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Patatas

Autor: M.E.F.P
Correctora: Gracia Vega

Cuando las fábricas empezaron a llenarse con las hordas de trabajadores cabizbajos y sucios y su humo tapó el sol naciente, Ou llegó hasta su desastroso refugio, esquivando la masa de desgraciados que, sin embargo, eran más afortunados que él.

Pasó con su pobre botín por los huecos que había entre los montones de escombros y basura; unos caminos tan difíciles y sucios que casi era un pecado llamarlos senderos. Tras los últimos montones de festines para ratas y unos raquíticos árboles, que de forma sorprendente lograban florecer entre tanta inmundicia, los ojos de Ou distinguieron su hogar (si es que a eso se le podía llamar hogar).

No hacía mucho que las inundaciones habían destruido la chabola en la que Ou vivía con sus hermanos. Dûtra se salvó, pero El·le fue arrastrado por las aguas y Ou ni siquiera había podido encontrar el cuerpo para darle un funeral junto al templo de Manés. Ahora malvivían en las ruinas de otro templo, pero de una religión olvidada (y seguramente prohibida) hacía mucho. Menos mal que Ou no era muy religioso, porque el hecho de vivir en un templo idólatra mientras su otro hermano estaba muerto sin sepultura era muy triste. Pero aquel lugar, hasta que lo descubriera una pandilla o algo peor, había resultado ser mejor que la chabola anterior.

Ou se precipitó bajo las antiguas paredes de piedra, guiado por el resplandor rojizo que parecía llenar de fuego las nubes. Llamó a su hermano en voz baja, para que nadie pudiese escucharlo entre los graznidos de las primeras gaviotas que llegaban a su festín de basura.

—¡Dûtra! ¡Dûtra! Conseguí algo de comer.

Su hermano se movió y pudo distinguir su posición: estaba agazapado con una de sus pocas mantas bajo un ídolo de vete a saber qué dios antiguo.

—Te dije que no te pusieras ahí: hay un colchón y paja en ese sitio donde…
—Es que ahí tengo frío por mucho que me tape. Aquí no me da el viento.

Ou prefirió no discutir y tomó el brazo de su hermano. Aquella extraña picadura que le había aparecido una semana antes seguía ahí, aquel extraño bulto blanco grisáceo. Era especialmente horrible en un chiquillo cuyo cuerpo era apenas huesos cubiertos de piel. Su brazo parecía un palo con pellejo. Ni siquiera estaba caliente.

Al pensar en su tosco botín para comer, Ou estuvo tentado de romperse la cabeza con las paredes de piedra mugrosa, y si no lo hizo fue seguramente porque entonces dejaría a su hermano a merced de las ratas o, peor aún, de otros humanos. Robando en los huertos apenas había conseguido dos tomates, aún verdes, y una berenjena.

Siempre tenía la tentación de coger un poco más, pero la eterna amenaza de un disparo o de ser llevado ante la policía hacía que el riesgo no pareciera merecer la pena. Dio uno de los tomates y la berenjena a su hermano, quien se los comió como pudo; él devoró el otro tomate verde.

Si al menos pudiera cocinar de alguna manera las verduras… Pero no se atrevía a hacer fuego de ninguna manera. Tampoco se atrevía a robar huevos o leche, alimentos que quizás le irían muy bien a su hermano: quienes disponían de esos productos sí los protegían bien, con perros, disparos, o incluso con trampas. Pero su hermano tenía que comer, y si seguía robando solo lo que era seguro robar, al borde de las verjas y muros, no sobreviviría.

Al final se decidió. Iría al huerto al otro lado del barrizal. Allí había patatas, y aunque una patata cruda quizás no era lo que más necesitaba su hermano, no podía darle otra cosa. Era eso o empezar a cazar gaviotas o ratas (opción que cada día le parecía menos descabellada).

Algunas veces había ido a robar allí una patata de gran tamaño y nunca le había disparado el dueño. Sin embargo, a otros sí, y de hecho a otro chico de su edad le había pasado una bala de una sien a otra en aquel mismo lugar hacía pocas noches. No sabía por qué el dueño de aquel cultivo disparaba a todos los que intentaban llevarse sus patatas excepto a él, y por eso había intentado ir pocas veces. Sin embargo, volvía a tocar de nuevo.


En su humilde cabaña (que al menos tenía el honor de ser mejor que una chabola) Ía contemplaba, junto a una de sus pequeñas ventanas, el poco dinero que poseía, esparcido en una mesa mugrienta de madera. Varias moscas bailaban sobre ella. Suspiró.

Cuando era más joven y el bosque estaba al borde de su casa, antes de que hubiese fábrica y carretera, Ía se había dedicado a cazar; vivió bastante bien con el dinero que conseguía vendiendo carne y pieles. Pero gradualmente el bosque se había ido alejando a medida que otros llegaban para talar y tener sus propios humildes cultivos, como hicieron sus propios padres, así que cada año tenía que alejarse un poco más para ir al bosque a cazar.

Finalmente, cuando se dañó la pierna en una de sus cacerías, y sin dinero suficiente para ir a la capital en busca de un médico decente, quedó encerrado en su pequeña casa, con la venta de patatas de su huerto como única esperanza de sustento además del pago que algunos vecinos le daban por sus trampas, que servían tanto para ratas como para ladrones humanos.

