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La libertad (o no) de ser invisible5 minutos

Autora: María G. Dionis
Correctora: Gracia Vega

“¿Sabes qué? Desde que tengo más de cincuenta, los hombres apenas me miran y ya no tengo miedo de andar sola por la noche. ¡Es algo maravilloso!”, me dijo mi madre una buena mañana mientras se hacía el café. Yo, con mi propio café sobre la mesa de la cocina, la miré sorprendida. Nunca había considerado esa faceta de hacerse mayor.

Soy feminista desde los trece o catorce, he leído decenas de artículos y ensayos sobre cómo las mujeres somos sexualizadas y cómo afecta en nuestras relaciones amistosas, en el trabajo y en la calle. Y aun así en mi mente envejecer significa dejar de ser deseada y eso, aunque desearía no pensar así, se me antoja como una catástrofe. Tener ese pensamiento después de diez años de feminismo me rompe un poquito. Una se siente tan deconstruida… 

Mi reacción fue quedarme callada, con la boca entreabierta. Era muy temprano y solo se oía cómo mi madre trasteaba con la cafetera italiana. “Ni siquiera me puedo imaginar cómo es tener esa sensación de seguridad”, alcancé a decir al cabo de unos largos segundos. Y era verdad. No podía. 

Ya todos sabemos que la publicidad, los medios, las películas y los libros te mandan el mensaje de que, como mujer, debes ser guapa y deseable, y solo puedes serlo si eres joven o, por lo menos, lo pareces. Y, por otro lado, conozco el miedo de ser deseada por personas que tienen más fuerza o más poder que tú. El miedo de que, si hay un enfrentamiento, tienes todas las de perder.

Pero, nunca antes había encajado esas dos piezas ni había visto que, en realidad, si envejecer significaba ser menos deseada lo que se te estaba ofreciendo era una salida. UNA SALIDA. Una salida al miedo de ser perseguida por la calle, de ser tocada en una discoteca, de ser amable con un desconocido. Aunque está claro que, si la única forma para no tener miedo es ganando arrugas, estamos jodidas. 

Cuando mi mente volvió de vagar por abstracciones, mi madre ya estaba sentada a mi lado con el café hecho. Mientras lo removía con una cucharilla, me seguía hablando de lo que estaba descubriendo con los años sobre su cuerpo y sobre cómo lo veían ahora los hombres. La palabra que más utilizó es “libre”. No tenía ningún espejo cerca, pero me imagino que la estaba mirando con chiribitas en los ojos. Chiribitas porque anhelaba esa libertad, pero, mezcladas con desesperación porque comprendía que no se me concedería hasta dentro de treinta años. 

Para ser sincera, no ser deseada se me antoja un precio muy alto que pagar para no tener miedo de los hombres. Y es que, aunque hace años que emprendí el camino de querer mi cuerpo como es, de tomar la decisión de depilarme o no, de maquillarme o no, de llevar ropa ajustada o no, según lo que quiero yo en cada momento y no según lo que supuestamente pone a los hombres, muchas veces me sorprendo buscando la validación masculina desesperadamente. Y cómo me jode. Porque la verdad es que me sigo sintiendo más cómoda como objeto deseado que como sujeto que desea.

Es lo que más conozco, es mi lugar según todo lo que he visto en las películas, en la televisión y en los libros. En los últimos años estoy explorando cómo es ser el sujeto que desea, y me gusta. Me gusta y mucho. Pero nunca he abandonado el rincón de ser objeto deseado. Es mi zona de confort. 

Mi madre y yo hablamos de esto y más, aunque no le conté mi lucha con la búsqueda de aprobación masculina porque me seguía dando un poco de vergüenza admitirlo. Cuando acabamos, mi madre dio el último sorbo al café, ya medio frío, y se levantó para meter la taza y la cucharilla en el lavaplatos. “¿Y por qué nadie nos ha hablado de esto antes?”, le pregunté. “¿Por qué nos enteramos ahora de que envejecer para las mujeres significa libertad?”. Yo por lo menos me estaba enterando con veinticinco años. Mi madre lo había descubierto in situ. Esta vez no dijo nada y se limitó a una mirada. No era necesario decir nada, de hecho, porque las dos sabíamos el porqué.

Aquella conversación la habrían tenido millones de mujeres a lo largo de la historia, posiblemente, como nosotras, en una cocina, entre madres e hijas, o entre amigas de la misma edad, con un café de por medio. Pero a las pocas que se atrevieron a sacar la conversación a esferas más amplias, no se las escuchó porque las echarían al rincón de “literatura o películas para mujeres”. Y porque, tristemente, ser mujer de más de cincuenta también significa estar aún más silenciada. Nadie quiere ver ni oír cómo es la vida de una mujer con más de cincuenta. Corrijo, una gran mayoría de hombres no quiere ver ni oír cómo es la vida de una mujer con más de cincuenta. 

Con esa mirada, mi madre se fue y yo me quedé sentada en el taburete de la cocina. No sé por qué tenía este tipo de conversaciones a primera hora de la mañana. Ahora me dolía la cabeza y mi café se había enfriado.

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