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Biografía de un poema: Javier Egea y la historia de «Troppo Mare»

Autor: Luigi Sepe
Correctora: Laura De Buen Visús

Se cuenta que en la primavera del año 1980 Javier Egea quería alejarse de Granada, viajar un poco y dejar la bebida. La historia varía según quién la cuente; sin embargo, todos parecen estar de acuerdo en que, después de una larga vuelta por la región de Andalucía —en la que el poeta incluso se subió hasta Sierra Nevada—, Egea llegó con su hermano a la Isleta del Moro, un pequeño pueblo del Cabo de Gata. Era el hermano quien llevaba consigo un ejemplar del poemario de Cesare Pavese, Lavorare stanca. Después de unos días, este decidió dejar a Javier solo en ese pequeño pueblo, habitado únicamente por unos pescadores, para que se enfrentara a sus demonios. Lo dejó sin dinero, para evitar que se comprara alcohol, y pagó por adelantado la pensión donde se quedaría. Al cabo de un mes, Javier estaba de vuelta en Granada llevando consigo un manuscrito sin título. Llamó a la puerta del despacho del profesor Rodríguez, su maestro, que lo acogió calurosamente: «¿Pero dónde has estado todos estos meses?».  Al profesor le bastó leer unos poemas para entender que se trataba de un poemario deslumbrante y que su joven amigo se había convertido en aquel poeta que siempre había querido ser. «¿Y cómo lo vas a llamar?», inquirió el profesor. «Todavía no lo sé; había pensado… La atalaya de Onán[1]», respondió el poeta. «¡Qué barbaridad, Javier! ¡No digas tonterías! ¿Y si lo llamaras Troppo mare?». Al salir del despacho, el manuscrito finalmente tenía título: Troppo mare, demasiado mar, como las primeras palabras de un poema de Lavorare stanca.

Al leer el primer poema de Troppo mare no es muy difícil imaginar a Egea en esa mañana de sol en la que su hermano se fue, dejándolo solo en la Isleta. Alto, delgado, barba larga y gafas, mientras caminaba desorientado por la orilla del mar. En cierto punto, decidió sentarse en la arena; solamente se oía el rumor de las olas y los gritos de los pescadores trabajando en la playa. Por arriba y por abajo, el cielo y el mar se fundían en un único y deslumbrante azul…

Extraño tanto mar, raro este cielo
desgranado de luz sobre la Isleta,
ajeno a este naufragio que se crece en la orilla
en cabos,
jarcias,
mástiles,
jirones de velámenes,
armaduras y redes
que simulan encaje en la escollera,
duelas con algas,
pequeñas almadías despobladas
sobre la espalda azul del exterminio,
raro este cielo para ser de mayo,
ajeno a este dolor de siglos en la playa.
Tanto mar y de golpe,
tanta historia y vencida,
ya corazón mojado sobre el abra,
ya mensaje dormido, preterido,
en la Bahía de los Genoveses.

Y no sólo el desierto sino dónde tus ojos,
sino tus manos lejos
y cuándo tu cintura presentida
por entre los hachones vigías de las pitas,
desde las atalayas del silencio,
no sólo ya las dunas sin
espejismos al cabo,
restos de la memoria del misterio.
A dónde, dime, a dónde,
si todo está dormido,
si he quedado en la arena como lengua de agua
y la sed permanece mientras llega La Nube.
Inútiles las manos que desde las palmeras
pretenden el abrazo de un horizonte roto
a donde tu recuerdo se avecina.

[Javier Egea, Troppo Mare, I]

ilustración bolígrafo hombre sentado  sobre el mar

[1] Es una anécdota contada por el mismo Rodríguez en una entrevista con la académica Elisa Sartor y recogida en la tesis doctoral de la misma «Mirame aquí, viajero sin espera. Javier Egea en el contexto de la poesía española contemporánea».

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