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La pereza del homicida10 minutos

Autora: Sofía Guardiola Villaverde
Correctora: Laura De Buen Visús

El cuero de imitación del sillón se pegaba a sus brazos y muslos a causa del calor sofocante que se había acumulado en su salón. Llevaba días con el termostato marcando la máxima temperatura posible, concretamente desde la helada que se había producido hacía una semana. Si Mitch hubiese querido recordar cuándo fue la última vez que se cambió de ropa, seguramente no hubiera sido capaz de hacerlo. Lo cierto es que tampoco le interesaba en absoluto. Ya sentía cómo su cuerpo se había mimetizado con la camiseta interior de tirantes blanca, con los calzoncillos negros de corazones rojos estampados y con la goma tan pasada que se separaba unos milímetros de su grueso contorno. 

La única iluminación que había en la habitación era el parpadeo azulado de la televisión, pues Mitch había pensado que todos aquellos que huyen de la justicia deben mantener las cortinas cerradas, impidiendo el paso tanto de la luz como de las miradas indiscretas. A su alrededor se amontonaban, en la moqueta beige, bolsas de patatas fritas a medio comer, refrescos de limón —de aquellos que no podía dejar de consumir a pesar de que le causaban un punzante ardor estomacal—, cáscaras de cacahuetes y servilletas pegajosas de grasa de cerdo. Además, si se fijaba bien la vista, se podían distinguir, entre manchas de café y de caramelo reseco, otras manchas pardas que conducían hasta el baño como un rastro de miguitas de pan. La primera de las numerosas pruebas del delito.

La noche del crimen, la bolsa de plástico en la que Mitch había metido el cadáver se rasgó con el pico de la mesa baja que había frente al televisor. Cuando la sangre, aún fresca y brillante, manchó la moqueta, imaginó que debía limpiarlo con total urgencia.

Por su mente desfilaron varias escenas de películas donde los asesinos se agachaban ante las manchas de sangre del suelo frenéticamente; frotaban con lejía llorando, presas del terror y la histeria. Continuaban la tarea incluso cuando la mancha ya había desaparecido, comprando alfombras en grandes almacenes. Presos de la manía persecutoria, las colocaban sobre el suelo, aunque ya no hubiera ninguna prueba capaz de delatarles. Imaginó que él debía limpiar también la sangre con esa determinación maníaca. Con ese ahínco de quien siente culpa, pero no la suficiente como para pagar por su crimen. Pero él no era capaz de sentimientos tan intensos, ni a la hora de librarse del castigo. Así, pronto comenzó a posponer esa limpieza que borraría las pruebas del delito. Dejó que la mancha tornara primero a un granate oscuro y uniforme y, finalmente, al tono marrón tan característico de la sangre hace tiempo reseca.

—Lo limpiaré en cuanto acabe este programa —se prometía continuamente. Primero, sintiendo un nudo nervioso y apremiante en la boca del estómago; después, con una leve y difusa preocupación cuyos bordes ya se habían difuminado; finalmente, con total indiferencia, como quien se promete que irá al médico a hacerse una revisión rutinaria aun a sabiendas de que eso nunca ocurrirá.

mancha sangre mitch

Si Mitch tenía una habilidad en la vida, esa era sin duda la de fabricar excusas que solo él mismo se creía. «La policía tendrá cosas más importantes que hacer que investigar la desaparición de un encargado de Wendy’s», se repetía continuamente. «Ni siquiera saben que está muerto»; «con la cantidad de narcos y asesinos en serie que hay en este país, tienen cosas mejores de las que preocuparse». Lo que fuera con tal de posponer un día más la limpieza de la moqueta. Incluso había fabricado motivos para convencerse de que el olor que provenía del baño no era tan insoportable, que no era urgente deshacerse de él. «Te acostumbras a todos los olores cuando los soportas durante el tiempo suficiente», «seguro que los mataderos huelen igual, y hay personas que acuden a trabajar allí día tras día. ¿Acaso van a soportarlo ellas y yo no?».

Sin embargo, el olor era realmente nauseabundo. Peor que el de un matadero o que el de una morgue en la cual se hubieran estropeado al mismo tiempo todos los refrigeradores. El hedor de las cañerías viejas se mezclaba con el de un inodoro que llevaba meses —o años— sin ser limpiado. Por supuesto, esto se agravaba con la hediondez que emanaba del cadáver hinchado y flácido que había en la bañera, de color ceniciento, con una única herida en el cráneo. Había manchado la porcelana ajada de una mezcla de sangre y materia gris que ya resultaba completamente uniforme, de un color indeterminado.

