Categorías
Arte CULTURA

Juliano y una apología de la novela histórica

Autor: M.E.F.P.

Correctora: Laura De Buen Visús

La novela histórica siempre me ha parecido maravillosa; puede ser un excelente híbrido entre el género fantástico y el realista. Desgraciadamente, parte del público la rechaza porque sólo percibe uno de sus dos aspectos: hay quien exige que todo sea «realista» (¡es imposible conocerlo todo del pasado!), mientras que otra gente pide que haya más fantasía (hay que recordar que la mayor parte de los historiadores no reconocen la existencia de magia ni siquiera en el pasado… aunque ahí tenemos a Ana María Vázquez Hoys). Estas razones en parte del público me dejan un poco triste, porque hay obras verdaderamente sublimes que se pierden por este criterio y que dejan a la novela histórica en tierra de nadie.

Hoy quiero hablar de una de esas novelas que, en mi mundo ideal, debería (intentar) leer todo el mundo. Esa novela es Julian, del estadounidense Gore Vidal. En nuestro idioma prefirieron llamarla Juliano el Apóstata, supongo que por la polémica del título y para hacer más reconocible al protagonista de la biografía, porque, efectivamente, además de novela histórica es una biografía; otro detalle que trataremos más tarde.

Pero, antes, me temo que habrá que dar una breve explicación histórica de la situación de la novela, lo bueno y a su vez lo malo de la novela histórica: que esté ambientada en este mundo en el que vivimos es lo esperable.

Julian nos muestra la vida del emperador romano Flavio Claudio Juliano, llamado el Apóstata por la tradición cristiana. No fue simplemente el último emperador pagano del Estado Romano, sino que lo fue a conciencia: al ascender al trono, desveló públicamente que había rechazado su educación cristiana, en una época en la que el cristianismo ya era mayoritario en el mundo mediterráneo. Esto ha hecho que los aficionados a la historia tengan durante siglos una gran fascinación por él, por la rareza del personaje.

Esta fascinación aumenta al saber que este emperador nunca realizó la habitual persecución de cristianos que conocemos por las películas de Semana Santa: intentó luchar contra el cristianismo mediante la publicación de tratados filosóficos críticos con esta religión, así como con la prohibición a los cristianos de enseñar obras paganas y ser políticos. ¡También intentó unir todas las demás religiones en una especie de iglesia pagana!

Pero la obra no se limita a mostrarnos cómo un príncipe educado en el cristianismo arriano (y no católico, como suelen decir los listillos de Internet) acaba prefiriendo adorar a Mitra y al Sol Invicto. También nos muestra las intrigas de cualquier corte imperial al margen de su religión: asesinatos de herederos, traiciones, corrupción, eunucos en los que todos confían erróneamente… En fin, temas que ahora parecen triunfar bastante.

También nos muestra el mundo que conocieron nuestros antepasados de hace más o menos diecisiete siglos: el olvidado siglo IV. Fue una época en la que el Imperio Romano, cristiano o no, vivía bajo las opresivas leyes sociales y económicas decretadas por Diocleciano, que inspiraron gran parte de lo que conocemos como feudalismo. Un siglo en el que la balanza de la historia estaba justo en un equilibrio donde convivían los cultos mistéricos secretos con las misas, y los eruditos cristianos aún podían afirmar que las deidades de Homero eran malinterpretaciones del Dios único.

Y, mientras tanto, el mundo exterior estaba dividido. Por un lado, estaban los oscuros bosques y llanuras donde los bárbaros esperaban una oportunidad de atacar, y, por otro, acechaba la eterna amenaza de Persia, el único imperio que plantaba cara a Roma incluso con una religión tan organizada como la cristiana: el zoroastrismo.

Esta increíble historia en un mundo complejo y fascinante se nos muestra de una forma muy peculiar, uno de los mejores formatos biográficos que he encontrado: varios años tras el reinado de Juliano, cuando el emperador Teodosio está ya dispuesto a acabar con cualquier credo que no sea cristiano, dos filósofos que conocieron al emperador apóstata se escriben preocupados sobre el tema. Uno de ellos, Prisco de Atenas, que acompañó a Juliano en su muerte, le envía a Libanio de Antioquía una autobiografía secreta del emperador, que ha mantenido en secreto, por si decide correr el riesgo de publicarla como venganza.

Con este ingenioso método, no sólo leeremos a Juliano narrándonos en primera persona su vida y sus reflexiones, sino que también leeremos las notas que deja Prisco, en muchas ocasiones contradiciendo las palabras de Juliano y, en otra vuelta más de tuerca, las notas que hace Libanio no sólo a otras palabras de Juliano, sino a las propias notas de Prisco.

Esta mezcla de puntos de vista superpuestos, que en ocasiones nos cuenta un mismo hecho de formas totalmente contradictorias, no sólo añade complejidad a la historia, sino que nos hace reflexionar sobre cuánto conocemos realmente del pasado que nos han contado. Así, vemos cuánto cambia el mundo desde los ojos de diferentes personas: no es lo mismo verlo como Juliano, místico convencido, que desde los ojos de Prisco, que duda de la veracidad de cualquier religión. Tampoco es igual el idealismo triste de Libanio que la amargura resignada de Prisco.

Un detalle que quizás sí es muy criticable en la novela es la ausencia de un punto de vista cristiano en primera persona. Esto es reseñable, ya que hablamos de una época en la que más de la mitad de la población romana era ya más o menos cristiana (si bien muchos eran arrianos, una corriente ya extinta del cristianismo que dio origen a la expresión «armarse la de Dios es Cristo»). Quizás Gore Vidal tomó esta decisión en base a la amistad conocida entre los tres protagonistas, pero también se le ha acusado de un cierto sesgo ideológico.

Sin duda, tiene todos los rasgos que se esperan de una buena novela, y más si es histórica: el exotismo de un mundo diferente al nuestro, opiniones enfrentadas y sucesos que nos fuerzan a la reflexión, intriga y emoción, realismo, documentación por parte del autor (aconsejo leer los textos reales escritos por el emperador o por Libanio para comparar con la novela), correcta elaboración de los diálogos, un estilo propio de cada personaje narrador y, por qué no decirlo, puro y delicioso entretenimiento. ¡Basta de menospreciar el leer por evasión!

¿Conozco alguna novela histórica que me parezca aún mejor? Aunque no lo aparente por este artículo, lo cierto es que alguna hay que la supera en mi corazón. Una de ellas, llamada Creación, es precisamente una obra posterior de Gore Vidal, y llamarla «orgasmo» es poco si te gusta la novela histórica. Pero ya me atreveré a hablar de ella, no os preocupéis. Lo que sí voy a decir ahora, por el puro placer del desahogo, es que me parece injusto que un intelectual tan tremendo como Gore Vidal sea tan poco reconocido. Sí, ya lo sé, a los escritores de obras densas no los suele conocer ni el Tato, pero estamos hablando de un hombre que, por los motivos que sea, ha sido mencionado de forma paródica tanto en Los Simpson como en Padre de Familia.

Deja un comentario