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¡Déjame hacerte feliz!

Autor: Silverio

Correctora: Laura De Buen Visús

Era un pueblo curioso: todas las casas tenían colores demasiado alegres sin la intención de combinar. Había unas inmensas flores de colores, igual que las casas, que parecían venir del parque central. Todos me miraban: saludaban, sonreían… pero lo que más me llamaba la atención era que los ancianos y algunos jóvenes iban con unos letreros que rezaban: «voy a morir, ¡déjame hacerte feliz!» escritos con marcador negro; cada letra parecía haber sido escrita con todo el cuidado del mundo. Un señor de la multitud, ojeroso y con bigote gracioso, se emocionó al verme y se acercó.

—¡Hola! Tengo 45 años. Le fui infiel a mi esposa, maté, robé algunas mon… —hablaba con gran afán, y tenía el mismo letrero que los demás— …una vez rompí…

—¡Detente! ¿Cuál es tu problema?

—Oh… perdón, señor… creí… creí que ya se había enterado.

Carlos, ese bigotudo bajito, empezó a explicarme con paciencia: al parecer, todas las personas de ese pueblo estaban malditas. Cuando se acercaba la fecha de su muerte, debían remediar sus pecados de cualquier manera y a cualquier precio. De ese modo, tenían que confesarse (supongo que a la velocidad luz) y, después, debían estar dispuestos a ofrecer a otra persona sus últimos días con tal de hacerla feliz.

—¿Así que… esas flores tan grandes son las almas de las personas que pudieron compensar sus pecados?

—Sí, así es, señor —dijo Carlos levantando el pecho de orgullo y metiendo panza. Luego, me mostró el alma colorida de su esposa; le brillaban los ojos al hablar de ella.

Según entendí, las flores que tocaban el cielo podían tener una eternidad en paz, en familia, tranquilos y alegres. Las demás, que no pasaban de mi cintura, habían tomado demasiadas malas decisiones y la muerte no las dejaba ponerse al día. En su caso, Carlos sabía fehacientemente que lo lograría. Entonces, reflexioné sobre si yo podría: estaba seguro de que no.

flores prado feliz

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