Categorías
Colaboraciones

La chiatta di María

Autora: Nicolle deLa Espriella
Corregido por Laura De Buen Visús

Un mar, aunque infinito. Un cielo, sin embargo, ambiguo. Miles de estrellas, pero una brillando más que el resto: esa era la pequeña María. Como todas las noches, se escapaba de casa por la ventana de su habitación —aquella que poseía la vista de una playa desierta—, pues, aunque todos se olvidaban de la belleza de la noche debido al miedo que la misma otorgaba, ante los grandes y luminosos ojos de María la noche era lo que la colmaba de luz.

Recostada en su barca, que se movía delicadamente con la sinfonía del movimiento del agua, y pese a que ese momento era el tangible sueño de todas sus noches, sabía que aquella noche bajo las estrellas del mar las emociones en su corazón eran distintas. Sin embargo, no estaba segura de si era porque percibía los luceros más brillantes de lo usual o si era porque el mar se sentía más calmado. Entonces lo notó: una despampanante luz alumbraba aquel negro cielo; una luz de la cual las estrellas no eran dueñas.

A causa de la sensación de misterio, María se incorporó lentamente en la barca para no perturbar el descanso de las olas y observó: estaba rodeada de agua, por lo que sintió miedo de la presencia de la soledad a sus espaldas. Se había alejado demasiado de su hogar y su visibilidad de éste era ínfima, con lo cual decidió remar lo más rápido posible de vuelta; pero, tan pronto como sumergió el remo, la misma luz inusual le devolvió la intriga al cuerpo.

La insólita luz no parecía estar lejana y, por alguna razón aún desconocida para ella, María no temía lo más mínimo a la aparición repentina y extraña de aquella blanca luminiscencia. Observó entonces fijamente la playa: tierra firme y conocida. Un suspiro que demostraba valentía junto al fuerte entrecerrar de sus ojos hizo girar la barca, su única amiga, y el leve tacto del mar la acompañó hacia lo más lejano del mismo. Debido a la natural sensación de terror a lo desconocido, a medida que la pequeña María remaba para alcanzar el aparente final del océano, por donde suele salir el sol, sus grandes ojos se mantenían cerrados esperando así evitar que la fuerza de la luminosidad traspasara sus párpados a causa de su cercanía. Mientras, sus delicadas manos apretaban fuertemente el remo, pues sabía que lo que fuera que provocaba esa hermosa luz estaba mil y un segundos más cerca de ella cada vez. La temía, pero la anhelaba al mismo tiempo; la quería aunque no estuviera aún a su alcance y la sentía cercana a pesar de su lejanía. Necesitaba conocerla y, sobre todo, estaba segura de que amaba su ilusorio ensueño por el simple hecho de haberse arriesgado a llegar a ella y olvidar su miedo a la fantasía.

De repente, sintió cómo la parte delantera de su barca se golpeaba contra un objeto que aparentaba ser inmenso y se detuvo, pero sus ojos no se abrieron. Pasaron segundos, que se asemejaron a pequeñas eternidades, hasta que su cuerpo y su corazón se llenaron de valor para abrir las ventanas de su alma ante lo desconocido. La luz frente a ella era tan brillante que aturdió su visión, pero al poco tiempo se acostumbró a su presencia y logró visualizar lo que se encontraba frente a ella. La pequeña María no podía creerlo: ni sus sueños hubieran podido explicar la razón de que la luna se encontrara flotando cual pluma en el inmenso mar. «Es más pequeña de lo que pensaba», pensó sonriendo. Levantó su mano, la unió con la fulgurante esfera frente a ella y la deslizó lo más delicadamente posible, como si su tacto, por muy frágil que fuera, pudiera quebrar la belleza de la luna. Era suave y, sin embargo, dura a la vez; también transparente, lo cual hacía que fuera posible ver a través de ella, y esto le sorprendió.

A causa de su increíble descubrimiento, quiso acercar su rostro a la suave superficie e intentar ver si había algo dentro de ella. Para su sorpresa, lo que sus grandes ojos percibieron fue a otra pequeña niña al otro lado de la blanca luna, la cual, al parecer, también la había visto. «¡Hola!», gritó aquella niña de piel morena, «¿Te has perdido?» , preguntó. «¡Eso creo!», le respondió la pequeña María, que oyó como contestación: «¡No te alejes de la luna!». Y, entonces, la perdió de vista. Pasaron otras pequeñas eternidades hasta que escuchó su voz nuevamente, pero esta vez más cercana: «Rodea la luna», la escuchó decir. Una pequeña María escéptica movió su barca alrededor de la gran perla blanca y sus ojos se cruzaron con los ojos de la pequeña niña morena. «No te alejes de la luna», le dijo ella dulcemente. «No sé cómo volver a casa», contestó la pequeña María con una sonrisa tímida, remando para acercarse. «Yo tampoco, pero sé que volveré» dijo con emoción su nueva amiga. «¿Cómo lo harás?» preguntó María, y ambas rieron. «No me alejaré de la luz de la luna», respondió la niña morena, y la pequeña María sonrió aliviada. Entonces. ambas se abrazaron fuertemente.

Envueltas en la infinidad de su abrazo, las dos se sintieron en casa. Aunque supieran que se habían alejado de sus hogares, frente a la luz despampanante de la luna encontraron otro hogar igual de cálido e igual de infinito. «Ya debo irme» dijo llorando la pequeña María. La niña morena la calmó: «Nos volveremos a encontrar. Y, si te pierdes, yo te buscaré pase lo que pase», y, con lágrimas en los ojos, le dio alegremente un pedazo de luna. Dieron vuelta a sus barcas en dirección opuesta, se dedicaron una última mirada y siguieron su camino con la esperanza de que se reencontrarían a pesar de la distancia entre mares, universos y lunas.

8 respuestas a «La chiatta di María»

Que cuento tan hermoso y bien estructurado , con magnífica redacción y excelente vocabulario, aparte de la creación indescriptible. Va más allá de lo imaginable. FELICITACIONES a su autora.

Un cuento excelente, muy entretenido de leer, su protagonista una valiente mujer y su autora toda una poetisa. Felicitaciones Nicolle

Cuento de sentimientos encontrados pero a la misma vez muestra la valentía de la protagonista por no dejar perder su rumbo y sus sueños. Plasma un poco la situación actual que el mundo vive y el intento desesperado de la gente de volver a tomar su rumbo y curso. Felicitaciones a Nicolle por esta gran historia.

Deja un comentario