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El reloj

Autor: Julián Gómez
Correctora: Gracia Vega

Llegó un buen día un hombre a una tienda de antigüedades. El dueño de la tienda —persona muy hábil a la hora de interpretar almas— llevaba tiempo esperando la visita de alguien así, y de uno de los cajones del mostrador sacó un pequeño estuche de madera delicadamente ornamentado que colocó suavemente cerca de la caja registradora.

— No busque más, señor —le dijo al hombre, que paseaba por los pasillos de la tienda vacía ojeando las estanterías.

Como el hombre no se dio por aludido, o pensó que el dueño no se atrevería a tomarse tantas confianzas con él, siguió dando vueltas por la tienda.
Pasó así cerca de quince minutos, hasta que un objeto que el dependiente de la tienda tenía colgado detrás de él llamó su atención. Se trataba de una preciosa espada que había pertenecido a un samurái.

—Dígame el precio de esa espada.
—Lo siento, señor, pero la espada está reservada.
—Pues ponga un cartel o algo que lo avise, ¿no? ¿Tiene alguna otra espada?
—No, señor. ¿No le interesa un reloj?

El hombre, vestido con un traje elegante y de gestos precisos, se remangó la manga izquierda, mostrando un reloj de pulsera de gran valor.

—Llevo un reloj de treinta mil dólares, amigo —dijo con desprecio.
—Y yo tengo el reloj de las segundas oportunidades. ¿Le gustaría cambiar alguna cosa de su vida, señor?

El hombre, que vivía obsesionado con la riqueza, vio la oportunidad de invertir en negocios del pasado en los que dejó de ganar dinero, y abrió los ojos de forma desmesurada.

—Enséñemelo.

El dependiente alargó el brazo y volvió a coger la pequeña caja de madera. Con uno de sus pulgares tiró de la tapa y la abrió. En su interior había un reloj de pulsera cuya esfera contaba con una sola aguja y con los números del uno al doce colocados sucesivamente.

—Es horrible. ¿Cuánto cuesta semejante monstruosidad?
—Nada. Es un regalo. La única condición es que usted me lo tiene que devolver mañana mismo —dijo colocándole el reloj de pulsera al hombre.
—¿Por qué?
—Este reloj empieza a funcionar una vez ha sido colocado en la muñeca. Le quedan a usted 24 horas de vida a partir de este momento.

Al escuchar aquello, el hombre se asustó e intentó quitarse el reloj, pero fue en vano. Forcejeó durante un largo minuto, pero el mecanismo de cierre del reloj precisaba de una llave especial para abrirse.

—¡Quítemelo! ¡Le pagaré lo que sea!
—No todo el mundo tiene la gran suerte de saber cuánto tiempo le queda. ¿No desea aprovechar su último día de vida? —dijo el dependiente desapareciendo tras la puerta del almacén.

Asustado, el hombre subió a su coche y ordenó a su chófer que lo llevase a casa. Una vez allí, rodeado de su soledad, se sentó en el sofá y empezó a temer a la muerte.

Miles de sentimientos afloraron cuando se dio cuenta de que, por muy rico que fuese, a su funeral tan solo asistirían las personas interesadas en su herencia. Comprendió entonces que en este mundo hay cosas más valiosas que el dinero. Llamó a su exmujer y le pidió perdón por todo el daño que él le había causado. Hablaron como hacía mucho tiempo que no hablaban, como cuando estaban enamorados. Ella le perdonó y la saeta del reloj comenzó a ir más despacio. Llamó también a varios empleados suyos a los que había despedido injustamente y les envió una compensación económica.

Hizo las paces con su familia y se reunió con ellos. Por la noche, escribió su testamento y el día siguiente lo pasó con sus amigos de la infancia y con sus hijos. Fue el día más maravilloso que recordaba en mucho tiempo, y, si se iba a morir, lo haría en paz. Se arrepintió profundamente de haber enfocado su vida en torno al dinero y haber perdido tantos días como aquel.

Cuando faltaban cinco minutos para que el reloj completase su cuenta atrás, se presentó en la tienda de antigüedades acompañado de varias de las personas más importantes de su vida, abrazado a ellos.

—¿Por qué me dio este reloj? —gritó al dependiente— ¡Me voy de este mundo justo cuando he recuperado lo más importante! —tenía lágrimas en los ojos.

El dueño de la tienda salió del mostrador, y con un hábil movimiento soltó el reloj de la pulsera del hombre.

—¿No le ha gustado mi regalo, señor? —preguntó sonriendo.
—Usted me ha engañado —dijo derrotado.
—Cierto, usted no va a morir hoy.
—¿Cómo dice? —preguntó el hombre, sorprendido.
—Este reloj no puede matarle ni hacerle regresar al pasado, señor, tan solo marca las horas.

El dependiente miró a todas las personas que acompañaban al hombre.

—La segunda oportunidad la ha conseguido usted solo.

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