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Cientos de días conviviendo con la pobreza

Autora: Teresa Calvo Blanco
Correctora: Gracia Vega

Pongámonos en situación con dos ejemplos:

  • Un chico pidiendo en la puerta de un supermercado, día tras día, mes tras mes e incluso año tras año. Su aspecto es poco aseado: rastas por el cabello sucio, piel curtida por las inclemencias del tiempo y el transcurrir de los días, pantalones deshilachados… Su casa es la calle, donde pasa la noche acostado sobre la acera y el día, sentado sobre la misma. Le acompaña una cestita que coloca delante de sus rodillas diariamente. Sus días transcurren soportando lo que es no tener nada y levantando la cabeza tan solo para pronunciar unas escasas palabras dirigidas a los viandantes con el fin de adquirir algunas monedas.
  • Un señor recostado sobre la acera de la Gran Vía madrileña, donde todos los días pide limosna. Ese lugar se ha convertido en su hogar. Allí conoció a la que hoy es su segundo amor: otra persona en sus mismas condiciones. Así, con ella, transcurre su vida. Ambos pidiendo con sus carros de compra donde reúnen todas sus pertenencias. «Mis hijos pasan por aquí y apenas me miran, como si no existiera», afirma Pedro, aceptando la situación y asumiendo que es su forma de vida. Del mismo modo, asegura que tiene una pensión muy baja; lo comenta mientras se arrastra, pues apenas puede caminar, mostrando a la vez su pierna que está en muy mal estado.

Estos son dos ejemplos de personas que llevan cientos de días conviviendo con la pobreza. Sin embargo, no es necesario acudir a casos extremos para asegurar que la pobreza es una compañera cercana. Son muchas las personas que conviven diariamente con esta situación en España y en el mundo entero. Viven con la cuantía justa y necesaria para subsistir, y llegan a fin de mes con tremendas dificultades. La mendicidad está al doblar una esquina o en el mismo bloque de pisos en que residimos. Con frecuencia vemos a personas escarbando en los contenedores de basura o, incluso, gritando porque ese día no tienen nada que llevarse a la boca o para dar de comer a sus hijos.

Llegados a este punto, nos permitimos reflexionar y hablar de la pobreza, pero no desde un punto de vista global o de estado, ya que se entiende que hay países más ricos que otros y que su política juega un papel muy importante a la hora de incrementar o aminorar el problema, sino desde un punto de vista individual, del sujeto, para ver qué se puede hacer para evitarla.

Por un lado, como personas individuales, podemos asumir la responsabilidad de nuestra situación económica. El carácter, la manera de ser de las personas, puede influir mucho a la hora de conseguir o no un puesto de trabajo, o de emprender un negocio propio. Así pues, se puede hacer lo que esté en mano de uno y luchar por ser personas más decididas y trabajadoras. Del mismo modo, siendo constante, se puede aprender a realizar un trabajo del que poder vivir. Por supuesto, nada es fácil. En ese camino, hemos de entender que no somos omnipotentes y, además, que la individualidad no es buena; los lazos familiares y de amistad pueden ayudar a evitar momentos de tremenda dificultad económica o emocional y a superarlos, a la vez que nos acompañan.

Por otro lado, hay que reconocer que hay circunstancias que llegan a la vida y son difíciles de controlar; por ejemplo, una enfermedad que se establece en el tiempo y que origina una escasez de recursos. Ante esto, ser previsores puede servirnos de ayuda.

Ahora llega el momento de pensar: ¿qué es convivir con la pobreza? Podemos decir que es no contar con lo básico para vivir. Y es que está comprobado que la escasez de recursos afecta a muchas áreas de realización personal. Si no se tiene para cubrir las necesidades básicas, como la alimentación, es evidente que se descuidan otros aspectos muy importantes como son las relaciones sociales, los viajes e incluso la higiene.

Finalmente, nos preguntamos: ¿qué es necesario para abandonar la pobreza? A pesar de que a lo largo del texto ya hemos dado algunas pinceladas que pueden servir como respuesta, hemos de resaltar que son dos los aspectos más importantes: la salud y el trabajo. En cuanto a la salud, ¡hay que cuidarla! Es el aspecto más fundamental. Un adulto sano está en mejores condiciones para trabajar. Y en cuanto al trabajo, podemos justificarlo con un proverbio chino que dice: «Regala un pescado a un hombre y le darás alimento para un día, enséñale a pescar y lo alimentarás para el resto de su vida». ¡Sería grandioso no permitir que se escape la vida conviviendo con la pobreza, sin tener calidad de vida!

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