Al principio, Mitch había pensado en desmembrarlo, meterlo en distintas bolsas de basura y recorrer todo el Estado en su coche arrojándolas en diversos lugares para confundir a las autoridades. No obstante, con el paso de los días había ido cambiando de planes. Primero decidió que quizá bastaría con arrojar los restos en distintos puntos del pueblo; posteriormente que quizá bastara con escoger los contenedores de basura a los que se pudiera ir a pie; por último, acabó cuestionando la división de los restos de su jefe, pues consideró que debía ser muy duro atravesar con una sierra los músculos rígidos y los huesos. «Algunos, como el fémur, seguro que debo seccionarlos más de una vez», se repetía mientras cambiaba perezosamente de canal. ¿Acaso no había numerosos asesinos que se limitaban a enterrar a sus víctimas? ¿No es cierto que muchos de ellos lo hacían incluso en su propio jardín?

Sin embargo, al final ni siquiera fue capaz de aquello. Dejó el cadáver en la bañera, donde lo había depositado la noche del crimen tras discutir con su jefe. Éste no estaba dispuesto a aceptar otro de los partes médicos —a todas luces falsos— que Mitch le entregaba para no acudir a su turno al día siguiente.

—¡Por dios, qué más da que tengas roto un dedo del pie! ¡Solo trabajas tomando los pedidos que hacen los conductores por la ventanilla! ¡Es algo que puedes hacer sentado!

Y, a pesar de que era cierto, a Mitch aquello no le bastaba. Le asfixió la simple idea de madrugar, de salir de casa para retirar la fina capa de hielo que se habría formado durante la noche en la luna del coche, de arrancar y conducir durante los diez minutos que separaban su casa del Wendy’s de la autovía… Todo hizo que una furia desconocida naciera en su bajo vientre. Poco a poco se extendió, como una infección sanguínea, por todos los recovecos de su cuerpo. Por último subió a la cabeza y produjo en ella intensas palpitaciones localizadas justo entre los ojos.

A pesar de que Mitch nunca se hubiera creído capaz de ello, aquella palpitación furiosa le llevó en pocos segundos a coger uno de los cuchillos del cocinero que había quedado abandonado sobre la encimera, sin fregar, y a clavarlo vertiginosamente en uno de los laterales del cráneo de su jefe. Los ojos de éste se habían abierto de forma desorbitada al morir, y Mitch los había contemplado horrorizado durante una décima de segundo, hasta que el cuerpo cayó al suelo y el fuerte sonido que causó al golpear las blancas baldosas le hizo despertar: tenía que encargarse de aquello, ocultar su crimen.

asesino cuchillo mitch

Aún le sorprendía pensar en lo que había sido capaz de hacer. Había cogido una de las enormes bolsas en las que tiraban la carne caducada, plegando de forma antinatural el cuerpo —lo suficiente como para que cupiera en su interior—. Luego había cargado la bolsa hasta el coche y había conducido hasta casa. Aunque no se lo pudiera creer, lo cierto es que lo había hecho. Y ahí habían acabado sus esfuerzos para ocultar el crimen, exceptuando el estoico hecho de correr las cortinas sumiéndose en la penumbra de los criminales. ¡Qué más daba! Él no tenía amigos ni familia que acudieran a su casa, susceptibles así de descubrir las manchas de sangre y el cadáver de la bañera. Ni siquiera la policía tenía tiempo para esas cosas, tenían criminales mucho más peligrosos a los que perseguir. 

«¿Para qué voy a esforzarme en vano? ¿Gastar tanto tiempo y energía ocultando un crimen que, de todas formas, no importa a nadie?», pensaba Mitch, como si se tratara de un mantra, justo cuando sonó el timbre de la puerta de casa. Tardó unos segundos en entender qué ocurría, puesto que ya no recordaba aquel sonido. Tan siquiera el cartero tenía motivos para acudir a su casa. Sin embargo, cuando finalmente lo entendió, pensó inocentemente: «serán esos niños que piden donativos para la investigación de algún tipo de cáncer, o esas pequeñas que venden galletas. Si no abro, seguramente se acabarán cansando y marchando». Por ello, Mitch no se movió cuando el timbre sonó nuevamente. Se mantuvo tan atento a la televisión para ignorar deliberadamente el zumbido del timbre que no oyó al agente gritar desde la calle: «¡Policía! ¡Abra, Señor Ferguson! ¡Podemos oír la televisión, sabemos que está ahí!»

No obstante, ni siquiera empleándose a conciencia pudo ignorar el ruido atronador y plomizo que hizo la puerta de su casa al caer cuando los agentes la derribaron para entrar. 

«Mierda», fue lo único que pudo emitir en voz alta en aquel momento. Mientras tanto, se imaginaba a sí mismo siendo el protagonista de una película de crímenes, limpiando la moqueta, desmembrando el cadáver con la sierra prestada del vecino, cerrando con cuidado las bolsas negras de basura, adentrándose con su viejo coche en la noche para borrar las huellas del delito…

Los dos agentes ya habían penetrado en la casa y se habían situado entre el sillón y el televisor, mostrándole a Mitch su placa. En sus rostros se hacían visibles los esfuerzos para que el hedor que inundaba el ambiente no les hiciera vomitar. Mitch incluso pudo contemplar cómo uno de ellos dirigía, por fin, su vista hacia la primera prueba del delito, semi camuflada entre el resto de mugre que poblaba la moqueta.

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