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Sueños rotos7 minutos

Autor: Chevi
Correctora: Gracia Vega

En medio de la ola de protestas iniciadas por la detención de Pablo Hasel, y con el debate sobre la libertad de expresión en boga. El rapero catalán Elgio comunicaba, a través de sus redes sociales, que había recibido la notificación por parte de la Audiencia Nacional (AN). Confirmando una condena de seis meses y un día de prisión. Una sentencia que viene de un proceso judicial iniciado hace un par de años atrás y en el que se sentaba en el banquillo de los acusados, junto a otros integrantes del grupo La Insurgencia, por unas canciones de rap. 

Inicialmente, la resolución que dictó la AN —tribunal que una noche se acostó franquista y a la mañana siguiente se levantó demócrata— era de dos años y un día. Pero, después de varias peleas legales consiguieron reducir la condena. Gracias a lo cual se librará de pasar un tiempo en las profundidades del sistema punitivo al que la justicia amenazaba con empujarlo. Pero, eso sí, con la condición de reparar el “daño ocasionado” por hacer rimar sus pensamientos e ideas sobre el fondo de una base. Y, siempre y cuando, no vuelva a delinquir o a recaer en el arte de hacer rap. Si no, podría ver revocada la reducción de condena.  

Concretamente, su delito, como recoge la sentencia y como él mismo resume en una canción con la que responde al fallo jurídico, fue: «¡Un riesgo abstracto!».

La posibilidad remota de incitar a la violencia. Un hito más de esta democracia consolidada que, desoyendo al dicho popular, hace del dicho el hecho y le sobra el trecho para marcar una nueva muesca en el mazo de la represión. Dando por hecho que a alguien, después de escuchar sus canciones, se le va a girar tanto la cabeza como para echarse al monte, empezar a poner bombas contra el burgués y a quemar toda la mierda que acumula este sistema.

Otra vez, el Estado español valiéndose para ello de la navaja suiza que encontró en el enaltecimiento del terrorismo. Un concepto, el de terrorismo, que, como probó la historia, está íntimamente ligado a la visión y a la lectura que se haga de la violencia desde las estructuras de poder. 

En todo caso, esta sentencia no deja de ser otro ejemplo de la represión con la que se trata a todas aquellas voces discordantes con la oficialidad. A las que intentan despertar a los dormidos y subvertir la paz de la resignación. Un esfuerzo más de criminalizar las opiniones disidentes que se dan en el seno del Estado. Un Estado que se encuentra imbuido en una frenética espiral de regresión de los derechos y libertades más básicas.

Unos recortes democráticos que se vieron reforzados con una Ley Mordaza, que ahora parece que ya no interesa tocar. Y que acabó por ampliar el abanico de hechos constitutivos de enaltecimiento del terrorismo o atentado contra la autoridad. Por ejemplo: chistes sobre astronautas, títeres, insultos a la corona, recibir una paliza por policías fuera de servicio, canciones, tener ciertos libros y un silbato, portadas de revistas, actividad sindical, mostrar solidaridad con las personas presas o incluso tweets tan subversivos como un “goku vive, la lucha sigue”… Mientras vemos que esto contrasta con la permisividad y manga ancha que se tiene con las diferentes caras de una extrema derecha en auge y que campa a sus anchas. 

Es más, la contestación e indignación con los que reacciona la población ante estas situaciones en las altas esferas les vienen muy bien. Como se puede comprobar estas semanas, usan toda la algarabía que generan para tenernos entretenidos. Aprovechando el alboroto creado por las protestas de estos días para desviar la atención de temas más importantes de futuro. Encaminando el debate hacia altercados puntuales, evitándose así dar explicaciones y encarar la forma de detener el continuo recorte de libertades que venimos sufriendo. Es decir, la continua pauperización de las condiciones de vida o la manera de atajar la ya crónica impunidad de los cuerpos armados. Usando, además, todo su aparato mediático para seguir criminalizando toda respuesta popular que se salga de las batucadas y de las vías folclóricas.

sueños batucada
Batucada Sambadum. Manifestación de Madrid Orgullo 2018.

Para ello, echan mano de los manidos argumentos de siempre: atribuyen las revueltas a un supuesto turismo de barricadas, a infiltrados… Asociándolas a delincuentes, anarquistas, adolescentes descarriados y aburridos que no tienen más que hacer que salir a recibir porrazos. Pero también asociándolas a los Menores Extranjeros No Acompañados, entre otros. Este último es una novedad y un claro ejemplo de los tiempos que atravesamos. Intentando que la calle no le quite al sistema el uso normalizado y monopolizado de todas las violencias institucionales de las que se vale continuamente para legitimarse. 

Bombardean al público con informes de contenedores caídos en combate, con programas y discursos unidireccionales que solo buscan crear una simpatía con el banco vandalizado y con los escaparates profanados.

Todo ello para que a nadie se le escape una sonrisa cómplice al ver ese cajero roto. Para que no tengamos tiempo de pensar que por fin alguien les devuelve un poco de las comisiones con las que ellos sangran nuestras cuentas corrientes. Para que nos sintamos tristes al ver esas grandes multinacionales siendo saqueadas. Que las asociemos a los pequeños negocios y tiendas de barrio en peligro de desaparecer por culpa de esos mismos negocios, con la esperanza de que repudiemos estos actos sin llegar a pensar que hay cierta justicia poética en que alguien les cobre una pequeña parte de todos los impuestos que evaden. En ver cómo reciben una pequeña parte de las penurias que sus recortes salariales y de derechos laborales infringen a la clase trabajadora. 

Se esfuerzan, en definitiva, en construir un discurso amigable para esa población que aún escucha a sus representantes. Para la que aún alberga algo de esperanza en que la clase política y sus financiadores van a arrimar el hombro, para poder salir de esta situación con dignidad. Para que estos fieles oyentes no se dejen seducir por la indignación y la rabia que empiezan a llenar las calles.

Mientras, entre bambalinas, los grandes culpables de las crisis que nos acechan siguen a la suya. Como si lo que pasa a pie de calle no fuera de ellos. Externalizando las consecuencias del modelo económico que disfrutan. Aprovechando la pandemia para aumentar el peso de sus estómagos. Para conseguir más privilegios. Para repartirse entre el Ibex-35 todos los fondos que nos llegan de Europa para la recuperación post-pandémica. Unos millones, más los intereses que estos generen, que acabaremos pagando, nuevamente, la gente de a pie. 

Hoy, para llamar a filas a la población, para que les hagan caso, ya no les quedan muchas más bazas que esos circos mediáticos. Además de valerse del miedo generado por la pandemia o, en última instancia, hacer uso del fascismo. Porque hoy, roto ya el mito del progreso infinito, solo nos quedan sus promesas incumplidas.

Y, es que, precisamente son los sueños rotos de una clase media denostada, los que estos días alzan el vuelo para impactar, como si fueran piedras, contra los escudos de una guardia pretoriana que defiende con uñas y dientes las ruinas de un sistema que ya no tiene nada que ofrecer. Ya ni se escucha por ninguna parte la palabra «¡Revolución!». Palabra que, como bien dijo Simone Weil, antaño parecía capaz de compensar todos los sufrimientos, de apaciguar todas las inquietudes, de vengar el pasado, remediar las desgracias del presente y resumir todas las posibilidades del futuro. Hoy, a esos representantes, solo les queda ocultarse tras el espectáculo de las barricadas y de los escaparates rotos, mientras el tiempo los va carcomiendo. 

Y a nosotros, ¿qué porvenir nos espera si nos dejamos ir?

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