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Las chicas del radio

Autora: Sofía Guardiola
Corrector: M.E.F.P.

Durante las primeras décadas del siglo pasado todos querían ser radiactivos. El radio, elemento descubierto por Marie Curie y su marido Pierre en 1898, parecía curar todos los males. Lo utilizaron en productos capilares para combatir la alopecia, en agua potable, dentífricos e incluso en pienso para gallinas, puesto que se decía que así los huevos se incubaban solos. Incluso lo aplicaron en las paredes de las casas junto con la pintura para conseguir ese brillo fotoluminiscente tan característico de las películas de ciencia ficción basadas en el pánico nuclear.


El radio estaba de moda y por ello era exclusivo para las élites. Sin embargo, las chicas de clase obrera tenían una posibilidad de estar cerca de él, de tenerlo entre sus manos. Trabajar en la fábrica de relojes Newark, que aplicaba pintura radiactiva a las esferas de sus aparatos. Era considerado un trabajo de lujo. Aquello a lo que aspiraban las chicas de familia humilde, puesto que al glamour del radio había que sumar el encanto de que Estados Unidos se encontraba inmerso en la Gran Guerra, y aquellos relojes eran enviados a Europa para las tropas.

Sin embargo, la suerte de estas jóvenes cambió cuando llegaron las consecuencias de su precaria labor. Las deformaciones bucales conocidas posteriormente como «mandíbula de radio», anemias como la que mató a Marie Curie, necrosis en los huesos y varios tipos de tumores faciales. Las chicas a menudo chupaban los pinceles durante el trabajo, puesto que eran reprendidas si desperdiciaban radio a causa de las cerdas separadas de sus utensilios. Y, así, fueron dejando que el venenoso elemento entrara poco a poco en su organismo.

Y, mientras tanto, los químicos que trabajan en la misma fábrica que ellas iban protegidos. Su paga era considerablemente mayor de la de aquellas jóvenes a las que escogían por sus manos pequeñas, su destreza y el bajo sueldo que estaban dispuestas a aceptar.


Las indemnizaciones que las familias de las afectadas recibieron fueron ínfimas y llegaron casi 15 años tarde. Sin embargo, su horrible experiencia consiguió que se introdujera una ley de seguridad industrial que motivó que los miembros del Proyecto Manhattan (y muchos otros después de ellos) gozaran de medidas de seguridad adecuadas para llevar a cabo sus investigaciones con elementos radiactivos.

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