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Arte CULTURA

La máscara: entre protección y jolgorio

Autora: María Riega
Correctora: Laura De Buen Visús

Durante milenios, las máscaras se han adaptado a las necesidades y emociones humanas, desde momentos ociosos y lúdicos de la vida pública hasta la amarga evasión final de la muerte.

Las primeras imágenes que me vienen a la cabeza al escuchar la palabra «máscara» son de jolgorio, de carnaval y de alboroto. Al siguiente segundo, aparecen escenas de tradición popular, de pueblos y de ritos. Las sensaciones, sorprendentemente, me son contradictorias y vagabundean entre el misterio, el desconcierto y el rechazo.

Las máscaras son innatas en la historia del ser humano, y su origen se determina en el Paleolítico gracias a los restos arqueológicos; no hace falta salir de España para contemplarlos. En las Cuevas de Altamira (Cantabria), además de bisontes, en la zona conocida como «Colas de Caballo» se documentan máscaras talladas y pintadas en la roca. Pero el vestigio arqueológico más antiguo se localiza en Le Roche-Cotard (Francia): se trata de una protofigura en piedra con forma de máscara del periodo prehistórico musteriense.

Fig. 1. Máscara de Agamenón.
Realizada en oro y descubierta por Heinrich Schliemann en la acrópolis de Micenas en 1876.
Localización: Museo Arqueológico Nacional de Atenas.

Las máscaras están ligadas a las raíces paganas, a los antepasados y a los animales. En los rituales chamánicos, la persona que portaba la máscara o careta era siempre el centro de la celebración: esta le transmitía un halo de fuerza y autoridad para poder llevar a cabo el ritual. Lo mismo podía suceder cuando el chamán portaba máscaras de animales: se evadía de sí mismo y se apoderaba tanto del animal representado como de las características de este. En las noches carnavaleras actuales nos sucede algo parecido, ya que adquirimos, a través de la máscara y del disfraz, otra personalidad y, por una noche, intentamos dar paso a otro yo; nos enmascaramos. La evasión no se completa del todo, pero da lugar a la acción del juego y de la aventura.

El cristianismo supo acoger las tradiciones autóctonas de los pueblos y adaptarlas a su dogma; un sincretismo que aún hoy pervive en cada procesión o ritual, tales como las del Corpus Christi, entre otras festividades. Por ejemplo, en pueblos de Castilla-La Mancha los aldeanos se visten y transforman en diablos y danzantes; es decir, entre el caos y el orden, entre el mal y el bien. Son también danzas las de Camuñas (Toledo), que simbolizan batallas y enfrentamientos para recobrar el orden establecido. Los diablos de Almonacid del Marquesado (Cuenca) envuelven el pueblo de ruido, color y estruendo a través de los cencerros que portan a sus espaldas. El origen de estas celebraciones, en muchas ocasiones desconocido, tiene un fuerte arraigo etnográfico, ancestral y popular.

En la provincia de Ávila, más ejemplos consolidan nuestras referencias ancestrales: los cucurrumachos (Navalosa), los harramachos (Navalacruz), los machurreros (Pedro Bernardo), las toras (El Fresno) y los zarramaches (Casavieja) son personajes que, durante esos días de carnaval y otras vísperas, se visten con tejidos tradicionales, pieles de animales, máscaras de diferentes materiales y demás accesorios sacados de la naturaleza.

Muchas de estas festividades religiosas tienen como protagonistas a los quintos, hombres destinados al servicio militar al cumplir la mayoría de edad. Como observamos, se vuelven a entrever las festividades religiosas junto con las actividades guerreras y militares.

Este aspecto de protección y seguridad propio de las máscaras se ejemplifica también en la caballería romana o en la caballería medieval de Europa occidental, ya que era un elemento fundamental en la impedimenta militar. Aunque más ligada a la protección, también es conocida la máscara médica utilizada como «escudo» durante los brotes de peste que asolaban Europa en el siglo XVII. Los médicos comenzaron a desarrollar una indumentaria donde la vara, para medir la distancia con los contagiados, y la máscara, con nariz en forma de pico con dos agujeros y rellena de diversas hierbas aromáticas en el fondo, protegían de una supuesta propagación por el aire.

Fig. 2. Grabado de 1656 que representa la indumentaria médica contra la peste bubónica.
Localización: Wellcome Library (Reino Unido).

Desde hace cuatro siglos, el aspecto misterioso y siniestro de las máscaras puntiagudas nos sigue acompañando durante las noches de Halloween o las de carnaval. Incluso portar máscaras en algún momento ha originado leyendas, como el caso de El Hombre de la Máscara de Hierro, un personaje francés que fue encarcelado en La Bastilla durante los siglos XVII y XVIII. Este personaje aparece en algunas novelas de Alejandro Dumas (1802-1870) como Los tres mosqueteros y en algunas películas, posteriormente rodadas, sobre el tema.

Fig 3. Noire et blanche, Man Ray, 1926.
Localización: Museo Nacional Centro de
Arte Reina Sofía (Madrid).

Sin ir más lejos, hace unos días, en la gala de los MTV Video Music Awards (2020), Lady Gaga englobó, a través de sus cinco mascarillas —a las que yo más bien denominaría máscaras—, muchas de las cuestiones que he intentado pincelar en este breve escrito: sus máscaras, tildadas de estrafalarias —¿cuándo han sido sencillas las máscaras?—, son ejemplos artísticos creados por los mejores artesanos y diseñadores e inspirados en materiales y estilos contemporáneos —a cada época su peculiaridad—. Son piezas grotescas utilizadas en escenas festivas y en momentos de celebración y espectáculo que evaden la personalidad del que las porta, en este caso Lady Gaga, y lo transportan a un mundo imaginario sin limitaciones cuyo portador es el centro del poder. Las máscaras, como las de esta artista neoyorquina, oscilan entre los sueños, las creencias, el misterio, lo oculto, las sombras, la seguridad, la luz, el teatro o la danza; es decir, van a caballo entre la protección y el jolgorio.

Fig. 4. Pareja de ancianos, ella sorprendida ante el diablo con máscara.
Almonacid del Marquesado (Cuenca), 1976.
Localización: Fondo fotográfico Legados de la Tierra, Archivo de la Imagen de Castilla-La Mancha.

Para indagar más:

  • Proyecto Mascarávila. Festival de máscaras y danzas abulenses. Disponible en: http://mascaravila.com.
  • Hurtado Bautista, M. (1954), Sociología de la máscara, Monteagudo, 1ª época, vol. V, Ed. Universidad de Murcia.

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