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SOCIEDAD Tecnología

En la nube

Autor: Chevi
Correctora: Gracia Vega

Hace unos pocos días, en el recital poético que organizó esta casa, tuvimos la oportunidad de ponerles cara y voz a varios compañeros y compañeras del equipo de La Independiente. Bueno… más bien la oportunidad de ponerles gestos, tics e inquietudes a unas voces y caras que ya nos eran familiares y a las que, hasta ese momento, nos habíamos acercado a través de audios, WhatsApps y algunos vídeos y textos. Gracias a las plataformas virtuales, y aunque no sea lo mismo que en persona, vamos descubriendo algunas de las historias que se esconden detrás de los números que se concitan en el grupo de Redactores La Independiente. Es decir, unas vidas diseminadas por distintos rincones del planeta a las que hoy vamos conociendo someramente y con las que, a pesar de encontrarnos a kilómetros de distancia, podemos caminar conjuntamente para llenar de contenido esta revista.

Todo esto debido a una tecnología que, con el paso del tiempo, va adquiriendo cada vez más protagonismo en nuestras vidas de tal forma que, a día de hoy, se hace casi imposible explicar nuestras realidades sin ella, sin sus pantallas. Gracias a la tecnología podemos relacionarnos o interactuar con diferentes partes del mundo y, además, nos proporciona un sinfín de oportunidades. Y no solo son oportunidades de entretenimiento o de puesta en común de trabajos e información, sino que también sirve como vía para buscar más autonomía, para desarrollar nuestras ideas y para dar a conocer y poner en práctica pequeños negocios. Siendo tanto así que podemos convertirnos en miniempresas donde, por lo menos de forma aparente, trabajamos a nuestro ritmo, sin las presiones de jefes ni productividades ajenas e intentando, si nos es posible, sobrevivir y ganarnos la vida con lo que nos gusta. Pero, eso sí, sin dejar de generar plusvalías para terceros.

Por eso, me gustaría aprovechar este artículo para soltar ciertos recelos acerca de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC) que llevan tiempo paseándose por mi cabeza y que durante este confinamiento han cobrado más protagonismo, por lo que puede que este texto esté lleno de ciertas contradicciones que hagan que, a medida que avance con la lectura, le asalten preguntas del tipo: «¿pero este fulano es parvo1?», «¡si lo estoy leyendo gracias a una red social!», «¡seguro que escribe desde su ordenador!», «¿tendrá móvil o, peor aún, internet?»… Pero, como escribía Carvalho Calero: «Mas somos realidades, e por isso somos assi, contrarios do que somos» 2 .

Esta pandemia nos muestra un nuevo achaque del sistema capitalista que, desde hace décadas, sufre un colapso paulatino que mina su estabilidad. Es decir, una nueva fase donde la fragmentación del mundo se hace más que evidente. Esta fragmentación no es cosa de unos meses, ni es algo nuevo, sino que ya lo estábamos notando desde hace unos años. Ni siquiera la necesidad de salvar la especie y el planeta ha conseguido que la unidad reine en las cumbres climáticas. En geopolítica, las políticas del odio vuelven a levantar el brazo y claman por construir muros contra la diversidad. Un «sálvese quien pueda» mundial que, ahora con esta crisis, se ha quitado el velo definitivamente, como pudimos corroborar con la ruptura de los intereses que unían a la Comunidad Económica Europea. En el Estado español esta fragmentación se hace notar con solo ver el panorama parlamentario o en los desfiles nobiliarios que estos días llenan las calles de voxtas.

Lo personal, que también es político, tampoco se libra de la influencia de estos factores sistémicos. Así, vemos cómo la comunidad sucumbe a los ritmos impuestos por un medio social diseñado y pensando, exclusivamente, para la productividad, el trabajo y el consumismo. Sin embargo, la rotura de la comunidad, de sus lazos sociales y de sus vínculos afectivos, se hace especialmente palpable en el progreso de sociedades dominadas por un individualismo tóxico que tiene en las grandes junglas urbanas a su más fiel arquetipo. Son las metrópolis habitadas por una masa de individuos que van y vienen y que, despreocupados de lo colectivo, ni siquiera conocen a quienes habitan en su mismo edificio. Unas grandes ciudades que, como comprobamos con el desconfinamiento, no están pensadas para el disfrute ni mucho menos para poder gozar de una vida sana y con buena salud comunitaria.

Durante estos últimos meses, estas dinámicas de fragmentación e individualismo a ultranza —como definió Emma Goldman a ese individualismo tóxico— se hicieron patentes en nuestro día a día. El confinamiento, junto con algunos comportamientos que despertó, fue su más claro ejemplo. Al estar aislados en nuestros hogares, los efectos más inmediatos de este encierro fueron y son, como presumen medios de comunicación y gobiernos, un aumento de la dependencia de la informática y de los dispositivos inalámbricos (móvil, WiFi, videojuegos, Bluetooth, etc.). Durante este tiempo, las pantallas se convirtieron prácticamente en la única manera de mantener el contacto con el mundo exterior. Fue gracias a este mundo virtual que, suministrado por el mismo sistema que se encarga de romper a porrazos la comunidad, y a pesar de vivir confinados, podemos seguir sintiéndonos parte de algo, participando así en una nueva forma de unidad, puramente operativa, en la que no tenemos que preocuparnos por los cuidados que necesitan las relaciones y vínculos mundanos. Esta nueva humanidad virtual muestra perfectamente el carácter del dominio GAFAM3 que la controla: «que los seres, los lugares, los fragmentos del mundo continúen sin tener contacto real» (Comité invisible, 2017)4.

