormecí a mi padre, Dios del Tiempo, que vive en un alcázar blanco sobre el eje del cosmos. Mientras roncaba, con la cabeza apoyada sobre una mano arrugada por la edad, levanté con mi caduceo la pesada cortina de bronce con la que el anciano cubre lo que está por venir. De entre todo ello, elegí una maravilla de la artesanía: este espejo que los hombres aún no han soñado. Se trata de una hoja de vidrio bañada en el huidizo metal al que las generaciones venideras darán uno de mis nombres; vidrio y mercurio, mercurio y vidrio, que reflejarán tu belleza como no lo podrán hacer siquiera las quietas aguas del arroyo de Donacón, donde Narciso quedó embelesado. Pero ten cuidado y no repitas su destino. Procura no abusar de tu propia belleza.

Todas las mañanas se miraba y remiraba en el espejo, se vestía y se volvía a desnudar. Se cepillaba la melena y se complacía examinando los reflejos cobrizos que el sol arrancaba a sus cabellos. A veces, ponía una silla delante y se sentaba frente al espejo, tan cerca que podía apoyar las puntillas de sus pies descalzos en su fría superficie. Entonces abría las piernas, con la mano izquierda se separaba los labios y observaba lo que se escondía entre ellos. Si caía en aquella tentación, su mano derecha empezaba a acariciarse el clítoris. Corría a través del valle que se humedecía de rocío a causa del deseo que despertaba en ella su propia imagen: las piernas, estiradas; el vientre, encogiéndose de placer al contacto de la palma; los pechos, que tantas veces había moldeado redondeándolos con sus dedos.

A ella le gustaba masturbarse así, ante su propia imagen; observar cómo sus pezones se erguían, el clítoris se hinchaba y se ponía más rosado y el rubor coloreaba sus mejillas y su cuello. Cuando estaba a punto de correrse, doblaba la cintura y acercaba el rostro a la superficie bruñida. El aliento de la otra soplaba tan cercano que empañaba el espejo, aunque no lograba traspasar su superficie. Sus pupilas se dilataban asomadas a sí mismas. Ella estiraba un poco más el cuello mientras los movimientos de su mano se hacían más urgentes y las piernas, deseosas de placer, estrujaban sus propios dedos contra las profundidades del sexo.

Entreabría los labios, asomaba la lengua rosada y su aguzada punta acariciaba aquella otra lengua, la de la mujer de aquella alcoba invertida que existía en una ciudad y un mundo invertido. Su vientre se sacudía en oleadas de placer. Los glúteos se le contraían sobre la silla. La contracción se transmitía a sus caderas, que se apretaban aún más. La mano aprisionada sufría, oprimida entre aquellos muslos como simplégades griegas, y se vengaba frotando con rabia el botón del placer. Los ojos querían cerrarse para concentrar toda su percepción en el orgasmo que estallaba por dentro, pero la voluntad los dominaba y obligaba a los párpados a abrirse; así veía cómo la mujer sentada frente a ella se corría al mismo tiempo, y le parecía que el espejo de los dioses no solo le devolvía su imagen sino también gemidos. 

Procuraba no abusar de aquel regalo, pues comprendía que la fascinación podría paralizarla y hacer que le brotaran raíces como al joven Narciso. Solo de cuando en cuando se permitía la indulgencia de masturbarse delante del espejo. Y nunca lo había utilizado para fornicar con ningún hombre, puesto que no admitía a nadie en el santuario de su alcoba. Pero se prometía a sí misma que si alguna vez regresaba el hombre que se llevó su doncellez, el primero que la llevó al éxtasis, el último al que amó… entonces lo subiría allí y abriría sus muslos para él delante del espejo. Y tal vez entonces se quedaría para él delante del espejo. Y quizás en ese momento se quedaría congelada —como le pasó a Narciso— en un instante de felicidad eterna. 

espejo

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