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Simón7 minutos

Autor: Marcos Festa


El último organito irá de puerta en puerta
hasta encontrar la casa de la vecina muerta,
de la vecina aquella que se cansó de amar;
y allí molerá tangos para que llore el ciego,
el ciego inconsolable del verso de Carriego,
que fuma, fuma y fuma sentado en el umbral.

Comienza ya a apagarse la tarde de un domingo otoñal. La gente que recorre la plaza ya se está dispersando. Un poco por el frío, otro poco por el hastío. Bien se sabe que esa es la hora preferida de la melancolía para atormentar a los solitarios. Yo salgo del bar de la mano de mi abuelo. Desde que quedó ciego, se ha resentido con el mundo. Caminamos por la ancha vereda, él me toma del hombro y yo lo guío como un perro lazarillo. Apenas soy un purrete, diez u once años nada más. Él fuma su armado sin sacarlo de la boca mientras camina. El humo que echa me va impregnando el alma. 

Cuando llegamos a una casona, nos sentamos en el umbral. Él se queda mirando la nada, con esa expresión triste. Cuando se termina su cigarro, comenta que en esa casa vivía una novia a la que él quiso mucho.

—Pero se casó con la abuela —le recuerdo, como si lo necesitara.

—Me casé con tu abuela, pero la amaba a ella —tira, seca, su revelación.

—¿Y qué pasó con esa mujer? —quise saber.

—Se murió —dice y se queda callado.

Desde alguna casa con la radio encendida, se filtra la voz del zorzal, el inmortal Carlitos, entonando algún tango llorón. Mi abuelo saca tabaco y seda de su bolsillo y se arma otro con tal habilidad que hace sospechar de su ceguera. 

En un banco de la plaza, justo frente a nosotros, un hombre joven nos mira con insistencia y anota algo en una libretita. Es Carriego, el poeta, así le dice la gente. En ese momento, en plena retirada del gentío, aparece un señor bajito: vestido con un saco color negro, pantalones verdes y el pelo un poco largo y enmarañado. Empuja un carro, parecido a esos que venden garrapiñadas o manzanas con caramelo. Lo estaciona en el centro de la plaza ante la mirada curiosa de los transeúntes.

Simón, así se llama, destapa el toldo colorido que cubre su carro. Poniéndose un sombrerito bombín, comienza a convocar a los gritos:

—¡Acérquense! ¡Acérquense, amigos! Pasen y vean, hay para todos, no sean tímidos —dice señalando el carro repleto de tiras de colores de distinto tamaño—. Vamos, vamos, que sé que lo necesitan.

Los primeros en llegar corriendo son, lógicamente, los niños.

—¿Qué vende, señor?

—Lamentablemente lo que vendo no es para chicos —respondió sonriendo Simón. 

—¿Qué quiere decir con eso? —pregunta preocupado un padre joven que carga a su pequeño a hombros.

—Significa que lo que vendo es solo para grandes.

—¿Es algo sucio? —indaga una vieja mal gestada.

—Claro que no, solo que los grandes son quienes más las aprecian.

—¿Es algo ilegal? —pregunta un muchachón con mala pinta.

—No… Aunque las hay robadas también —aclara Simón—, pero le aseguro que las que yo vendo son originales.

—Pero ¿qué es lo que vende usted? —lo inquiere un señor de abrigo largo, ya perdiendo la paciencia.

—Claro, disculpen ustedes, no he presentado mi producto apropiadamente —sigue haciendo un exagerado ademán—. Lo que yo vendo es… ¡nada más y nada menos que ilusiones! —dice sonriendo.

—¿Qué cosa?

—Ilusiones.

—¿Sueños?

—No, esos son más grandes y los venden en un bazar del bulevar solitario. Estas son ilusiones, de distintos tamaños y colores. Aunque les digo un secreto —pone cara de cómplice—: mejor si no son muy grandes. Se rompen con facilidad, ¿saben?

—Pero ¿para qué sirve eso?