No obstante, para sentirnos parte de esta nueva unidad no se nos exige mucho y, como comprobamos estos días de encierro, podemos participar en ella sin siquiera salir de nuestras camas, sin movernos. Por un lado, basta con tener el poder adquisitivo para pagarse internet y un aparato con el que conectarse para disfrutar de todas las comodidades de estas sociedades colgadas en la nube. Eso sí, deberemos convertirnos en tristes y simples usuarios; codificarnos en unos y ceros y donarle a Google todos nuestros datos. A cambio, podremos configurar un mundo a la medida de nuestros gustos y dar forma a nuestros avatares según nos venga en gana. Además, podremos usar los muros de nuestras redes sociales para presumir de nuestra eterna felicidad y, también, como fronteras con las que aislarnos de aquellas cosas que no nos gustan. Podremos, también, suplir nuestra soledad agregando a otros usuarios a nuestras largas listas de «amigos», relacionarnos a golpe de clics y reducir nuestras reacciones a la escasa diversidad de me gusta que nos permite Facebook. Solo tendremos que sentarnos, coger el ratón o el smartphone y hala… ¡A disfrutar de las ventajas y libertades de estas sociedades virtuales! Pero lo cierto es que en ellas están presentes los mismos mecanismos de represión, censura y exclusión que se dan en el medio físico. La única diferencia es que, en este capitalismo tecnológico, se camuflan mejor. Pero no por ello dejamos de estar expuestos a los medios de desinformación, como demuestran las Fake News; más bien todo lo contrario: esta desinformación se hace tan fuerte que es capaz de aupar a gobiernos de personajes como Bolsonaro o Trump, o bien, ser un caldo de cultivo perfecto para la expansión del fascismo. Además, seguimos expuestos a la misma represión y censura de siempre, solo que, ahora, la ejercen los algoritmos. Un claro ejemplo de la intensificación de estos mecanismos de control es el perfecto chivato que llevamos en nuestros bolsillos a todas partes: nuestro smartphone, que no duda en escuchar las conversaciones que tenemos para sugerirnos, amablemente, lo que comprar. Todo esto sin olvidarnos, claro, de todas las personas desfavorecidas que quedan excluidas de estas sociedades.

Por otro lado, es cierto que estas redes virtuales también han servido, durante esta crisis, para que los tejidos sociales y vecinales hayan podido continuar con su actividad o que, ante las necesidades suscitadas por esta situación, se crearan nuevas iniciativas de apoyo que, a pesar de generarse virtualmente, tuvieron su campo de actuación en la calle. Y es que el problema de internet no es usarlo como complemento para nuestras realidades o para las necesidades puntuales de nuestros proyectos o redes de solidaridad, sino depender exclusivamente de él y usarlo como mecanismo principal de organización, haciendo que nuestra vida sea cada vez más virtual.
Puesto que nuestra influencia en él es ciertamente limitada, y aunque intentemos darle un buen uso, el libre albedrío del que disponemos se reduce a unos pocos grados ya que, en última instancia, siempre dependeremos de los poderes que controlan este mundo. Ellos son los que tienen a su alcance el interruptor para encender o apagar internet cuando les venga en gana, o cuando este se vuelva perjudicial para sus intereses. Aquí no hay dinero B ni clandestinidad que valga; estamos a su merced y todo parece indicar que la nueva normalidad será un cambio hacia un capitalismo más tecnológico.

Por eso es necesario que dejemos de idealizar no solo a internet sino, también, a una tecnología que si bien en muchos aspectos nos ha facilitado la vida, también ha causado grandes estragos en su progreso y ascenso: la insostenibilidad ambiental de las industrias TIC que, además de los riesgos para la salud —cánceres, adicciones, electrosensibilidad, dificultades relacionales y de aprendizaje entre los más pequeños, etc.—, crea una fiebre por los metales pesados —que devasta algunas de las zonas mejor conservadas del planeta y se apoya en una industria química nociva—, engendra montañas de residuos y, debido a la multiplicación de los data center y al aumento permanente del tráfico en internet, obliga a las centrales eléctricas a funcionar a toda máquina emitiendo tantos gases de efecto invernadero como los asociados al tráfico aéreo (Riechmann & Almazán, 2020)5. Más aún cuando, desde ya antes de la crisis, es esta tecnología la que, en manos de intereses privados, ha contribuido a dibujarnos un porvenir bastante incierto, ya que en lugar de contribuir a hacernos la vida más apacible, que es lo que se esperaba de ella, ha contribuido a la precarización de la vida, a la sustitución de la mano de obra para abaratar costes y al consecuente aumento del desempleo sin aportar nada a las arcas públicas. Un futuro que ahora, tras esta crisis sanitaria, parece presentarse más jodido todavía: con menos contacto físico, más distancias —diferencias— sociales y, sobre todo, con un aumento del poder de las TIC y de su control sobre nuestras vidas.

Nos toca, a las generaciones de la incertidumbre —como dice nuestra compañera Violeta Rez—, hacer y ser; luchar por volver a disfrutar de las viejas formas de encontrarnos y de relacionarnos. Aprovechemos, pues, para dejar nuestros móviles en casa, para volver a encontrarnos, para salir a jugar, para ir de botellón o de cañas y, ante todo, impidamos que se instale la tele-vida que nos quieren imponer. Pongamos los pies en la tierra y evitemos que la distopía tecnológica acabe convirtiendo el sexo en algo parecido a lo que hacen en la peli de Demolition Man.

¡Intensifiquemos nuestras relaciones y disfrutemos del contacto humano!


1 Galleguismo. El equivalente en castellano a tonto.

2 Pero somos realidades, y por eso somos así, contrarios de lo que somos.

3 Google, Apple, Facebook, Amazon y Microsoft.
4 Ahora. Comité invisible.

5 La necesidad de luchar contra un mundo ‘virtual’. Contexto y Acción.

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