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«La antena» (2007): representando la comunicación7 minutos

Autor: Albert Limón
Correctora: Laura De Buen Visús

Nunca antes había visto una película argentina. No sé si generalmente el cine producido en dicho país será siquiera parecido a La Antena de Esteban Sapir, pero me alegro de haber tenido una introducción de este calibre a la cultura audiovisual de aquella tierra de allende los mares.

La Antena, (también conocida como The Aerial) es una película fuera de nuestro tiempo pero a la vez completamente actual. Quien la haya visto puede observar una marcada intertextualidad en forma de referencias a las obras en las que se inspira para crear este raro viaje por la Ciudad Sin Voz. Expresionismo alemán, film noir y un lenguaje más poético/teatral que propiamente cinematográfico se dan la mano para contarnos un relato en silencio que quizás nos suene. 

Sé que hay gente más docta que yo para analizar las ya mencionadas referencias, pero no he conseguido encontrar ningún escrito que trate las relaciones en este distópico relato. Quería ahondar en cómo se usa el lenguaje y cómo se fragua la comunicación en esa sociedad. Incluso es algo que debería resonar, ya que solo una minoría de personajes poseen voz en la película. De hecho, usarla es peligroso, a la vez que la clave para liberar o condenar la ciudad.

A partir de aquí, en pos de analizar los temas propuestos, se realizarán algunos spoilers. Os animo a ver la película si os picó el gusanillo de la curiosidad antes de proseguir.

Como mencionaba, el film abre con planos dedicados a unas manos (que bien podrían estar tocando el piano). Estas comienzan a escribir a máquina para introducirnos en contexto: alguien se lleva las voces y a nadie parece importante en la ciudad. Seguidamente, se abre un libro, como si de un cuento se tratara, y se alza la ciudad, sumergiéndonos en ella como en un sueño.

Aunque mucha información sea transmitida usando simbolismo visual, Sapir se comunica con nosotros igual que los personajes se van a comunicar en su relato: con subtítulos y orquestación de fondo. Como en una pesadilla, cuando la familia protagonista aparece, no sabemos cómo hemos llegado ahí, qué está pasando o cómo se entienden. Empiezan a suceder cosas y algunos símbolos, como la cicatriz o la lágrima de cristal, nos dan a entender emociones y lazos entre los personajes.

A la vez, nos vamos dando cuenta de que los subtítulos son diegéticos. Es decir, los personajes son conscientes de la existencia de éstos, la tienen normalizada y parecen su manera natural de comunicarse. Esto es importante porque, bajo mi punto de vista, La Antena trata sobre el poder de las palabras. Entiendo que muestra la comunicación como motor para romper las cadenas de la sociedad. Así, siendo esto parte de la obra, se marca un contraste importante en contenido y estética con pelis del cine mudo a las que homenajea. Mientras nos estamos ubicando, nos siguen dando información en forma de signos visuales que hemos de interpretar. Por ejemplo, se nos muestran la espiral en forma de 9 (o 6), Alimentos TV o los hombres globo. 

Cuando creemos comenzar a entender cómo funciona este mundo, entra en escena (o escenario) un nuevo personaje, La Voz, y nos deleita con una canción.

Una voz sin rostro, cuyo objetivo es proporcionarle unos ojos a su hijo aunque sea poniendo su voz al servicio de la televisión —la cual, a estas alturas, ya sabemos que tiene la ciudad bajo su control—. Cuando su hijo habla, le advierte del peligro que dicha acción conlleva. Decepcionada, acaba por expresar su infelicidad dibujándonos una cara triste en su oscura silueta a través del empañado cristal de la ventana.

La causa de dicha infelicidad es que los ojos para su hijo llegaron a casa de sus vecinos —quienes, por cierto, son la familia con la que comienzan los primeros compases de la película—. Las tramas se empiezan a enlazar y desarrollar y se presentan los villanos: El Sr Televisión, que quiere aprovechar a La Voz para ejercer un completo control mental sobre los habitantes de la ciudad; El Dr. Y, que es el villano con el diseño y la interpretación más terroríficos que creo haber visto jamás; y, finalmente, el hombre rata nazi, que representa la rama violenta del ejercicio de autoridad. 

Mientras la trama se va desarrollando de una manera algo menos abstracta a como empezó, podemos ver algunos planos, secuencias y situaciones que quedarán grabados en nuestras retinas: el Sr. Televisión representado como un gigante, exiliando al hijo, minúsculo e impotente; el efecto de las manos, el tacto para aportar o quitar palabras y el efecto que esto tiene en la comunicación —ya que podemos observar repetidas veces que los textos van subyugados a un gesto o a una acción, como cuando Ana calla a su padre poniendo la mano sobre el texto—; cuando el Sr Televisión da la orden de probar la máquina de control mental con una O de humo; o, finalmente, cómo los puños cerrados remarcan el odio del hijo, arrancando de ese modo parte de la palabra cuando este lo expresa.

En los momentos en los que aparecen flashbacks, solemos verlos representados como un montaje dentro de la cabeza del personaje. Incluso los secretos tienen su propia representación: cuando el Dr. Y se inclina para contarle un secreto al Sr. TV, el secreto queda ocultado debido a esa inclinación. Igualmente, los sonidos, como la campana, tienen también su representación textual.

Un detalle que me llama mucho la atención es que la única acción que no merece tener una orquestación, y por lo tanto conserva su sonido real, son los disparos. El film apenas presenta violencia, pero, cuando matan al abuelo, las armas disparan texto y la muerte no es algo sangriento. La última confrontación entre el protagonista parece más un baile o una representación teatral que una pelea. Así pues, no creo que el objetivo de La Antena sea realzar la violencia. Hasta los combates de boxeo son representados como entretenimiento fácil para mentes simples.

Este tratamiento de la violencia es importante porque, como mencioné antes, la obra apuesta por la comunicación y el poder de las palabras como motor de cambio, y la violencia queda muy fuera de dicha ecuación.

Cuando el Sr TV emite su transmisión, toda la ciudad duerme. En ese momento, no contento con robarles la voz, también les roba las palabras (y las onomatopeyas), que empiezan a salir de los cuerpos inmóviles para alzarse a los cielos.

Así pues, los protagonistas acuden a La Antena, que está representada como una enorme máquina de escribir perdida en una cordillera de arrugadas páginas de libros olvidados. Allí descubrimos cómo una hada dicta el destino de la ciudad y sirve para poner en movimiento una maquinaria que comienza a convertir las palabras robadas en alimentos, los cuales sirven para controlar a la población.

Cuando parece que todo está perdido, se manifiesta la inocencia del niño sin ojos. Asustado, pregunta: «¿Dónde estás, mamá?» y consigue así que toda la maquinaria pare, colapsando los engranajes con la palabra «dolor». Entonces su voz se transmite a los habitantes de la ciudad, quienes, por primera vez en sus vidas, comienzan a gritar. Todo queda reparado.

la antena niño

Sintetizando, La Antena es una obra arriesgada que busca denunciar temas controvertidos como el control de la población mediante la televisión, pero a la vez propone soluciones: la originalidad y la comunicación como medio para repararnos. Es una película que usa formas del pasado para reinventar las maneras de comunicar.

Y es que, citando al abuelo, «pueden robarnos la voz, pero aún tenemos las palabras».


Todas las imágenes pertenecen a La Antena (2007) de Esteban Sapir, disponible en Netflix.

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