—Bueno, eso depende de usted. Normalmente la gente las lleva a su casa y las hace crecer. Algunas llegan a ser sueños —arquea las manos alrededor de su boca, como contando un secreto—. Dicen que hasta alguna que otra ¡llegó a ser realidad! Pero usted puede desperdiciarla, regalarla, contagiar con ella, venderla. Lo único que no debe hacer nunca es romper la de otra persona —dice adoptando un gesto y tono muy serios.

—¿Y cuánto cuestan? —pregunta una anciana en silla de ruedas.

—No tienen un valor fijo en realidad. —Toma una tira de tela amarilla—. Mire esta, ¿qué le parece?, ¿bonita, no? Es la ilusión de que su hijo vendrá a verla esta semana.

—Es hermosa —dice conmovida la mujer.

—Y esa sonrisa de madre es el precio justo por ella. Tome, es suya.

La emocionada ancianita se aleja con su ilusión en manos; a la silla se la empuja la enfermera del hospicio. Alrededor del carro, la gente, antes curiosa, comienza pugnar por una ilusión. Todos quieren una.

—Calma, amigos, hay para todos —los tranquiliza Simón.

—Mi madre a veces no me reconoce, está como perdida, ¿no tendrá una ilusión para que se cure? —pregunta, triste, una mujer joven.

—Usted lo que necesita es una esperanza, de esas no vendo. Pero llévese esta ilusión de que mañana será uno de los días buenos —le ofrece guiñándole un ojo.

—¿Cómo se la puedo pagar?

—Esa lágrima de hija es más que suficiente.

—¡Yo, yo sigo! —grita un hombre gordo abriéndose paso entre la multitud—. Quiero tener mucha plata, ser millonario, estoy harto de ser pobre.

—Usted está confundiendo ilusiones con deseos. No puedo ayudarlo, caballero —lo corta en seco Simón.

—Mi hija practica con el violín día y noche, ¿qué puedo llevarle? —pregunta un hombre cincuentón con mameluco engrasado.

—Creo que no necesita nada si practica tanto —dice, pensativo, el vendedor—. En todo caso, llévese para usted esta ilusión de verla en la orquesta sinfónica algún día. Tomaré como pago la imagen de sus manos callosas y sucias, me encantan.

—Un momento, ¿usted tiene permiso para vender acá? —irrumpe un inspector municipal, atraído por el alboroto.

—No sabía que hiciera falta —responde Simón.

—Claro: permiso, control bromatológico y habilitación. Supongo que tiene habilitación —le dice en tono burlón.

—No, la verdad es que no.

—Entonces se va a tener que retirar.

—Déjelo, que el muchacho solo se gana la vida —dice, indignada, una mujer junto a su hija.

—De ninguna manera: la ley es la ley.

—En ese caso, tendré que irme —dice Simón, apenado—. Pero antes quiero que se lleve este presente. Es una ilusión viejita, pero usted la necesita urgente.

—¿Y esto qué es?

—Es una ilusión de que a la gente le gusten los poemas que usted escribe en secreto.

 Simón cubre su carromato con el toldo colorido ante el abucheo generalizado del público, que empieza a increpar al inspector.

—Tranquilos, amigos. Para todos hay ilusiones, pero no todos las recibirán hoy. Búsquenme en lugares como este. Cuando la vida se haga difícil de llevar y la angustia nuble sus días, una ilusión puede ser todo lo que necesiten.

Al pasar con su carro por delante de nosotros, se detiene. Simón mira a mi abuelo, que está triste y echa humo. Se acerca con algo:

—Tomá, viejo. —Le pone en las manos una cinta color rojo intenso.

—¿Qué es esto? —pregunta el anciano.

—Una ilusión de amor —dice Simón.

Me acaricia el pelo y se va empujando su carrito, silbando un tango. Dobla la esquina a contramano y desaparece por la calle oscura. Mi abuelo, ese viejo hosco, ciego y resentido, suelta unas lágrimas, que caen de sus ojos marchitos, serpentean las arrugas de su cara y desaparecen en su bigote amarillento por el tabaco.

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