Tendría que haber huido a la capital cuando pudo. Quizás allí la vida no fuera buena, pero si la comparaba con estar rodeado de chabolas, de pobres y de ladrones, mientras la fábrica lo envenenaba todo con su humo y la falta de bosque creaba inundaciones peores cada año, no pintaba mucho mejor. Un vecino suyo dijo de niño que quería ir a la capital a ser poeta, y sus padres no dudaron en vender a su hermana para poder pagarle el viaje. Ía no había tenido hermana que vender, ya que murió de fiebre antes de tener la edad aceptable, pero si pudiera volver al pasado se arriesgaría. Ahora estaba encerrado allí, y se limitaba a esperar su muerte.

Cuando la luz del sol estaba empezando a desaparecer oyó algo: otro ladrón estaba en su huerto. Cargó la escopeta y empezó a observar por el borde de sus ventanas.


Ou suspiró. Agazapado entre los pocos arbustos verdes que crecían junto a la verja del cultivo de patatas, se sentía como si fuese a cruzar la frontera de otro país. Quizás eso tendría que haber hecho hacía ya mucho: huir a otra ciudad o incluso a otra nación. Se prometió a sí mismo que cuando su hermano mejorara irían a un lugar mejor.

Sus padres le habían contado historias de sitios donde la gente podía vivir sin tener que talar sus bosques, lugares donde había médico gratis para todos, donde las mujeres no eran vendidas como ganado y donde enseñaban a todos los niños a leer y escribir. ¡Cuánto desearía comprobar que eran reales y no una simple fantasía!

Pero ahora no era el momento de soñar con algo que nunca vería o que quizá simplemente no existía. Empezó a moverse por la tierra removida, palpando en la penumbra lo que podría llevarse. Quizás luego iría a otros huertos, pero si quería poner una patata de aquel peligroso lugar en su sucia bolsa debía hacerlo en primer lugar.

Cogió la primera patata como había hecho siempre. La palpó un poco, con su escuálido cuerpo en tensión, y le pareció buena. Hasta aquí todo era igual que en las ocasiones anteriores, la única diferencia era que ahora pensaba coger una más. Pero eso le provocaba una duda… ¿Y si nunca le habían disparado por ser el único que solo tomaba una patata? A pesar del calor de la noche se quedó helado, paralizado, como si fuera una rata que ha oído el maullido de un gato.

Mientras tanto Ía observaba al chiquillo que había entrado en su huerto. Lo conocía de otras veces: por esa forma tan tímida y cobarde de moverse solo podía ser aquel chico que siempre tomaba una sola patata. Era al único al que siempre había dejado marchar, porque estaba claro que él sí robaba para vivir. Pero a Ía le habían engañado muchas veces, y vivía con la sospecha constante de que algún día ese muchacho se volviera un criminal, como todos los que vivían a su alrededor, y que volvería para aprovecharse de él y de su generosidad.

Entonces vio que cogía una patata más.

—Lo sabía…

Y apuntó.

Cuando Ou vio que había cogido una patata más y no había pasado nada dio las gracias al Padre de Todo por acordarse de su creación y se dispuso a dar la vuelta sigilosamente, preguntándose si el dueño del cultivo no era tan cruel como lo pintaban, si estaría acaso enfermo o dormido, o si simplemente había pasado desapercibido. Entonces un estruendo llegó a sus oídos y, en menos de un segundo, un relámpago de dolor atravesó su vientre.

Al recibir el disparo soltó la bolsa a su lado, y su primer impulso fue llevarse la mano a la herida. Entonces recordó que si seguía vivo aún tenía la oportunidad de huir. Tambaleante, cogió la bolsa alejándose a trompicones. Oyó un segundo disparo, pero este golpeó en la tierra abonada. Lógicamente no pensó en los otros robos. Se puso en camino a su refugio intentando ser sigiloso, a pesar de que sentía más dolor del que había tenido nunca en su vida. De alguna manera, consiguió concentrarse en llegar a su objetivo y no soltar la bolsa con las patatas, aunque en lo más profundo de su mente intentaba rebelarse el horrible pensamiento de que si él moría daba igual que llevase comida a su hermano.

A pesar de la oscuridad y de su debilidad logró distinguir las ruinas adonde debía llegar. Cuando estuvo bajo techo llamó a su hermano, aunque apenas podía emitir sonidos desde su garganta:

—¡Dûtra! ¡Dûtra!

Su hermano no respondía, y en otra situación aquello le habría preocupado, pero ya daba todo igual. Se tumbó con el pecho contra el sucio suelo, apenas sosteniéndose con los brazos, y dejó la bolsa a su lado. Entonces se giró como pudo, pues había oído algo tras él.

Las ratas. Seguro que las ratas habían olido su herida y…

Pero no: eran pasos. Pasos humanos. Entonces lo comprendió: a pesar de todas sus precauciones había dejado un rastro de sangre tras él. Vio el suave resplandor de una linterna. Apenas iluminaba, o quizás él tenía la visión emborronada. Dos personas hablaban en susurros junto a él, pero no podía decir si eran hombres o mujeres, ni tampoco su edad.

—Tiene una bolsa ahí al lado… ¡Mira, son patatas!
—Nos las llevamos… Y salgamos de una vez de este…
—¿Pero le vamos a dejar ahí?
—Mira su herida, y cómo vive… y, aunque pudiéramos, darle más vida sería una maldad. Mejor así.
—Pobre desgraciado.

El último pensamiento de Ou, mientras se llevaban las patatas, fue si habían llegado siquiera a ver a su hermano.

Poco después llegaron las ratas.

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