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Autora: Juliana Valentina Delgado Cañizarez
Correctora: Laura De Buen Visús

No era muy ágil, y para su contextura era un poco contradictorio no saber cómo moverse. Solía subir cada día, desde las cercas de madera hasta el mismo trozo de pared que con el tiempo seguía destruyéndose. Finalmente llegaba al techo y, bajo la rejilla del balcón, se sentaba a esperar. Las primeras veces no era muy agradable tenerla allí; tampoco hacía mucho. Esperaba. 

Volteaba la cabeza, casi tan repentinamente como cuando la mala memoria juega con palabras adultas (ardua tarea), para luego saltar de vuelta al suelo y atravesar la misma cerca por la que había llegado. La mayor parte de las veces perdía el equilibrio. 

De allí en adelante, noté que empezó a dejar un fino pelo en la esquina derecha, cerca de la puerta de mi habitación, a diario. Ya no solo venía una sola vez, sino que las visitas eran de entre cuatro y seis veces por día; su pelo amigo no faltaba. 

Una pelusa empezó a emerger dentro del balcón. Crecía, pero no lo suficiente, y ella seguía viniendo. Pasadas cerca de cinco semanas, y con ayuda de sus tobillos vueltos a 180 grados, el pelo se agigantó hasta el punto de que ya ni luz entraba. La cantidad de pelusa era excesiva. Hacía frío; ella se cubría con su larga cola y yo intentaba inútilmente respirar. El tormento se volvió uno con la madera del balcón, y allí atadas mantuvimos las dos. 

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