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Tiendas de barrio

Autor: Chevi
Corregido por Laura De Buen Visús

Me parecía raro llevar desde el desayuno sin ver a mi madre. En toda la mañana no la sentí trajinar por casa ni por la finca, así que imaginé que se había ido a la compra. Hoy era lunes y este era el día que se había fijado, salvo imprevistos, para hacer una pequeña compra con la que llenar la nevera. Una pequeña rutina para orientarse en medio de este vasto océano dominical, para situarse en la inmensidad de un tiempo sin despertadores, sin horarios. Pero el coche estaba en el garaje por lo que descarté esta opción.


Intuí que estaría en casa del vecino. Hacía un par de días que nos habían traído un poco de cocido y ahora nos tocaba devolverles la olla. Seguramente habría aprovechado esta excusa para pasar un ratito fuera de casa y charlar un poco con ellos, aunque en estas fechas no hay mucho que contarse ni de lo que marujear. La banda sonora de nuestras vidas es siempre la misma. Las televisiones marcan su ritmo, con una programación que es una actualización continua del número de víctimas, de las medidas a tomar y de ruedas de prensa que parecen asquerosos consejos militares.


Me olvidé del asunto y me puse a mis cosas. A hacer apuntes. Estos días, con el carallo de la teleenseñanza y con la excusa de que estamos encerrados, la universidad nos está metiendo más caña que la que daban presencialmente. Nos estamos bebiendo el temario del curso al ritmo que bajan unas cervezas en una terracita a pie de playa. Pero bueno… Ahí estaba yo, sumergido entre folios de gestión de especies protegidas cuando a eso de la una y media una llamada al móvil me hizo levantar la cabeza:


—¡Víctor! Pon las lentejas al fuego —dijo mi madre al otro lado del teléfono—, que voy a tardar un rato en llegar a casa. Acabo de salir de la de Marisa y aún tengo que parar en la frutería.

— Vale —le respondí—, pensé que estabas en casa de Belén, como estaba el coche en el garaje…

— No, qué va. Vine a hacer la compra pero bajé andando; me apetecía dar un paseíto. —respondió antes de colgar.


Así que nada, me fui a la cocina, encendí el fuego y me puse a leer mientras se iban haciendo las lentejas. Al rato escuché el portal. Pasaría algo más de media hora; eran casi las dos y media y las lentejas ya estaban listas para servir.

Ahí venia ella toda cargada: en su mano izquierda traía una bolsa de tela amarilla que escondía su contenido con recelo y en la mano derecha la saqueta del pan, una de esas bolsas que llevan toda la vida con la familia y de la que salían 6 churruscos. Entró en la cocina y se puso a colocar la compra.

— ¿Qué? ¿Toda la mañanita de paseo? —le pregunté.

— ¡Qué va! Solo que ahora con esto de entrar uno por uno tienes que esperar más para que te despachen —me respondió—. Pero bueno, así aproveché para charlar y ponerme al día con un par de vecinas que llevaba años sin ver.

— ¡Caray, qué bien lo pasamos, ¿eh?!— bromeé un poco— ¿Y qué? ¿había mucha gente?

— Pues sí. Aún éramos unos cuantos esperando turno y según me dijo Marisa lo están notando bastante, va mucha más gente a la tienda. —respondió.

— Es que al final no sabíamos apreciar lo que tenemos. Con estas tiendas te evitas ir a grandes superficies, estar en medio de aglomeraciones y hasta te enteras un poco de la vida de la parroquia…


Mientras me contaba todo esto estaba toda contenta. Se ve que le estaba cogiendo el gusto a lo de volver a encontrarse con esos lazos de proximidad que tenía olvidados por culpa de los ritmos laborales. Esos ritmos a los que ella se refería cada vez que yo le insistía para que fuera hacer la compra a la tienda de la Benita —otra tienda de la parroquia que cerró hace un par de años—. Siempre me decía: «A mí con el horario que tengo me es imposible; no la cojo abierta, ¿no ves que solo vengo a casa lo justo para comer y dormir?».

Ese era uno de los principales motivos por los que las tiendas de la parroquia fueron cerrando a cuentagotas. Una vida organizada y pensada por y para el trabajo, donde el tiempo se invertía en ir y venir del trabajo, trabajar, recuperar fuerzas para la siguiente jornada y con suerte alguna escapada con la que intentar olvidar esta realidad. Una realidad que no daba ni un respiro para hacer vida en la parroquia, para cuidarnos, para relajarnos. Una realidad que juega a favor de las grandes multinacionales, que son las que marcan los ritmos y las modas. Son estas grandes empresas las que juegan con los precios y las que arruinan a productores y tiendas familiares; las que tratan a sus empleados como una mercancía más que, en el caso de que se pongan enfermos, solo tienen que reponer. Justamente las que están sacando más tajada de esta crisis.


Esa realidad hoy se encuentra saboteada por unas pequeñas células que nos obligaron a poner nuestras rutinas en punto muerto. Un impasse que nos puede venir bien. Nos puede servir para mirarnos al espejo, para recapacitar, para analizarnos y darnos cuenta de que esa normalidad que nos estrangulaba era el problema, la verdadera enfermedad. En nuestras hogareñas prisiones descubrimos que mucho de lo que nos vendieron como comodidades de la vida no eran más que lujos, necesidades creadas a golpe de anuncios. No las necesitamos, ni las echamos en falta. Comprobamos que lo importante es la salud y que esta no tiene precio.


No hay mal que por bien no venga y debemos aprovechar este decrecimiento forzoso para desprendernos del crecimiento económico y sus vicios. Rehacer nuestro mundo. Potenciar las redes de comercio de barrio, agriculturas, ganaderías e industrias de cercanía y de utilidad. Situarnos en lo local, disfrutar de las plazas, recomponer la comunidad, apegarnos a ella, alimentar el vecindario, poner de moda el apoyo mutuo… Dejar de planificar la vida a la espera del próximo concierto, de las próximas vacaciones o de la próxima borrachera. ¡Debemos vivir en el presente y disfrutar del ahora!

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