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Guadalquivir: Un día en el río de Sevilla4 minutos

Autor: Alonso Sánchez Jareño
Correctora: Laura De Buen Visús

El dondiego de mi ventana me satisface más que la metafísica de los libros.

Hojas de Hierba, Walt Whitman.

Día soleado, juncos acariciados por la suave brisa, un río jugando a ser mar y unas ratas dormidas para luego trasnochar. Un hombre que se pone a remar.

El sol que aprieta justo cuando te olvidas de él y rincones oscuros reservados al sexo, a lo falaz, a la alta edad y a la oportunidad de que algún joven muchacho pueda crear. La oscuridad es un gran sitio para la distorsión, esa que tanto nos atrae y nos hace buscarla en pos de una evasión que tomamos como redención.

Nuestra vida es similar a lo que habitamos, pero estamos demasiado ocupados para darnos cuenta. Para que haya un armonioso río tiene que haber tanto agua en movimiento como agua muerta, estancada.

La extensión de la vida es tan grande como tú puedas caminar, pero estamos cansados. Divinizamos nuestras palabras y callamos al de al lado. Endiosamos nuestros egos y envenenamos nuestra mente, que por ser enjaulada en hábitos perennes ya no se divierte.

Crecemos justo en el momento en el que recibimos un título que lo confirma.

Aprendemos justo en el momento en el que llueven por el rostro antiguas imágenes de nosotros.

Nosotras achacamos el tiempo y el estado total de nuestra vida simplemente a lo que alcanza hasta nuestra esquina, y aun así no sabemos qué está haciendo cada una de nuestras vecinas.

Cuanto más me dejo, más me siento, y eso me ha llevado a algún que otro mosqueo.

La banda sonora del mundo, que incluye lo olfativo y lo sensitivo (la humedad y el calor de un río) además del ya asumido sonido.

Asumido y tal vez no investigado; cómo íbamos a saber qué pájaro suena allí, cuál grazna por aquí y cuál está callado debajo de mí.

¿Hacia dónde se dirige el avión que hace que vibre mi pecho en tierra firme? ¿Qué siente el piloto? ¿está cansado? Quizá hay alguien en el avión en busca de su enamorado. Quien conduce aquella moto ¿será conductora o conductor?

¿La gente del barco de enfrente aprecia su valor o sólo es otra experiencia consumida y en redes compartida?

No podemos saber los matices que forman el tema, no podemos estudiarlo a modo científico, pero podemos callarnos y dejarnos asombrar por la inmensidad de lo ambiguo.

Jamás entenderé el porqué; al menos solo uno, fijo. Pero sí puedo ir presa a la cárcel del sentimiento.

Entro desnudo; me requisan hasta el último ápice de racionalización, donde creía que se escondía mi yo interior.

No

Sigo sin entender nada; no podría explicarlo, pero siento calor. Una mirada me atraviesa y el sonido de las máquinas me abrasa la cabeza mientras que el del río y los pajarillos me besa.

No conozco el mundo, pero percibo su atmósfera y esto es lo más cerca que puedo estar de él.

El mundo me atraviesa y yo me dejo atravesar, suelto la inercia y contemplo desde fuera.


Hasta las gaviotas se van cuando viene la policía.

¿Por qué siempre queremos agarrar la vida? Tanto y tanto tiempo dedicado a erradicarla para poder separarla y enmarcarla. Un esfuerzo tan estúpido que, cuando crees que has terminado, la vida misma se ha esfumado y tú, sin saberlo, presumes de la representación sin entender por qué en mí causa tan poca emoción.

ESTÁ MUERTO ESO QUE ME ENSEÑAS COMO VIDA; TÚ LO CONSUMISTE PARA VIVIFICARTE Y AHORA ME ENSEÑAS HUESOS.

Me enseñas huesos, pero me hablas de carne. Me enseñas el móvil cuando se encuentra en tu recuerdo inmóvil, inaccesible y en ningún caso menos real. Pero tenemos miedo a la pérdida y una gran necesidad de compartir. No es ni bueno ni malo, sólo es triste el olvido del reposo de lo creado.

Sin confirmación no hay creación.

                  NOOOOOOOOOOOOOOOOOO.

El valorar ya toma la muestra como muerta porque la persona misma la presenta como muerta, pero la creación incluye algo ajeno. Es el instinto enfrentado ante lo no conocido; es la misma espontaneidad, más o menos proyectada pero siempre abierta a nuevas miradas.

Todo esto está al alcance y todo está lejos.

No sé ninguna posibilidad, sólo sé que una multiplicidad de ellas es posible. Sea que algunas gusten menos o que otras gusten más.

La curiosidad de que cuando más siento una de las ciudades con más arte del mundo es en el silencio.

No digo estas cosas por un dólar, ni para matar el tiempo mientras espero a un barco. […] Y digo que solo me entregaré a aquel o aquella con quien comparta el aire libre.

Canto a mí mismo, capítulo XLVII, Walt Whitman.

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